La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Para Gabriel han sido dos días atípicos.

Ha pasado horas y horas con Óscar reacondicionando su casa, que ahora se parece más a un hogar.

Después de una buena ducha, se siente mejor físicamente, ya que, por primera vez en mucho tiempo, ha comido como es debido y le ha sentado fenomenal.

El propio Óscar se tomó la molestia de cocinar un guiso de carne.

En tono de broma, Gabriel le sugirió a su amigo que, siempre que preparara platos como ese, podía quedarse a vivir con él.

Ambos han congeniado, a pesar de que no se veían desde hace más de una década, pero ese vínculo que cultivaron en la infancia ha resurgido en un momento perfecto para ambos.

A Gabriel le cuesta adaptarse de nuevo a la sociedad.

Se siente desactualizado, especialmente cuando no entiende las continuas alusiones de Óscar a un virus que está causando estragos.

Este le ha dicho que, si tiene tos, debe quedarse en casa, que es vital evitar que el virus se propague, y que, si le cuesta respirar, debe ir al hospital.

Gabriel piensa que Óscar exagera un poco, sobre todo cuando ha insistido en la importancia de ir al supermercado y comprar comida para varias semanas.

Le ha prometido que el lunes lo hará, aunque no ha podido evitar una carcajada cuando su amigo ha mencionado la necesidad de hacer acopio de papel higiénico.

Por un instante, recuerda la psicosis que causaron en su momento el virus del ébola o el de la gripe A, y piensa que el asunto que ha mencionado su amigo seguirá un desarrollo similar, así que no le preocupa demasiado.

En cualquier caso, por respeto, ha fingido escucharlo con atención, ya que Óscar es enfermero y sabe mucho más que él de esos temas.

Gabriel no se atrevió a pedirle que, en una de sus tantas idas y venidas entre su casa y la de él, le llevara un par de botellines de cerveza.

Añora aquellos tiempos en que se reunía con sus amigos después del trabajo y se relajaban tomando algo.

Piensa en invitar a Óscar a cenar algún día como muestra de agradecimiento y los imagina a ambos en el jardín, botellín en mano, compartiendo anécdotas de la infancia.

Suena genial. Le preguntaría por los cambios que ha sufrido el barrio y rememorarían muchas de las historias que vivieron juntos en su juventud.

La mayoría de ellas en el bar de Ana, que era inmenso y disponía de una infinidad de recovecos con un largo pinar que llegaba hasta la playa.

Fue allí donde Gabriel dio su primer beso y lo recuerda con nostalgia.

También ha notado lo bien que le sienta tener la mente ocupada en otros asuntos.

Se plantea que, tal vez, nunca debió pedir una excedencia en el trabajo.

Después de estos dos días, ha ido creciendo su curiosidad por saber qué le pasó a Rafael Sierra.

¿Dónde podría estar? ¿Por qué se fue? ¿Se largó por voluntad propia o lo obligaron?

Son preguntas que le rondan la cabeza cada vez más.

Siempre le ha gustado resolver misterios.

Durante la limpieza de la casa, encontró algo que le llamó mucho la atención; quizá fue eso lo que motivó todo lo que vendría a continuación.

Óscar insistió en encargarse de limpiar la habitación erótica.

En un principio, Gabriel se negó argumentando que le correspondía a él sufrir esa parte, pero finalmente cedió con elegancia y se ocupó de la bolsa de basura desparramada, que también tenía lo suyo.

Entre trozos de comida podrida, botellines de cerveza vacíos y envoltorios de semillas de césped, encontró una caja metálica con tabaco especial para pipa.

Era de la marca Full Virginia Flake. La abrió por curiosidad y dentro halló un papel con una anotación escrita a mano: «Preguntar sobre Samoa».

Se fijó en el tipo de letra, que parecía infantil, con la P escrita como lo haría un niño de cinco años.

En ese momento, emergió el detective en Gabriel.

Aunque sabía que la escena estaba contaminada por el tiempo transcurrido, actuó con precaución y le pidió a Óscar su móvil para fotografiar todo lo que le pareció relevante.

Tomó fotos de la caja de tabaco, la habitación erótica, la nota y los restos de basura desparramados.

Por más que buscó y rebuscó mientras limpiaba, no encontró nada importante.

No había objetos de valor y los armarios estaban vacíos.

Exceptuando la basura y las copas de vino, todo estaba medianamente recogido, como si alguien hubiera tenido tiempo para prepararse antes de marcharse, o como si alguien se hubiera tomado la molestia de simularlo.

Óscar ya se ha ido, y Gabriel añora, en cierto modo, su compañía.

Aprovecha para pasear por el jardín, ahora transitable tras la limpieza de malas hierbas que hicieron juntos.

Camina de un lado a otro pensativo. No puede quitarse de la cabeza la desaparición de Rafael Sierra.

No tiene pruebas sólidas de que haya algo turbio detrás, pero una corazonada lo impulsa.

Se aferra con fuerza al resurgir de su instinto y decide que ha llegado el momento de cargar su móvil: quiere hacer una llamada a su amigo Nico Ortiz, el policía que trabajó en la desaparición de Rafael.