Capítulo 6
La pasada noche, el presidente del Gobierno decretó el estado de alarma y el confinamiento de la población.
Lisa no lo podía creer. Se enfureció y, a gritos, explicó a su marido las razones por las que no tenía intención alguna de obedecer.
Él la miraba sonriente. Lisa sabe que a Bastian no le afecta demasiado quedarse en casa; siempre se deja ver poco y no tiene amistades que lo mantengan entretenido.
Pero ella es distinta. Lo primero que hizo fue enviar un mensaje a sus amigas donde les sugería quedar la mañana siguiente con la excusa de pasear a los perros.
Salvo dos de ellas, que criticaron su actitud, el resto accedió.
La propia Lisa se considera la líder del grupo y cree tener potestad para tomar ese tipo de decisiones.
Le irrita pensar que tendrá que pasarse las veinticuatro horas del día encerrada bajo el mismo techo con Bastian, de quien está harta.
Piensa que se equivocó al casarse con él, que habría sido más feliz con alguien más divertido, alguien que le hiciera sentir que aún es joven y que despertara en ella esa chispa que se apagó hace tiempo.
Pero, claro, por otro lado, Bastian tiene dinero, y eso le permite llevar la vida a la que se ha acostumbrado y que no abandonaría por nada del mundo. Nada.
—Bastian, voy a pasear a Milú —lo informa desde la puerta del despacho, donde él pasa las horas.
—No puedes salir —contesta este con seriedad.
—Sí que puedo. Han dicho que las personas que tienen perros pueden sacarlos a pasear, como es lógico.
—Se refiere a las que no tienen jardín, y no es nuestro caso. Aunque estoy seguro de que ya lo sabes.
—¡Bastian! ¡No me quedaré aquí todo el día! —exclama Lisa, enfadada.
Su marido la mira fijamente por encima de las gafas sin decir nada. Tras unos segundos incómodos, Lisa gira sobre sus talones, baja la escalera y encuentra a su perra moviendo la cola.
Su hija, Amanda, la llama antes de que se ponga el abrigo para salir.
—¿Adónde vas? —pregunta en tono molesto.
—A pasear a Milú.
—¿No crees que ese vestido de seda rosa que llevas es excesivo para sacar a la perra?
—¿Te digo yo algo cuando te maquillas para ir a correr? —la reprende Lisa.
Amanda pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.
—Voy a dar una vuelta —continúa Lisa—. He quedado con mis amigas, tenemos que hablar de todo esto; quiero saber qué harán y cómo se organizarán.
—Pues como todo el mundo, mamá.
—Estás muy impertinente. ¿No tienes nada que hacer?
Amanda se encoge de hombros y baja la mirada.
—Solo quería preguntarte si esta tarde puedo pasear yo a Milú. Necesito salir. Si no, me voy a volver loca.
—Ya veremos. Últimamente estás muy rara, saliendo a correr, buscando tu espacio… No hay quien te reconozca. Antes no eras así.
Amanda no contesta y se retira a su habitación. No suele enfrentarse a su madre, aunque Lisa sabe que muchas veces desearía poder estrangularla con sus propias manos. Ella hace lo que considera mejor para su hija y, viendo la vida que tienen, piensa que ha tomado las decisiones correctas.
Sale de la casa, pero en cuanto pone un pie fuera se detiene para contemplar el ambiente enrarecido.
Aunque su barrio no es, ni mucho menos, un lugar ruidoso o transitado, esa mañana de domingo la calma resulta más intensa de lo habitual.
Siente un ligero temblor en las piernas.
A pesar de su fachada valiente y decidida, sabe que lo que hace está mal y teme que alguien se lo recrimine.
Camina despacio, mirando hacia atrás de vez en cuando, alerta por si aparece un coche de policía patrullando las calles.
Sin embargo, solo están ella y Milú. Su vecino de enfrente, un productor musical jubilado que vive en una singular casa de fachada blanca y estilo mediterráneo, se asoma desde una ventana en la planta superior, pero cuando Lisa lo observa, él aparta la vista.
A ella le gusta esa sensación: saber que su posición en el vecindario le permite ciertas licencias.
Después de todo, fue su marido quien pagó de su bolsillo la reforma del parque que el Ayuntamiento se negó a financiar.
Eso, cree Lisa, le da derecho a reunirse con sus amigas y sus perros allí, aunque hayan declarado el estado de alarma.
Cuando llega al parque, sus amigas ya la aguardan. Nunca es la primera en llegar a ningún sitio, y lo hace a propósito porque odia esperar.
Las tres se ubican separadas entre sí, más de lo habitual, y todas llevan mascarilla.
Olivia viste ropa de deporte, y a Lisa le repugna cómo se le marcan las lorzas con esas mallas tan ajustadas.
Paula está a unos metros a su derecha, intentando que su yorkshire no orine cerca de ella.
De todas sus amigas, es la que mejor le cae.
Su hijo Carlos está coladito por Amanda, y ambas creen que podrían ser pareja.
A Lisa le encantaría; aunque no necesitan el dinero, el marido de Paula heredó una empresa de transportes que él mismo gestiona y gozan de una buena posición económica.
Su casa no es tan impresionante como la mansión victoriana de Lisa, pero no está nada mal.
Viven un poco más alejados de la playa, en una calle custodiada por altas palmeras que ocultan, en parte, su chalet de estilo vanguardista.
Aurora, en cambio, se ha sentado en un banco a cinco metros de ambas y no levanta la vista cuando Lisa llega.
—¿Qué tal, chicas? —las saluda con total normalidad.
—Baja la voz, que no parezca que hemos quedado aquí —sugiere Olivia.
—¡No seas tonta! ¿Quién va a venir a estas horas de la mañana? —exclama Lisa sin bajar el tono—. Aquí estaremos bien. No pienso quedarme en casa todo el día.
—Todo esto es muy fuerte —apunta Aurora mientras niega con la cabeza.
Lisa le clava la mirada y asiente colocándose una mano en la cintura. Quiere parecer positiva.
—Pues sí, lo es. Pero tenemos que seguir unidas.
Somos amigas, y si hacemos lo que nos dicen no podremos vernos.
¿Cómo vamos a ayudarnos si es preciso? Imagina que necesitas algo para cocinar, o medicinas o…
, yo qué sé, simplemente hablar con alguien porque estás triste.
Debemos mantener el contacto —argumenta.
—A ti lo que te pasa es que piensas en quedarte encerrada con tu marido y se te cae el mundo encima —comenta Aurora levantándose del banco.
Las demás se ríen. Lisa, por el contrario, que no lleva mascarilla, esboza una expresión de odio.
—Ya sabes cómo es. Está encantado de quedarse en casa. Pero yo no puedo —contesta intentando suavizar la conversación.
—¡Venga, chicas! No seáis tan dramáticas. Van a ser quince días y luego todo volverá a la normalidad —afirma Paula.
—¿Qué dice tu marido, Olivia? —pregunta Aurora.
Olivia levanta la vista hacia la carretera, preocupada. Su marido es médico en el hospital de San Juan y la ha puesto al corriente de la gravedad de la situación.
—Que no van a ser quince días —contesta finalmente—.
Dice que el hospital está lleno de gente enferma y que hay personas muriendo en los pasillos.
—Hace una pausa para contener las lágrimas—.
Estoy muy preocupada por él. La mayoría de sus compañeros se han cogido la baja, y él tiene que cubrir sus turnos. Está todo el día allí. ¡Es horrible!
—¿Sabe que estás aquí? —pregunta Paula, conmocionada.
Olivia niega con la cabeza.
—Me mataría. No para de lavarse las manos y dice que, mientras dure esto, debemos dormir en habitaciones separadas. Lo echo de menos y quiero estar con él. —Hace una nueva pausa—. Perdonadme, necesitaba desahogarme.
—Tranquila, cariño. Puedes contar con nosotras. Tu marido estará bien. Es médico y sabe lo que hace. Si sigue yendo a trabajar es porque no tiene tanto miedo como pretenden hacernos sentir por la tele —afirma Lisa.
—O tal vez porque cumple con su deber —sugiere Aurora.
Lisa finge no haberla escuchado. Está empezando a cansarse de ella.
Paula da un par de pasos instintivos hacia su amiga para consolarla, pero Olivia levanta la mano y, con ese gesto, le indica que mantenga la distancia. Paula se disculpa.
—Bueno, voy a contaros un cotilleo. Cambiemos de tema.
Ya tenemos demasiadas noticias terribles como para seguir hablando de esto en nuestros ratitos.
—Paula sacude las manos, como si estuviera a punto de dar una noticia importante—.
Hay gente viviendo en la casa de Rafa, el desaparecido.
El otro día pasé con el coche y vi a un hombre, que por cierto está muy bueno, sentado en el jardín.
Lisa no quiere hablar de eso y desvía la mirada, pero se da cuenta de que Aurora la observa fijamente con una expresión que la incomoda.
Ahora la teme.
Amanda se ha recluido en su habitación. La relación con su padrastro es inexistente y sabe que el confinamiento no la mejorará. Se siente prisionera y desea escapar. Su madre tampoco la apoya todo lo que ella considera que debería.
Con el teléfono en la mano, espera un mensaje que no llega. Finalmente, decide dar el primer paso:
Esta tarde podré salir.
Nos vemos un rato?
El corazón se le acelera al ver que su contacto, E, ha recibido el mensaje y está escribiendo.
Imposible. Ya sabes que hay gente en la casa ahora
No necesitamos los juguetes para divertirnos, podemos vernos en el bosque. Haré que merezca la pena
Tarda unos minutos en recibir una contestación que espera con ansia.
No me escribas más, no puedo salir de casa
Tengo muchas ganas de verte.
Muchassssss
Déjalo. Nos van a pillar.
Esto se acabó
Al leer el último mensaje, Amanda rompe a llorar.