Capítulo 4
Sabe que su barrio es un lugar tranquilo, por esa razón vive en él.
Sin embargo, algo es distinto. La vieja cafetería donde un grupo de ancianos se reúne día tras día para jugar al dominó y a las cartas está cerrada, al igual que la única panadería de la zona.
El ambiente es triste, teñido de gris. No hay más sonido que el del viento y sus pisadas sobre el asfalto.
Al pasar por la casa del desaparecido Rafael Sierra, reduce la marcha.
Ve a un hombre que cree reconocer arrancando matojos del descuidado jardín delantero.
No es el desaparecido. «¿Será Gabriel?», piensa.
Hace mucho que no ve a su antiguo amigo de la infancia.
En un primer momento sigue corriendo, pero se detiene al dejar atrás la vivienda, oculta tras los álamos.
Saca su móvil de la funda y pausa la aplicación que cronometra la distancia recorrida.
A Gabriel le gustaría tener un jardín en condiciones y poder tumbarse a tomar el sol mientras mira el mar. En lugar de eso, posee un pedazo de tierra repleto de malas hierbas secas, salvo en una zona donde la sombra de los árboles ha permitido que surjan algunos brotes verdes.
Se alegra de que su padre no les hiciera caso a él y a su hermana cuando le suplicaron construir una piscina allí. Si apenas es capaz de limpiar dos habitaciones, no se imagina manteniendo en buen estado una piscina.
Avanza entre la maleza y abre la caseta de los aperos, ubicada en el jardín trasero, desde donde puede contemplar la pendiente que desciende hasta la playa.
Reza por encontrar alguna herramienta útil, pero solo halla una pala, varias macetas de plástico y una manguera.
Mientras rebusca en los cajones oxidados oye una voz que procede de la parte delantera.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Gabriel sale de la caseta con cara de pocos amigos. Ya ha tenido que hablar con Luis, el policía judicial, y con esa chica que paseaba a la anciana; mucho más de lo que está acostumbrado últimamente.
Fuera, un hombre con ropa de deporte le devuelve la mirada con expresión de asombro en el rostro.
—¡Hostia! ¿Eres Gabi?
Le desgarra oír ese diminutivo; así lo llamaba su mujer, pero pocas personas más. Le gustaba que Sara lo hiciera. Era un apodo especial, reservado solo para ella.
—¿Quién eres? —pregunta altivo.
—¡Tío! Soy Óscar. ¿Te acuerdas de mí?
Gabriel aprieta los labios y se le escapa una sonrisa leve, tímida, como con cierta culpa. Se alegra de verlo.
—Esto sí que es una sorpresa. ¿Cómo estás, Óscar?
Óscar se acerca con vehemencia y abre los brazos. Sin poder evitarlo, ambos se abrazan y Gabriel contiene un nudo en la garganta. Su estilo de vida ermitaño lo ha privado de momentos como ese y siente que el instante es propicio para desahogarse.
Gabriel le da dos palmaditas en la espalda, como poniendo fin al abrazo que Óscar insiste en prolongar. «Sabe lo del accidente», piensa.
—Vi a tu madre hace unos meses, en el festival de Navidad que hicieron en el colegio de mi hija. Sabes que tu sobrino Hugo va al mismo colegio que ella, ¿no?
Gabriel asiente y se lleva una mano a la cabeza para tratar de adecentarse el pelo y, así, disimular su incomodidad. Le viene a la mente una conversación que tuvo con su madre; de eso hace un par de años, pero, de repente, la recuerda con claridad.
—Mi madre me contó que tu mujer estaba enferma —dice arrastrando las palabras. Se percata de que ha cometido un error al abrir ese melón. Le está costando mantenerse íntegro y resulta evidente que Óscar se ha dado cuenta.
—Sí, así es. A Lidia le detectaron un cáncer de mama y han sido años muy jodidos —explica Óscar con los brazos en jarra—. Parecía que iba todo bien después de la primera quimio, pero en una revisión, hace unos meses, le dijeron que se ha extendido al hígado. Ha sido un palo, la verdad.
—Siento haberte preguntado, me he acordado y…
—Tranquilo —lo interrumpe Óscar—. Ella es fuerte, y estoy seguro de que todo irá bien. Yo también quería preguntarte cómo…
Gabriel lo mira con ojos vidriosos, de tal manera que parece suplicarle que no continúe. No quiere romperse. Óscar se percata.
—¡Oye! ¿Y cómo es que estás aquí? ¿Has venido por si acaso nos encierran? —exclama cambiando de tema.
Gabriel no entiende y se encoge de hombros. Óscar sigue hablando, entusiasmado por verlo de nuevo.
—Te comprendo, aquí se vive de maravilla. Lidia y yo nos mudamos cuando enfermó; es mucho más tranquilo, y a Sonia le encanta jugar en la arena. Cuando crezca, seguro que no querrá vivir aquí, y menos teniendo el colegio tan lejos.
Gabriel intenta recomponerse. No sabe muy bien qué decir, pero tiene claro que no quiere que su amigo se marche. Se sorprende al sentir ese deseo que quizá esté motivado porque, en cierto modo, ambos comparten una pena similar.
—Tu inquilino desapareció de la noche a la mañana —continúa Óscar—.
Era un tío raro. Tu madre me preguntó por él en Navidad.
Le dije lo que pensaba, que era un abogado algo turbio.
Un zalamero con las viejas de por aquí, siempre tratando de camelárselas para gestionarles el dinero.
Se rumoreó que planeaba irse a una isla cerca de Australia.
Samoa o algo parecido. Estoy seguro de que se largó allí después de pegarle el palo a alguien.
—Si fuera así, habría alguna denuncia —responde Gabriel dejando que despierte su vena de detective. Después de recibir la nota, la desaparición de su inquilino empieza a causarle cierto interés.
—¡Vete a saber! Igual es una anciana que no sabe ni cómo se llama.
—Ese tipo de ancianas suele tener una familia que da la cara por ellas, sobre todo si tienen dinero —afirma Gabriel.
—Sí, tal vez…
—Deberías ver lo que me ha dejado dentro —añade Gabriel negando con la cabeza.
—¿El qué? —pregunta Óscar, intrigado.
—El tío tenía un picadero con correas, máscaras de cuero… En fin, que se divertía.
—¡No jodas! ¡Enséñamelo!
A Gabriel le hace gracia la curiosidad de su amigo.
—Vale. —Se encoge de hombros—. Pero la casa está hecha un asco.
Cuando entran, Gabriel intenta justificarse diciendo que acaba de llegar y que aún no ha podido limpiar.
Óscar resta importancia al desorden y se centra en el cuarto oscuro.
Después de unos minutos en los que solo se oyen sus bromas sobre la habitación, se planta en medio del salón con los brazos cruzados y asiente.
—Amigo, tienes razón. Esto está hecho un auténtico asco.
Pero estás de suerte. A los enfermeros nos han cambiado el turno en el hospital para protegernos, y a partir de ahora tendré algún que otro día libre.
—Se lleva la mano a la nariz y gesticula con angustia por el mal olor—.
Así que vamos a hacer una lista de lo que necesitas.
Iré a casa a ver qué tengo y volveré para ayudarte con todo esto.
A Gabriel le seduce la idea, aunque se siente un poco culpable.
—Pero tu mujer…
—No te preocupes por ella. Como yo estoy muy expuesto, hemos dividido la vivienda para evitar que la contagie. De manera que nos vemos poco, por desgracia.
Gabriel pone cara de circunstancias; empieza a pensar que está sucediendo algo que se le escapa. Sin embargo, acepta encantado que su amigo lo ayude con la casa. Le pone una mano en el hombro y, mirando al suelo, le da las gracias.