Capítulo 8 #3
—No, fue un día al salir del trabajo. Se suponía que el encargado iba a llevarme a casa.
Yo no tenía coche y vivía en un apartamento compartido con otras tres personas en La Vila.
—Se le escapa una sonrisa melancólica y se muerde el labio—.
Pero el muy engreído se ligó a una de las chicas y me dejó tirada.
No se me ocurrió una idea mejor que ir andando hasta mi casa.
El sitio donde trabajaba era un local de carretera.
No había transporte público… ¡Nada! Así que fui a pie por la cuneta.
Recuerdo que lloraba como una magdalena y, de repente, un coche elegante se detuvo a mi lado.
Para ser sincera, tuve algo de miedo, porque estaba oscuro y podía haber sido un psicópata o vete tú a saber quién, pero no.
Era Bastian, que se preocupó por mí y me llevó a casa.
—Un detalle por su parte —apunta Gabriel.
—Sí, lo fue. Por eso me avergüenza mucho lo que voy a contarte.
Tras esas palabras, se produce una pausa. Gabriel espera que siga contándole la historia, pero el tiempo pasa y continúa el silencio.
—¿Engañabas a tu marido con Rafael Sierra? —pregunta directo.
—¿Qué? No, no. En absoluto. Cuando conocí a Bastian me encontraba en un momento de debilidad: sola, arruinada y sin mi hija, que estaba en Madrid.
Al principio era tan… idílico. Todos mis problemas solucionados de golpe.
Ya no tenía que trabajar rodeada de babosos, vivía en una casa preciosa y no la compartía con una yonqui que me robaba la leche de la nevera, y, lo más importante, después de casarnos decidimos que Amanda vendría a Alicante a vivir con nosotros. Pasé de no tener nada a tenerlo todo.
—¿Y qué fue lo que ocurrió?
—Que me di cuenta de que me había precipitado.
Supongo que los árboles no me dejaban ver el bosque.
Bastian es una persona peculiar. No somos muy compatibles, la verdad.
Él nunca sale de casa, no tiene amigos ni le gusta hacer planes conmigo que no involucren sexo.
—Lisa retira la mirada y vuelve a acariciar a su perra—.
Creo que simplemente me desenamoré —sentencia.
—¿Y dónde encaja Rafael Sierra en todo esto? —reconduce Gabriel.
—Un día vino a casa y se presentó. Nos contó que era abogado y que estaba captando clientes por la zona para gestionarles el patrimonio.
Afirmó que era capaz de conseguir muy buena rentabilidad y blablablá.
Bastian dijo que no le interesaba, pero yo me quedé con una tarjeta suya.
Como era abogado y lo tenía a escasos metros de mi casa, pensé que podría asesorarme con el divorcio.
Quería saber si había alguna manera de separarme de Bastian que me beneficiara.
Ese es el motivo por el que alguien me vio entrar en su casa.
Gabriel hace un esfuerzo por no reflejar aversión en su rostro.
—Pero te vieron entrar varias veces.
Lisa hace una mueca, no parece estar muy de acuerdo con esa afirmación.
—Solo fui en dos ocasiones: la primera para explicarle mi situación y la segunda, unos días más tarde, porque como él no tenía mucha experiencia con divorcios, debía consultarle a un colega y necesitaba algo de tiempo.
—¿En qué quedó la cosa?
—En nada. Me explicó que nuestro matrimonio era en separación de bienes y que mi única opción era tener un hijo con Bastian. Dije que no estaba dispuesta a eso. No iba a pasar por ese aro. Tengo mis principios.
Gabriel asiente y saca su libreta. No puede evitar juzgarla; él también tiene sus principios, pero no comentará nada al respecto, ese no es su papel.
—¿Es esa la razón por la que sigues casada con Bastian?
—Tal vez. No sabría decirte. Piensa que tengo una hija y que debo pensar por las dos.
—¿Recuerdas la fecha en la que fuiste a casa de Rafael por última vez?
—Sí. Una semana antes de que desapareciera —contesta Lisa con seguridad.
Gabriel comienza a apuntar todo lo relevante en su libreta. Lisa se queda mirando sin saber qué decir.
—Cuando estuviste dentro de su casa, ¿viste todas las habitaciones?
—¿Qué estás insinuando? Ya te he dicho que no tuve nada con él —lo reprende Lisa.
—No voy por ahí. En su casa encontré una habitación erótica. ¿Recuerdas haber visto algo así?
Lisa levanta las cejas, sorprendida.
—¡No! No le pega nada, la verdad.
—En alguna de las charlas que tuvisteis, ¿te mencionó alguna vez que quería marcharse?
Lisa se acaricia el mentón, pensativa.
—Él siempre hablaba de Samoa. Decía que era un lugar precioso para vivir y que era muy fácil esconder dinero allí. No sé hasta qué punto hablaba en serio. A veces, daba la sensación de ser un poco fanfarrón.
Gabriel se toma un momento para pensar.
—De acuerdo, Lisa. Creo que eso es todo de momento. Voy a dejarte mi teléfono —dice mientras apunta su número en un trozo de papel—. Llámame si recuerdas algo más.
Ella lo coge del brazo mientras lo mira fijamente.
—¿No vas a decirme quién te contó que me vio entrar en su casa?
—Te repito que no me gustan los chismorreos —responde Gabriel, contundente.
Lisa acerca la cara a la de Gabriel, tanto que lo incomoda. Le guiña un ojo y le acaricia el rostro con suavidad.
—No te preocupes, ya sé quién ha sido —dice arrastrando las palabras.
—Entonces ¿para qué preguntas?
Lisa se queda mirándolo a los ojos, sonriente. Se da media vuelta, abre la puerta del coche y sale con su perra. Antes de cerrar, se agacha para asomarse y le dice una última frase:
—La zorra de Aurora ha intentado desviar la atención hacia mí porque esconde algo. Rafa me contó que ella y su marido se habían metido en un buen lío y que le pidieron ayuda. Deberías preguntarle por los detalles. A ellos, más que a nadie, les interesa que Rafa no aparezca.