Capítulo 7
Gabriel está sentado junto al móvil. Lo ha puesto a cargar a primera hora de la mañana. Trató de encenderlo varias veces, pero llevaba tanto tiempo apagado que la batería se había agotado por completo. Ha pasado la noche en vela dando vueltas a la desaparición de Rafael Sierra.
Le sorprende encontrarse en esa situación: ansioso por recuperar su móvil para llamar a un amigo. Llegó a pensar que el mundo se había convertido en un lugar anodino que ya no podría ofrecerle nada de su interés.
Mientras espera, camina de un lado a otro con una mano en el mentón.
De repente, el teléfono vibra mostrando un mensaje de bienvenida.
Gabriel se esfuerza por recordar el pin; falla en los dos primeros intentos y, por suerte, acierta en el tercero.
Está nervioso, pero le encanta esa sensación.
Por fin vuelve a notar los latidos de su corazón y se recrea al sentirse vivo.
Teme remar en esta causa y morir en la orilla.
Tal vez, su imaginación le esté jugando una mala pasada; sin embargo, quiere disfrutar de la travesía.
Lo necesita. Es posible que no encuentre nada y que su anhelo de aventura se disipe como el humo de una hoguera, pero correrá ese riesgo.
El móvil comienza a disparar una infinidad de notificaciones: mensajes de texto, correos electrónicos y llamadas perdidas que Gabriel no se molesta en atender.
Aun así, en un ataque de remordimiento, accede al chat de su madre y le escribe que está bien, que ya se encuentra en casa y que el cambio le sienta de maravilla.
La emplaza a hablar más adelante, cuando haya terminado de instalarse.
Luego, marca el número de Nico, su antiguo compañero, y espera a que descuelgue.
—¿Qué tal, amigo? ¿Cómo estás? —contesta Nico a modo de saludo.
—Bastante bien. Te diría que ya estoy en la casa de la Coveta, pero sé que ya lo sabes.
—Nunca pierdes el instinto, ¿eh? No te enfades, tu madre estaba preocupada. Solo quería estar segura de que habías llegado sin contratiempos. Es normal.
—Lo entiendo —contesta Gabriel, condescendiente.
—¿Necesitas algo? —pregunta Nico. Su tono indica que la llamada lo ha sorprendido.
—A decir verdad, sí. Necesito que me hables de Rafael Sierra —confiesa Gabriel sin rodeos.
—Rafael Sierra… ¿De qué me suena?
—Es el inquilino que vivía en mi casa y desapareció. Tú llevaste la investigación cuando mis padres denunciaron su desaparición.
—¡Ah, coño! Claro. ¿Qué pasa con él?
—Aquí hay cosas que no cuadran. Algo me dice que no es una desaparición sin más —opina Gabriel, que desea ir directo al grano.
—Bueno… No recuerdo nada fuera de lo normal, si te soy sincero. Sin una orden, no pude entrar en la casa. Por eso tuviste que esperar tanto para recuperarla. Había un par de ventanas con las persianas medio bajadas, y pude echar un vistazo desde el jardín.
—¿Y qué viste?
—Nada. No había signos de violencia ni nada raro. De haber tenido una excusa, habría entrado. —Nico se toma un momento y carraspea—. Sí que es verdad…, bueno, no estoy seguro…
—¿De qué? ¿Qué pasa? —lo interrumpe Gabriel.
—Luis, el policía que fue contigo a abrir la casa, me comentó que encontrasteis una habitación erótica. Una de las ventanas desde donde pude mirar daba al salón, y, más o menos, se veían las dos habitaciones. No recuerdo nada así. Me habría llamado la atención.
Gabriel se levanta. De repente, se da cuenta de que le falta una libreta donde tomar notas. Mientras sigue hablando con Nico, rebusca en los cajones; cree haber visto una cuando hizo limpieza.
—¿Estás seguro de eso? —insiste.
—Como te digo, no tenía una visibilidad perfecta, pero desde luego no vi nada parecido.
Gabriel encuentra la libreta en un cajón de la pequeña mesa redonda del recibidor, junto a un bolígrafo. La abre y descubre que la primera página está usada; hay anotado un número de teléfono. Pasa a la siguiente página y empieza a escribir.
—¿Gabriel? ¿Sigues ahí?
—Sí. ¿Hablaste con alguien? ¿Familia? ¿Amigos? ¿Compañeros de trabajo?
—¡Joder, Gabi! ¡Claro! ¿Por quién me tomas?
—Se oye una risa sarcástica—. Tenía un hermano en Córdoba, si no recuerdo mal.
No se hablaban y no sabía nada de él. No pareció importarle mucho que hubiese desaparecido.
Sus padres murieron cuando ellos eran pequeños, con poco tiempo de diferencia: su padre de un infarto y su madre se suicidó pocos meses después.
Amigos… ninguno, salvo que cuentes a los vecinos. Había una que estaba bien buena.
—¿Recuerdas el nombre? —pregunta Gabriel, bolígrafo en mano.
—¡Uf! Linda… o puede que Lisa, algo así. Pero ya te digo que no tenía relación cercana con ningún vecino.
—¿Y en el trabajo?
—No trabajaba —afirma Nico. Por su tono, parece molesto por el interrogatorio al que le está sometiendo Gabriel.
—¿No era abogado? —pregunta Gabriel, sorprendido.
—Lo era, pero lo despidieron del bufete unos meses antes de que desapareciera. Parece que se pasó de listo y que ofrecía tratos particulares a los clientes. Lo pillaron y lo largaron.
—¿Puedes enviarme el archivo del caso? —pide Gabriel.
—¿Qué estás haciendo, amigo? —inquiere Nico.
—Quiero investigarlo.
—Vale… Solo que ya no eres policía y podrías buscarte un problema. Además, ¿no crees que ahora tenemos preocupaciones mayores? ¿No has visto cómo está el país?
Gabriel ignora el consejo de Nico.
—Lo necesito.
El silencio se apodera de la conversación, tanto que Gabriel mira su teléfono temiendo que se haya apagado.
—De acuerdo. Si con eso te ayudo, lo haré. Pero creo que le estás dando muchas vueltas cuando está claro que el tipo se piró y punto. Solo hazme un favor: no te metas en líos, ¿vale?
Es lunes por la mañana, y Aurora está de pie junto a la ventana de su cuarto observando la calle a través de la fina cortina que permite que los primeros rayos de luz se cuelen de soslayo.
Todos a su alrededor parecen preocupados, pero a ella no le inquieta el virus que ha llegado para sembrar el pánico; lo que de verdad la perturba es el nuevo vecino que se ha mudado frente a su casa y a quien no ha dejado de vigilar desde el viernes, como si ese fuese su único cometido ahora.
Su marido la llama por tercera vez, le pregunta si va a bajar a desayunar. Ella no contesta, inmersa aún en sus pensamientos. Tampoco se muere de ganas por darle los buenos días y tener una agradable charla mientras toman café.
Diez minutos después, repara en que la puerta del vecino se abre y un hombre sale. Por instinto, da un paso atrás al temer que la descubra espiándolo desde la ventana. El corazón se le acelera y nota cómo cada latido le sacude la cabeza cuando se da cuenta de que camina directo hacia su casa.
Baja la escalera a toda prisa y encuentra a su marido en la cocina, arropado con una bata verde y negra de cuadros leyendo algo en su móvil.
—¡Viene hacia aquí! —le grita.
—¿Quién? ¿De qué hablas? —pregunta él, sorprendido.
—¡Ese hombre! ¡El que vive ahora en la casa de Rafa! Está a punto de llamar a nuestra puerta.
A Ernesto, su marido, se le corta el habla. Aurora se fija en el movimiento de su nuez, que sube y baja mientras él la mira sin saber qué hacer. No tienen tiempo para decirse nada más; alguien golpea la puerta tres veces con los nudillos.
«Ya está. Lo ha descubierto y viene a pedir explicaciones», piensa Aurora, y hace un esfuerzo por mantener la calma.
Dirige la mirada a Ernesto, quien permanece paralizado sin mover ni un dedo, y cae en la cuenta entonces de que es un completo inútil, aunque es algo que ya sabía. Debe ser ella quien tome las riendas.
—Vete al salón. Yo hablaré con él —ordena a su marido, pero él no reacciona—. ¡Ernesto! Espabila, siéntate en el sofá y pon la tele.
Aurora espera a que se haya sentado y abre la puerta. Allí, frente a ella, está el hombre al que ha estado observando a través de la cortina. Ahora lo tiene a escasos centímetros y finge no saber quién es.
—Hola —dice tratando de sonar cortante.
—Buenos días. Me llamo Gabriel Somoza. Vivo en la casa de enfrente —explica él, y señala su hogar—. Quería hacerle unas preguntas sobre su anterior vecino, si no le importa. Supongo que ya sabe que desapareció en circunstancias un poco extrañas.
—Perdone. —Aurora levanta una mano en señal de desaprobación—. ¿Usted de qué va?
Gabriel Somoza agita la cabeza.
—¿Disculpe?
—Se planta en la puerta de mi casa sin mascarilla y saltándose el confinamiento para preguntarme por una persona que ni siquiera conozco. Se lo repito: ¿de qué va?
Gabriel arruga la frente y da un paso atrás.
—No se preocupe, no llevo mascarilla, pero si me deja una, me la pondré. Solo necesito saber si conocía al señor Sierra o si alguna vez hablaron. Al fin y al cabo, su casa está a solo unos metros de la mía, que es donde vivía él.
—Ya le he dicho que no lo conocía. Y ahora, váyase o llamo a la policía. Las normas existen por algún motivo, le gusten o no.
—Eso no será necesario. —Gabriel se saca la cartera del bolsillo trasero del pantalón y la abre, mostrándole su placa—. Soy policía.
A Aurora le cambia la cara. Gabriel parece haberse dado cuenta, porque esboza una sonrisa que ella desearía borrarle de un tortazo. No le queda más remedio que recular; debe medir sus palabras de ahora en adelante.
—Perdóneme. Entenderá que no es un momento fácil. Estamos sufriendo mucho con todo esto de la pandemia —miente.
Gabriel asiente con la cabeza, pero mantiene esa maldita sonrisa.
—Seré breve. ¿Cuánto hace que vive aquí? —pregunta.
—Mi marido y yo compramos esta casa hace diez años. Vivimos aquí desde entonces.
—¿Nunca habló con Rafael Sierra, el hombre que desapareció?
Aurora se cruza de brazos y niega con la cabeza.
—Hola y adiós, como mucho.
—¿Y su marido?
—No, él tampoco —se apresura a contestar Aurora.
—¿Está en casa? —pregunta Gabriel, y se inclina para echar un vistazo al interior.
—Sí, pero si no le importa, estamos intentando evitar el contacto con otras personas. Además, le contestaría lo mismo que yo.
—Entiendo. ¿Sabe de alguien que tuviera contacto con el desaparecido?
Aurora se lleva el índice a los labios y mira hacia arriba fingiendo pensar, pese a tener claro lo que va a responder.
—Vi a Lisa Dubois entrar en su vivienda varias veces. Supongo que se conocerían, pero no puedo decirle si mucho o poco. Hace unos días la vi hablar con un hombre que salía de su casa. ¿Era usted? —indaga Aurora, aunque sabe perfectamente que no era él.
—No, no era yo. ¿Se refiere al viernes por la mañana?
—No estoy segura, están pasando tantas cosas que empiezo a perder la noción del tiempo. Diría que sí.
Gabriel mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, saca una libreta pequeña, pasa un par de hojas y anota algo.
—De acuerdo. ¿Y dónde vive esa mujer?
Aurora dirige la mirada hacia la cuesta por la que sube la carretera alejándose de la playa.
—Doscientos metros más arriba. Su casa llama mucho la atención. Es una mansión victoriana.
—Sí, ya sé cuál es. —Sin levantar la vista, Gabriel pasa a la siguiente página, escribe algo, arranca la hoja y se la ofrece a Aurora—. Aquí tiene mi número de teléfono. Si recuerda alguna cosa más, le agradecería que me llamara.
Aurora toma la hoja y muestra su sonrisa más falsa. De algún modo, se siente aliviada.