Capítulo 8 #2
Otea el aparcamiento y se decepciona al verlo desierto.
«Puede que no haya quedado con nadie», piensa.
Un ruido lo sobresalta y tarda en reaccionar.
Un hombre ha abierto la puerta del viejo coche abandonado que pertenecía a Rafael Sierra y levanta la vista hacia donde él se esconde.
Carlos se oculta detrás de un grueso tronco de álamo, que lo protege lo suficiente para no ser visto.
Se agacha y repta hasta unos arbustos cercanos, que lo cobijan.
Acaba de reconocer a ese hombre, es el mismo que ahora vive en la casa del desaparecido. Un escalofrío le recorre la espalda.
El hombre sube a otro coche y se queda dentro sin arrancarlo.
Entonces ve llegar a Lisa y cómo él le hace un gesto desde la ventanilla.
Lisa toma a su perra en brazos y sube al vehículo.
Carlos decide que es el momento de hacer fotos.
Intenta que no le salgan borrosas, aunque le tiembla el pulso.
No suele pasarle, pero es muy consciente de que estar ahí podría traerle serios problemas.
Gabriel ha llegado al lugar estipulado para su encuentro con Lisa media hora antes de lo previsto. Está empezando a recuperar las costumbres que tenía antes de su terrible pérdida; la puntualidad era una de ellas.
No se ha cruzado con nadie. Todas las calles están desiertas, como si se tratase de un mundo postapocalíptico.
Le cuesta asimilar de golpe todo lo que está sucediendo a su alrededor.
Sin embargo, no es su mayor preocupación.
Su creciente deseo de hallar la verdad comienza a convertirse en una obsesión, y le agrada que así sea, ya que le mantiene la mente ocupada y le evita pensar en otras cosas.
En el aparcamiento hay un coche que parece abandonado, una ranchera negra cubierta de polvo y arena. De repente, recuerda la conversación con Luis Gómez y lo que le dijo sobre el coche de Rafael. Podría ser ese. Sin demorarse ni un segundo, agarra su móvil y marca el número de Nico.
—¿Ya te has metido en un lío? —pregunta Nico a modo de saludo.
—Algo así. ¿Estás en la comisaría?
—Sí. ¿Por…?
—¿Me compruebas una matrícula, por favor?
Gabriel no obtiene respuesta, pero por el ruido de fondo entiende que su amigo está accediendo a un ordenador.
—Dime el número —solicita Nico.
Gabriel enfoca la vista para leer bien la matrícula de la ranchera, deteriorada y sucia.
—1805 CMM. Necesito saber si pertenece a Rafael Sierra.
Se oye el ruido de las teclas al ser presionadas. Unos segundos después, obtiene la respuesta:
—¡Bingo! ¿Dónde estaba?
—Pues… no quiero tocar las narices, pero a unos cien metros de su casa. ¿No lo comprobaste? —pregunta Gabriel.
—La verdad es que no, no te voy a mentir. Pero, como ya te comenté, todo apuntaba a que el tipo se había perdido a propósito. No había mucho que rascar.
—Entiendo. Gracias por ayudarme, Nico —dice Gabriel antes de colgar.
Tiene poco tiempo, por lo que se decide a actuar.
Conoce el modelo de ese vehículo y sabe que puede abrirlo con facilidad.
Sale de su coche y levanta la vista para mirar a un lado y a otro; en la calle no hay ni un alma.
Con decisión, se dirige hacia la puerta del lado del conductor de la ranchera, levanta la pierna derecha y le asesta una patada enérgica.
El ruido rebota en la montaña que se eleva a su espalda y produce un eco sonoro.
El pestillo sale disparado hacia arriba. Abre la puerta y se mete en el coche.
No observa nada fuera de lo normal. Rebusca en los compartimentos laterales de ambas puertas.
Están vacíos. Gira el cuello para buscar en los asientos traseros.
Tampoco hay nada en ellos. Entonces decide abrir la guantera y descubre una carpeta.
En su interior halla un documento impreso donde se lee: «Guía para visitar Samoa».
También encuentra el contrato de una línea de teléfono a nombre de Rafael Sierra del 10 de junio de 2019, así como unas tarjetas de embarque impresas con un itinerario de vuelos entre el aeropuerto de Alicante y el de Samoa con fecha 26 de junio. «Interesante», piensa.
Como no encuentra nada más, decide que es el momento de volver a su coche y esperar a Lisa, que, si no se arrepiente, llegará de un momento a otro.
Más tarde se centrará en lo que acaba de hallar; tendrá tiempo para todo.
Al salir de la ranchera tiene la sensación de que lo están observando.
Nota cómo le aumenta la presión en las sienes e intenta, en balde, hacerse pequeño agazapado en el lateral del vehículo.
Al levantar la vista, le parece atisbar que algo se mueve entre los arbustos que hay en una planicie que se eleva sobre el terreno del aparcamiento.
Se queda mirando a la espera de que alguien se deje ver y le recrimine lo que está haciendo, pero eso no sucede.
Piensa que su imaginación le ha jugado una mala pasada y vuelve a su coche.
A la hora acordada, Gabriel ve a Lisa bajar la cuesta que conduce al aparcamiento.
Va vestida de gala, perfectamente peinada y maquillada, paseando a un pequeño perro blanco que lleva un lazo rosa en la cabeza.
Gabriel saca el brazo por la ventanilla del coche para llamar su atención.
Pocos segundos después, Lisa coge a su mascota en brazos y se acomoda en el asiento del copiloto.
Desprende un suave olor a cítricos que impregna el interior del vehículo. Gabriel se fija en que se ha subido un poco el vestido al sentarse. No le cuesta entender que, tal vez de manera refleja, está tratando de seducirlo. Solo que eso no va a funcionar con él.
—Gracias por acceder a hablar conmigo en otro sitio. Lo primero que quiero dejar claro es que todo tiene una explicación, pero no podía hablar de esto delante de mi hija y mi marido.
Gabriel asiente con la cabeza manteniendo el semblante serio. No se fía de ella; ya le ha mentido una vez. De todos modos, en este momento tiene que conseguir que se sienta cómoda.
—¿Lleva mucho tiempo casada? —le pregunta intentando pausar la conversación.
Lisa se vuelve para mirarlo de frente. La expresión de incertidumbre que se dibujaba esa mañana en su rostro ha desaparecido y ahora le sonríe incluso con los ojos.
—¿Te parece que nos tuteemos? —le sugiere.
—Adelante.
Lisa hace un gesto de aprobación con la mano.
—Me casé hace justo un año, en marzo de 2019.
Todo fue muy rápido, la verdad. Yo soy de Madrid y vivía allí hasta que me quedé sin trabajo.
Estaba en una situación económica complicada porque el padre de Amanda, mi hija, y yo estábamos separados desde hacía unos años, y al quedarme en paro no podía pagarme un alquiler.
—Agacha la cabeza y acaricia a su perra—.
Cuando me surgió la posibilidad de trabajar aquí, decidimos que Amanda se quedaría con su padre y que yo vendría sola.
—¿A qué te dedicas?
—Pues… A ver, me dedicaba… Me da un poco de vergüenza decirlo. —Lisa se sonroja—. De hecho, mi hija no lo sabe. ¡Y no quiero que lo sepa! —dice levantando el dedo índice en señal de advertencia—. Te cuento esto porque eres policía y quiero que veas que no tengo nada que esconder.
—Tranquila, no me gustan los chismorreos —confiesa Gabriel.
Lisa se recoloca en el asiento moviendo los hombros, ahora mira hacia delante.
—Trabajaba en un club de striptease . ¡Estaba desesperada! No tenía dinero y mi ex no paraba de quejarse de que él se estaba haciendo cargo del colegio de Amanda y de todos los gastos.
—Entiendo. ¿Fue allí donde conociste a tu marido?
Lisa niega con la cabeza.