La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 3
7%

Capítulo 3

Cuando llega el atardecer, Gabriel se da cuenta de que no ha hecho ni la mitad de lo que había planeado.

Tenía la intención de limpiar la casa a fondo, ya que va a quedarse a vivir en ella, pero en lugar de eso ha pasado la mañana sentado en una silla del jardín mirando el mar.

Le han venido a la cabeza las historias que su padre contaba en ese mismo lugar.

Una vez les explicó a él y a su hermana que esa zona había sido un coto de caza.

Decía que el nombre del barrio, la Coveta Fumá, deriva de un antiguo refugio, en forma de cueva, del que no queda ningún vestigio en la actualidad.

Cuando pernoctaban allí los cazadores, encendían hogueras que con el tiempo dejaron marcas de hollín en las paredes.

De pronto es consciente de que añora a sus padres.

A pesar de que son quienes más se preocupan por él, los ha dejado de lado, a ellos y a todo el mundo.

Los sentimientos de nostalgia no son suficientes para vencer el deseo de soledad que alberga en su interior.

De momento, solo quiere ocuparse de su nuevo hogar.

La casa está descuidada, pero Gabriel no ha sido precavido; no ha llevado consigo productos de limpieza, y el anterior inquilino parece haberse llevado todo, excepto un paño y un estropajo. Es la excusa perfecta para procrastinar.

Iba a sacar la bolsa de basura que inunda la casa de ese olor nauseabundo, pero, al hacerlo, el fondo se rasgó y los restos se desparramaron dentro del armario.

«Mañana será otro día», piensa, y se propone que entonces, si tiene fuerzas, irá a comprar comida y algo para limpiar.

Hoy no. Hoy se conforma con guardar las latas de conserva que ha llevado en su ligero equipaje.

Al menos son variadas: atún, fabada asturiana, albóndigas…

Ha comprobado que el microondas funciona, y se convence de que con eso será suficiente.

Como no piensa dormir en la cama del inquilino desa­parecido, decide hacerlo en la otra habitación, la que años atrás compartía con su hermana.

La antigua litera ha sido sustituida por una cama, pequeña y con un colchón en apariencia incómodo, pero es mejor que acostarse en una donde podrían haberse desatado fantasías sexuales de todo tipo, a juzgar por lo que ha visto.

No encuentra sábanas limpias para cambiar las que están puestas, que huelen a rancio, así que decide quitarlas y echarse sobre el colchón.

Se tumba y por un instante se siente tentado de encender el móvil para avisar a su familia de que ha llegado y se encuentra bien. No lo hace.

Cuando está a punto de quedarse dormido, oye tres golpes en la puerta.

Le cuesta reaccionar y ponerse en pie. Echa un vistazo por la mirilla, pero no ve a nadie.

Abre y descubre que la calle está vacía en ambos sentidos.

Solo se oye el susurro del viento entre las hojas.

Antes de cerrar, baja la vista al suelo y encuentra un sobre blanco sobre el felpudo.

Blanca empuja la silla de ruedas de María, la octogenaria con quien reside y a quien ayuda en sus quehaceres diarios.

Le está muy agradecida por haberle dado la oportunidad de trabajar y vivir en una casa preciosa junto al mar.

Es, en cierto modo, lo que siempre deseó.

Sin embargo, detesta la inquebrantable costumbre del paseo diario, siempre a la misma hora y enfrentando una serie de cuestas que la dejan sin aliento.

Hoy las aguas están revueltas y una molesta brisa le azota el rostro. Como a María le gusta el mar en calma, el paseo se acorta y vuelven a casa antes de que anochezca.

No es fácil convivir con ella, aunque Blanca ha aprendido a manejarla con maestría.

Hay días en que los mensajes de la anciana son incongruentes y la memoria le falla cada vez más.

Cuando Blanca empezó a trabajar para ella, años atrás, no era así.

María era una mujer increíble que estuvo cerca de ser alcaldesa de Alicante.

Fue profesora de Filosofía en el instituto Miguel Hernández, donde tenía fama de dura, pero también de ser muy querida; o, al menos, eso era lo que le contaba a Blanca.

Los días en que María mantiene la lucidez, ella disfruta de sus charlas.

La octogenaria le recomienda libros y se los deja coger de su inmensa biblioteca, lo que ha despertado en Blanca un placer por la lectura que jamás había experimentado.

Nunca había leído tanto, y se siente orgullosa cada vez que acompaña a María a su partida semanal de cartas, donde puede intervenir en conversaciones de todo tipo y se siente cómoda compartiendo su punto de vista.

La llegada de la COVID ha trastocado por completo a María.

A excepción de su paseo diario, ya no quiere salir.

Obliga a Blanca a llevar una mascarilla en todo momento, como hace ella.

Las reuniones con sus amigas han cesado y no permite que nadie se le acerque durante los paseos.

Teme contagiarse y morir, algo comprensible, ya que la televisión no habla de otra cosa.

En silencio, Blanca empuja la silla de ruedas de María por la última cuesta antes de llegar a casa. Está cansada. Una gota de sudor se desliza por su frente y se rompe al impactar contra el suelo, dejando una pequeña marca húmeda.

Algo es diferente en la vivienda del hombre que desapareció.

Blanca observa un coche aparcado cerca; no lo reconoce y siente curiosidad.

María no parece percatarse, o quizá lo hace y no comenta nada al respecto.

Al avanzar un poco más, Blanca ve a un hombre delgado junto a la puerta sosteniendo un papel que mira fijamente.

Él levanta la cabeza y sus ojos se encuentran.

De repente, inicia la marcha hacia ellas con paso firme y decidido.

Blanca acelera. Tiene instrucciones muy claras y siempre cumple con ellas.

—Disculpe —lo oye decir.

Pero avanza sin mirar atrás.

—Hola —insiste él.

Blanca no sabe qué hacer; se siente mal por ignorarlo, pero es su reacción automática.

No funciona.

—Perdone. ¿Puede atenderme un momento? —Él se coloca frente a ellas. Blanca detiene la silla de ruedas mientras María se estremece y se ajusta la mascarilla sobre la nariz—. Me llamo Gabriel, acabo de mudarme.

Blanca mueve la silla tratando de mantener la distancia.

—¿Puede alejarse un poco? Por favor —pide Blanca.

Gabriel levanta las cejas, desconcertado, parece no entender el motivo.

—¿Cómo?

—Que si puede alejarse un poco. Por ella. —Señala a María—. Es mayor y tiene miedo de ponerse enferma.

Gabriel asiente con un gesto de comprensión y retrocede unos pasos.

—¿Así está bien? —pregunta con ironía.

—Sí, gracias.

—¿Ha visto a alguien salir de mi casa? Me han dejado una nota y no sé quién ha sido.

—¿Vive en la casa de Rafa? —pregunta Blanca, intri­gada.

—Más bien él vivía en mi casa. Supongo que sabe que desapareció.

—Lo sabe todo el mundo. No se habló de otra cosa hasta que llegó el virus.

—¿Qué virus? —pregunta Gabriel, sorprendido.

A Blanca y a María les hace gracia la pregunta y no pueden evitar reírse.

—¡Qué chistoso! —Blanca niega con la cabeza—. Lo siento, pero no hemos visto a nadie. Justo venimos de dar un paseo por la playa y evitamos acercarnos a otras personas.

Blanca espera que Gabriel capte la indirecta y reemprende el camino. Sin embargo, vuelve a oír la voz del hombre, esta vez más fuerte.

—¿Le conocía? —pregunta desde la distancia.

—¿A quién? ¿A Rafael?

—Sí.

—Poco, la verdad. Era abogado y hace tiempo vino a hablar con María para ofrecerle gestionar su patrimonio. Pero no llegaron a entenderse.

—María es ella, supongo.

—Sí, soy yo —responde María, cortante—. Y me gustaría volver a casa. Usted debería llevar una mascarilla.

Gabriel hace un gesto de disculpa y levanta la mano en señal de retirada. Se da media vuelta y regresa a su vivienda, resignado.

—¿Qué decía la nota? —pregunta Blanca.

Gabriel se gira y se queda mirándola durante unos segundos.

—Solo una palabra: «Márchate».