La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Luis Gómez está sentado en su incómoda silla de la comisaría.

Está harto de recibir llamadas de personas denunciando que algún vecino se ha saltado el confinamiento.

Se limita a contestar que se encuentran desbordados y que enviarán una patrulla cuando sea posible, y luego no transmite el aviso a quien debe.

Su jefe le ha exigido acompañar a otros policías en la multitud de controles que se llevan a cabo por toda la ciudad, pero él se ha negado alegando dolor de espalda.

No tiene intención de salir a la calle si no es necesario y hará todo lo posible por escaquearse.

Sus compañeros lo conocen bien, saben que no pueden exigirle mucho o llamará a su médico para pedir la baja laboral.

Siente las miradas reprobatorias del resto de los agentes, aunque no le afectan demasiado. Se levanta de su silla y dice al agente de la mesa de al lado que va a tomarse un café; su colega ni se molesta en contestarle.

Cuando llega a la máquina, su teléfono particular empieza a sonar. Es un número desconocido.

—Diga —contesta Luis con desgana.

—Hola. ¿Hablo con Luis Gómez? —pregunta una voz que le resulta familiar.

—Sí, ¿quién es?

—Soy Gabriel Somoza. Nos conocimos hace unos días; usted vino a abrir mi casa en la Coveta Fumá.

—Ah, sí, lo recuerdo… ¿En qué puedo ayudarle?

—Verá, estoy intentando atar cabos en el caso de la desaparición de Rafael Sierra.

Luis tarda unos segundos en contestar.

—Vale, pero yo no investigué ese caso. Fue su amigo, Nico Ortiz. ¿Por qué no habla con él?

—Lo sé, lo sé. Es solo que, según tengo entendido, el día que vino a la Coveta, usted habló con una vecina, Lisa Dubois.

—¿Cómo coño se ha enterado de eso? —pregunta Luis, molesto—. ¿Se lo ha dicho ella?

—¿Acaso importa?

—Pues sí, porque parece que está investigando algo que no le corresponde. ¿Están al tanto en la central? —le recrimina Luis.

—Tranquilícese. Solo quiero saber si esa mujer le mencionó algo sobre Rafael Sierra. ¿Le dijo si se conocían?

—Escuche… —Luis se aleja un poco de la máquina de café y busca un lugar más tranquilo para continuar con la conversación—. Por respeto, no voy a colgarle. Sé quién es y las cosas que hizo cuando estaba en activo, pero esto no me gusta —sentencia.

—Gracias por la parte que me corresponde. Le aseguro que no volveré a llamarle. Lo único que necesito es que conteste la pregunta que le he hecho.

—No, no se conocían. Me crucé con esa tal Lisa cuando salió a tirar la basura y hablamos apenas un par de minutos. Me comentó algo sobre el coche del desaparecido, que seguía aparcado cerca, y poco más. ¿Eso es todo?

—Sí. Muchas gracias, Luis.

Él no se despide. Directamente cuelga el teléfono.

Lisa está viendo la televisión con su hija, en el salón, mientras Bastian sigue encerrado en su despacho.

Lo que sea que ocupa el tiempo de su marido le resulta un misterio.

Pero no le importa demasiado; de hecho, agradece tener toda la casa para ella y Amanda, aunque estén solas la mayor parte de las veces.

En la tele informan sobre el desarrollo de la pandemia.

Dicen que el número de muertos ha aumentado drásticamente.

Además, ya no solo afecta a personas mayores o vulnerables, sino también a jóvenes sanos.

Amanda no para de comentar que la situación es más preocupante de lo que parecía, pero Lisa no está de acuerdo.

Insiste en que todo pasará en un par de días, hasta que aparezca otro tema del que hablar que ocupe las portadas de los periódicos.

No lo dice para tranquilizarla, lo dice porque es lo que piensa.

El vestido de fiesta que ha elegido hoy para estar en casa es verde esmeralda, en contraste con el pijama gris de su hija.

Amanda le ha pedido, una vez más, que la deje pasear a Milú, pero Lisa se niega.

Sostiene que es mejor quedarse en casa y no correr riesgos innecesarios.

Amanda la mira resignada, sin llegar a entender las contradicciones de su madre.

Ambas se sobresaltan cuando alguien golpea la puerta tres veces con los nudillos. Se miran con los ojos muy abiertos.

—¿Esperas a alguien? —pregunta Amanda.

—Evidentemente no, hija. Quédate aquí, voy a ver quién es.

—¿Aviso a Bastian?

—¿Para qué? No saldría de su despacho ni aunque la casa ardiera.

Lisa cruza el pasillo que conecta el salón con el recibidor y pega el ojo a la mirilla. Amanda la observa con expectación desde la distancia.

—Es un hombre, pero no sé quién —dice girándose hacia su hija.

Abre despacio dejando apenas un hueco entre el marco y la puerta.

—¿Puedo ayudarle? —le espeta cautelosa.

—¿Es usted Lisa Dubois? —pregunta él con voz grave y pausada.

—En realidad, ese no es mi apellido, pero la gente me llama así por mi marido. ¿Quién es usted?

—Gabriel Somoza. Soy policía. —Gabriel hace una pausa—. Resido en la casa blanca que hay al final de la pendiente. Llegué hace unos días y estoy investigando la desaparición de Rafael Sierra, el hombre que vivía en mi casa el año pasado.

—¿Vive en esa casa, es policía y está investigando ese caso? Suena un poco raro, ¿no? —se extraña Lisa.

Gabriel saca la cartera y le muestra su placa.

—No me gusta ir enseñándola por ahí, pero ya me la han pedido hace un rato y prefiero evitar malentendidos.

—¿Está hablando con los vecinos? ¿Por qué? —Lisa trata de sonar contrariada.

—Sí. Porque quiero saber si alguien lo conocía o tiene alguna información sobre su desaparición.

—Lo siento, pero no lo conocía. No puedo ayudarle.

Gabriel la observa unos segundos a la vez que da golpecitos con el bolígrafo a la libreta que sostiene en la mano.

—Me está mintiendo, Lisa —afirma con calma ladeando la cabeza con cara de circunstancia.

Ella se queda paralizada.

—¿Qué…? ¿Qué está diciendo? —titubea.

—Le digo que me está mintiendo. La vieron entrar en su casa varias veces. Eso no es algo que hagan dos desconocidos.

Lisa parpadea rápidamente, intenta controlar el temblor en sus manos. Abre del todo la puerta, sale y la cierra tras de sí.

—No puedo hablar de esto aquí —susurra—. Hay un aparcamiento de tierra en dirección a la playa. Si sigue la carretera más allá de su casa lo verá. Vaya en su coche allí esta tarde, a las seis, y espéreme dentro.

Gabriel asiente, se da la vuelta y desaparece cuesta abajo.

Carlos Valero, el hijo de Paula y Roberto, observa desde su ventana cómo Lisa, la amiga de su madre, saca a su perra.

Es joven, pero lo bastante listo para saber que no va a ser un simple paseo.

Ayer oyó a su madre mientras hablaba por teléfono con Olivia.

Lo que parecía una llamada rutinaria para cotillear sobre cómo le va al marido de esta en el hospital se convirtió en una especie de organización de aquelarre clandestino.

Su madre se vería, en secreto, con el resto de sus amigas.

A Carlos eso no le hace ninguna gracia. Piensa que deben tomarse en serio ese nuevo virus que tanto ha cambiado sus vidas.

Solo que es su madre; no puede recriminárselo.

Además, para ser justos, él también se está saltando las normas, aunque, a diferencia de ella, lo que hace lo hace solo.

Porque le gusta que así sea y, quizá, porque nadie sería capaz de entenderlo.

Lleva la cámara colgada al cuello, como todas esas veces en las que se esconde para capturar momentos concretos. Le encanta no ser visto y fotografiar a otras personas que no saben que están siendo observadas. Solo él entiende la magia que esconde una instantánea robada, sin previo aviso.

El confinamiento le pesa mucho. No es un joven conocido por tener un gran círculo de amistades, pero le gusta salir y notar las caricias de la brisa marina en el rostro, esperar a que el sol se halle en un ángulo perfecto y, entonces, inmortalizar el momento con su cámara.

No puede evitar pensar a menudo en Amanda.

Para Carlos, ella representa ese primer amor de juventud con el que espera casarse, tener hijos y ser feliz para siempre, ajeno a las complicaciones de la vida adulta, esas que pintarán de realidad la colorida mente de cualquier adolescente que las ignore.

Pero, claro, teniendo en cuenta lo profundo que ha calado en él esa sensación, le llevará un tiempo comprenderlo.

No le importa verla con otros chicos, que han sido muchos. Tampoco sufre cuando otros chavales de su edad lo ridiculizan y lo llaman «el rarito». Ni siquiera le molesta ser consciente de la preocupación que todo eso provoca en sus padres; él es feliz, a su manera, y es más que suficiente.

Ha leído en internet que es bastante común que las personas que sacan buenas notas en la escuela sean objeto de burla. No es esa la razón de su aislamiento. A veces, le preocupa su desidia, aunque son inquietudes efímeras que desaparecen pronto de su mente.

Ha seguido a Lisa con sigilo. Es bueno en eso, en no llamar la atención.

Con frecuencia, piensa que ni queriendo sería capaz, tampoco lo pretende.

No le ha costado escaparse de casa por la ventana; lo lleva haciendo desde pequeño, como un juego.

Basta con saber cómo apoyar los pies en la cornisa, sujetarse bien a la columna que adorna el porche trasero y descender abrazado al pilar.

El resto es pan comido. Nadie le echará en falta porque si se encierra en su habitación, ni su madre ni su padre se dignarán interrumpirlo. Respetan su mundo, y eso le gusta.

Por el camino que está tomando Lisa, sabe que solo puede dirigirse a un lugar: el aparcamiento de tierra que ahora está vacío. Muy distinto de la época estival, cuando no hay sitio para todos los bañistas que acuden a la playa e invaden su precioso barrio.

Decide adelantarse para ganar tiempo y encontrar un buen lugar desde donde observar. Avanza entre la maleza que bordea la carretera hasta llegar a una cima perfecta para lo que pretende.