La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Luis Gómez sube a su coche después de despedirse del cerrajero, quien revisa una y otra vez el dinero en efectivo que ha recibido de Gabriel. Pone el vehículo en marcha y accede al listado de llamadas recientes en la pantalla de su teléfono móvil. Pulsa sobre el contacto de Nico Ortiz.

—¿Hola? —responde una voz ronca.

—Ya está dentro. Todo resuelto —informa Luis.

Se produce una pausa.

—¿Qué tal lo has visto?

—Pues no muy bien, la verdad. Olía fatal y ha sido parco en palabras.

—Bueno, es normal. ¿Y la casa cómo estaba? ¿Has visto algo raro? —indaga Nico.

—Parece que a su antiguo inquilino le gustaba el sexo duro; ya te contaré.

—¿En serio? —Se oye una carcajada—. Vaya, estaré pendiente. Gracias por llamar.

Luis se despide y cuelga el teléfono. Sintoniza la radio, donde no paran de hablar de la COVID, y las noticias son poco alentadoras.

Está preocupado por su hija pequeña, asmática y muy vulnerable a los virus respiratorios del invierno.

Perdido en sus pensamientos, fija la vista en una opulenta casa victoriana.

Justo cuando regresa su atención a la carretera, frena en seco para no atropellar a una mujer rubia de unos treinta y tantos años que va demasiado arreglada para tirar la basura.

Es atractiva, y se recrea mirándola. Ella le sonríe.

Luis baja la ventanilla y se asoma ligeramente.

—Lo siento, no te he visto —dice sonriente.

—No pasa nada. He sido yo quien ha cruzado cuando no debía. —La mujer se retira del rostro la melena y se la coloca por detrás del hombro al tiempo que le devuelve la sonrisa—. ¿Eres el nuevo inquilino? —pregunta, y señala la casa de Gabriel Somoza.

—No, qué va. He venido por trabajo —responde Luis dándose importancia.

La mujer se apoya una mano en la cadera y contonea el cuerpo.

—Estaba preocupada. En esa casa vivía un hombre que desapareció. He visto movimiento y me he temido lo peor.

—¿Lo conocías? —pregunta Luis apartando las manos del volante.

—Apenas. De las reuniones de vecinos y poco más. Fue la comidilla del barrio durante semanas. Nadie sabía nada de él, y corren rumores, ya sabes…

—¿Rumores? ¿De qué tipo? —Luis apoya la mano en el marco de la ventanilla, intrigado.

La mujer se atusa el pelo y le dedica una sonrisa pí­cara.

—¿Eres policía? —pregunta arrastrando las palabras.

—Lo cierto es que sí.

Ella se sonroja y baja la mirada.

—No sabría… Cháchara. Se decía que, como le gustaba salir con su bote a pescar, era posible que hubiese muerto en el mar, pero lo cierto es que el bote sigue amarrado en el mismo sitio.

Según otros, está muerto dentro de la casa porque su coche continúa en el descampado que muchos vecinos usamos como aparcamiento, un poco más abajo.

Ya sabes, cosas de ese tipo. Tonterías que se inventan las personas que están aburridas… , o no, qué sé yo.

Luis asiente con la cabeza y aprovecha para lanzarle una mirada de arriba abajo sin disimulo.

—Bueno, lo que puedo asegurarte es que dentro de la casa no está. Y al contarte esto hago una excepción por haber estado a punto de atropellarte.

La mujer se lleva la mano a la cara; es evidente que está tonteando.

—¿Es una información confidencial? —pregunta en tono jocoso.

—Así es —contesta Luis ladeando la cabeza.

De repente, la mujer le tiende una mano.

—Soy Lisa, por cierto.

Él se la estrecha con suavidad, dubitativo. Ha escuchado tantas veces que se debe mantener la distancia de seguridad y evitar el contacto que ya no sabe qué está bien y qué no. Sin embargo, las ganas de rozarle la piel se anteponen a la cordura.

—Soy Luis. Espero volver a verte.

Sin decir nada más, sube la ventanilla del coche y reanuda la marcha. Al avanzar unos metros, alza la vista al retrovisor y descubre a la mujer devolviéndole la mirada.

Amanda escucha música a todo volumen mientras retoca fotos para subirlas a Instagram.

Su cuarto, enorme y propio de una adolescente que acaba de cumplir diecisiete años, está decorado con un póster de Taylor Swift agarrando un micrófono sobre su cama queen size .

En la cómoda hay dispuestos algunos osos de peluche, regalos, en su mayoría, de sus efímeros romances.

También cuenta con una estantería repleta de novelas románticas quizá algo inapropiadas para su edad.

Todo reluce en una atmósfera de inusitado orden, gracias a Silvia, la asistenta.

A Amanda no le desagrada su nueva vida, no echa de menos Madrid. No le ha costado adaptarse a las nuevas facilidades que le han caído del cielo.

Abre su armario, colmado de prendas de marcas caras, y busca un vestido para hacerse algunas fotos. No va a salir a la calle. Solo quiere posar.

Tras encontrar uno que le gusta, de fiesta, rosa con estampado de flores, recibe un mensaje por Telegram:

Esta tarde a las 18 h?

Una sonrisa se dibuja en su rostro. Se acaricia las piernas y se da cuenta de que debe depilarse. No responde de inmediato; decide que es mejor dejar pasar un tiempo para no parecer ansiosa, aunque de verdad lo está. Tal vez espere un par de horas antes de contestar.

Recibe un nuevo mensaje del mismo número. Esa vez, contiene un enlace que dirige a una página web con un vídeo porno. Lo acompaña un breve texto que añade:

Te gustaría?

Amanda vuelve la cabeza para asegurarse de que la puerta sigue cerrada. Reproduce el vídeo en su teléfono y, tras unos minutos, piensa: «Sí, ya lo creo que me gustaría».

Lisa se apresura a entrar en su casa después de haber tirado una bolsa de basura improvisada. La lujosa mansión victoriana está reformada con materiales y acabados de gran calidad; es espaciosa y opulenta.

El televisor de la cocina está encendido a todo volumen, lo que le permite oír que unos tertulianos comentan que al día siguiente se proclamará el estado de alarma.

Antes de salir corriendo para fingir que tiraba la basura, había escuchado con preocupación el caos que envuelve el mundo: vuelos cancelados, prohibiciones, cierres de establecimientos…

Pero ahora algo la ha sacado de esos pensamientos.

Silvia la está mirando y, por su expresión, Lisa nota que la juzga.

Su asistenta no termina de convencerla, hay algo en ella que no le gusta.

Tampoco le gustaba la anterior, así que es posible que el problema sea que no es capaz de acostumbrarse a tener en casa a una desconocida pendiente de todos sus movimientos.

—¿Querías algo, Silvia? —pregunta con soberbia.

La asistenta niega con la cabeza y continúa con sus tareas, sonrojada.

Lisa corre hacia la licorera y se sirve un vermut.

Alterna los sorbos con morderse las uñas, que hasta ahora lucían una manicura perfecta.

Sabía que este momento llegaría tarde o temprano, pero había pasado el tiempo suficiente para que esa preocupación se enterrara en un segundo plano.

Silvia recorre la cocina para acceder al cuarto de la limpieza.

Lisa no la mira directamente, pero se muerde el labio.

Su presencia le molesta, y no puede reprimir el instinto.

De repente, lanza con fuerza el vaso al suelo, que se rompe en mil pedazos.

Silvia da un grito ahogado y se queda quieta, con ambas manos tapándose la boca.

—Ahora limpia esto. Estarás un rato entretenida —le espeta Lisa.

Silvia no dice nada. Se arrodilla y comienza a recoger los trozos de cristal esparcidos por toda la cocina.

Lisa gira sobre sus talones, cruza el comedor y sube la escalera. Se dirige a toda prisa hacia la primera puerta que hay en el pasillo y la abre con violencia. Encuentra a su hija sonriendo mientras mira algo en su móvil.

—¿Qué haces? —pregunta con agresividad.

—Estoy hablando con Laura —contesta Amanda.

—Quítate ese vestido y ponte otra cosa. Vamos a comprar.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

—¿Me puedo quedar? —suplica Amanda.

—No. Necesito que me ayudes con el peso. No me gusta cómo se está poniendo esto de la COVID.

Amanda pone los ojos en blanco, como si su madre estuviera exagerando la situación.

—Vale, pero esta tarde quiero hacer algo de deporte. Saldré a correr sobre las seis.

Lisa no responde. Abandona la habitación de su hija y recorre todo el pasillo hasta la planta superior. En esta ocasión, llama a la última puerta.

—Pasa —contesta alguien al otro lado.

Lisa abre con cuidado y entra en el despacho de su marido. Lo observa con preocupación. Él está sentado detrás de su amplio escritorio de caoba concentrado en algo que lee en la pantalla de su ordenador y no la mira.

—Bastian —lo llama Lisa.

—Dime, cariño. ¿Has averiguado algo? —Él se gira y centra, ahora sí, toda la atención en su mujer.

—He hablado con un policía, un baboso. Me ha parecido repugnante, pero tenía que ganármelo. Ha sido muy fácil. —Lisa se sienta en una silla frente al escritorio—. Me ha contado que no han encontrado nada dentro de la casa.

—¿Le has comentado lo del coche?

—Sí.

—Bien, en tal caso solo hay que esperar a que se lleven ese viejo trasto de allí. Nosotros tenemos sitio de sobra, pero hay vecinos que no pueden aparcar. —Bastian se levanta y rodea la mesa. Se sitúa a la espalda de su esposa y la abraza—. Te quiero.