La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Lleva semanas sin encender el móvil. No le apetece hablar con nadie porque está cansado de oír condolencias y de sentirse juzgado cuando lo miran con lástima. Desde que Sara, su mujer, y su hija, Ana, perdieron la vida en un accidente de tráfico, nada le importa.

Siente que el dolor derivado de su pérdida se ha convertido en dolor físico.

Nota las punzadas que le atraviesan el torso cada vez que una imagen de ellas acude a su mente.

Sin embargo, no puede, ni quiere, evitar recordarlas.

Se ha acostumbrado a llevarse la mano al pecho cuando esa presión lo invade.

Se masajea el costado a la altura de las costillas, como si así el dolor fuera a ceder, pero solo lo hace si relaja la mente, y eso no sucede a menudo.

Su aspecto es desaliñado: no recuerda cuándo se afeitó por última vez ni cuándo se cortó el pelo, que está enredado y sucio. No tiene apetito. Se mantiene a base de latas y alimentos procesados que no requieren preparación. Sabe que su salud se está deteriorando, pero le trae sin cuidado.

Su equipaje es ligero, demasiado para alguien que se está trasladando a un nuevo hogar. En una bolsa de deporte negra guarda un par de mudas de ropa, su olvidado teléfono y una foto de Sara abrazando a Ana, por si acaso el dolor deja de aparecer.

Toma la salida equivocada de la carretera.

Es evidente que han pasado años desde la última vez que se dejó ver por esa zona.

Tarda veinte minutos en darse cuenta y recordar el camino correcto.

En cuanto alcanza la bajada que conduce hasta la Coveta Fumá, detiene el coche a un lado de la carretera.

Baja y se sienta en el capó para respirar un poco de aire fresco.

Lo están esperando, o al menos eso cree. Es posible que alguien haya intentado contactar con él, pero quien fuera solo habría podido dejarle un mensaje en el buzón de voz. Hace algún tiempo no era así, jamás habría llegado tarde a una cita.

Se toma unos minutos para recorrer con la mirada el valle que acoge decenas de casas integradas en el paisaje y en la naturaleza.

Todas tienen un estilo único, diferente, y se distribuyen a lo largo de las empinadas pendientes que descienden hacia la playa.

Guarda buenos recuerdos de su infancia, cuando jugaba con su hermana y sus primos desde el primer rayo de sol hasta que su madre iba a buscarlos a la hora de la cena.

Siempre fue un lugar tranquilo, y lo sigue siendo, a pesar de no estar muy alejado de la ciudad de Alicante.

«Es una joya olvidada», piensa rememorando lo que decía su padre.

Se permite un instante más para disfrutar de las vistas.

Después, vuelve a subir al coche y emprende el camino hacia la casa de veraneo de sus padres, la que espera convertir en su nuevo hogar a partir de hoy.

Se adentra en un frondoso bosque de álamos que ofrecen sombra a ambos lados de la carretera, dejando espacio, cada cierta distancia, para que se alcen construcciones de todo tipo: desde humildes viviendas con fachadas desgastadas por el tiempo hasta modernas edificaciones con enormes y relucientes cristaleras.

Una de ellas, no muy ostentosa, pero con un acogedor estilo rural, le evoca un recuerdo que casi le arranca una sonrisa.

Pero aún no. Es demasiado pronto para eso.

Se trata del hogar de Óscar, un viejo amigo de la infancia a quien no ve desde hace más de una década.

Se fija en que las ventanas están abiertas y en un coche aparcado en la puerta.

Se pregunta si él seguirá viviendo allí.

En un momento determinado, se ve obligado a detenerse para que un hombre, que lleva puesta una mascarilla y pasea a un perro, cruce la carretera. Mientras cambia de acera, el individuo le dedica una mirada inquisitiva.

Tras la abrupta subida de una cuesta que parece no terminar nunca, Gabriel aminora la marcha para contemplar la mansión victoriana sobre la que escuchó un sinfín de historias en su juventud, casi todas de lo más rocambolesco.

Había oído que era la casa de un matrimonio que tenía a sus hijos recluidos en el sótano, que fue sede de una secta satánica y también que la había comprado un grupo de actores famosos para convertirla en discoteca.

Sin embargo, por lo que recuerda, es la primera vez que ve la estructura reformada y con señales de estar habitada.

En otro momento, habría sentido alegría y quizá nostalgia al girar por el angosto camino que conduce a su casa. Hoy no ha sido así. Hoy siente desgana y desazón al descubrir que lo esperan dos hombres en la puerta. Se baja del coche y se dirige hacia ellos.

—Gabriel Somoza, ¿verdad? —pregunta el que sostiene un portafolios.

—Sí, soy yo.

—No estábamos seguros de que fuera a venir. He estado llamándole.

—Perdón, mi móvil no tiene batería.

El hombre hace un gesto con la mano, como restándole importancia.

—Bueno, ya está aquí. —Se aprieta el portafolios contra el pecho e intercambia una mirada con su compañero, quien parece estar de mal humor—. Él es Miguel, el cerrajero. Yo soy Luis Gómez, de la Policía Judicial.

—Siento la espera —se disculpa Gabriel con educación.

Luis da unos pasos para acercarse a Gabriel.

—Tenemos amigos en común —dice con una sonrisa—. Nico Ortiz, de la Policía Nacional, contactó conmigo hace unos días y me pidió que agilizara todo esto. He hecho cuanto he podido.

Gabriel asiente e intenta, sin éxito, ofrecer una sonrisa empática. «Mi madre debió de avisarlo y le habrá pedido que me vigile», piensa resignado. Hace tiempo que rehúye cualquier tipo de ayuda.

—Nico es buena gente —añade Gabriel con indiferencia. Después, dirige la mirada al portafolios y arquea las cejas. Sabe que ese hombre desea entablar una conversación cordial, pero él no tiene ninguna intención de corresponder. En absoluto.

—Ah, sí. Traigo la resolución para que la firme. ¿La demanda de su familia fue en julio del año pasado?

—Agosto —corrige Gabriel con voz firme.

—Eso es —continúa Luis—. Ha sido bastante rápido, de todos modos. Los casos como este, en los que un inquilino desaparece sin dejar rastro, suelen tardar mucho más en resolverse.

—Yo solo quiero poder entrar a la casa. Voy a vivir aquí ahora.

—¡Claro! Lo entiendo perfectamente. En cuanto firme esta resolución —dice Luis señalando al otro hombre, que sigue de mal humor—, él se encargará de cambiar la cerradura y de darle un nuevo juego de llaves. Solo tendré que echar un vistazo rápido a la casa y será toda suya.

Gabriel lo observa en silencio. «Ya es toda mía», piensa. Pero prefiere permanecer callado. Agarra el portafolios y el bolígrafo que le ofrece el policía, y firma el documento sin detenerse a leerlo, como si el acto no tuviera ninguna importancia para él, aunque no sea así.

Por fin recuperará, si todo sale bien, la casa de veraneo de su familia.

Cuando crecieron, él y su hermana dijeron a sus padres que preferían quedarse en Alicante, más cerca de sus amigos, en lugar de pasar las vacaciones allí.

Si no hubiera sido porque su padre tenía un cariño especial a esa casa, ya la habría vendido; al final, decidió alquilarla.

Fueron varios los inquilinos que la ocuparon desde entonces, pero el último, un abogado llamado Rafael Sierra, desapareció de un día para otro y nunca más se supo de él.

La renta dejó de llegar, y eso preocupó a sus padres, quienes intentaron contactar con él sin éxito, tanto por teléfono como yendo a su bufete, donde los informaron de que Rafael no trabajaba allí desde hacía unos meses.

Cuando trataron de localizar a la familia, se enteraron de que se había criado en un centro de acogida junto a su hermano, que tampoco sabía nada de él. No tenía otros parientes cercanos.

En agosto de ese mismo año, tras un mes sin noticias de Rafael, el padre de Gabriel acudió a la casa y descubrió que la cerradura era distinta, pero no parecía que hubiese nadie viviendo allí.

Los vecinos, aunque no tenían mucha relación con él, también confirmaron que la vivienda no se iluminaba desde finales de junio.

La familia de Gabriel interpuso la demanda pertinente y tuvo que esperar meses para que un juez autorizara el cambio de cerradura y pudiera recuperar su hogar. Fue un misterio sin resolver que causó muchos quebraderos de cabeza a su padre.

Gabriel devuelve al policía el portafolios con la resolución firmada. Entonces, el tal Miguel lanza un bufido y se dispone a trabajar en la cerradura. Luis rompe el incómodo silencio, quizá avergonzado por el poco tacto del hombre.

—Usted antes estaba en Investigación de Delitos contra las Personas, ¿no?

A Gabriel le hace gracia que se refiera al Grupo de Homicidios de esa forma. Sin decir nada, asiente y baja la mirada.

—He oído hablar muy bien de usted. Espero que pronto vuelva a incorporarse al cuerpo.

—Gracias —se limita a responder. Sabe que su reputación en el cuerpo lo precede, pero en ese momento le gustaría poner las manos en torno al cuello de ese hombre y apretar. Detesta las intromisiones.

Se aleja unos pasos y se dirige hacia el buzón. Lo abre y lo vacía de propaganda. Ha sido un movimiento astuto por su parte para evitar una conversación forzada e incómoda.

Apenas tres minutos después, el cerrajero realiza un movimiento brusco y la puerta emite un crujido. Está abierta.

—Estupendo. Por cierto, supongo que ya lo sabía, pero el coste del cerrajero corre por su cuenta —señala Luis haciendo una mueca con los labios.

Gabriel asiente, aunque no lo sabía. No tiene ingresos regulares, pero puede asumir el imprevisto; vendió la casa donde vivía con su mujer y su hija porque no se atrevía a volver a pisarla tras la muerte de ambas. Apenas gasta y vive de esos ahorros.

—Si le parece, mientras Miguel cambia la cerradura, nosotros podemos entrar. No tardaré mucho, se lo prometo.

—Adelante —responde Gabriel señalando el camino con la mano.

Los dos hombres entran en la casa, que desprende un fuerte olor a humedad.

Está muy oscuro. Solo la tenue luz que se cuela por una ventana a medio abrir revela el interior.

Es una casa pequeña, antigua y de una sola planta.

A la izquierda, una cocina discreta y obsoleta; al frente, un salón-comedor con una puerta corredera que conduce a la mejor parte de la vivienda, el jardín trasero, desde donde se puede ver el mar en intimidad.

También cuenta con dos habitaciones y un cuarto de baño.

Los muebles son todos distintos a los que Gabriel recuerda; solo reconoce su antiguo hogar por la fachada blanca impregnada de salitre y por la vieja cocina de gas donde su madre preparaba unos deliciosos espaguetis a la amatriciana .

Mientras Luis inspecciona los dormitorios con miedo de encontrar un cadáver que daría explicación a la desaparición de Rafael Sierra, Gabriel se dirige a la cocina y prueba si los electrodomésticos siguen funcionando.

Un olor nauseabundo lo invade cuando abre un armario bajo la encimera. Hay una bolsa de basura que debe de llevar meses pudriéndose allí. Teme abrir la nevera y encontrar algo peor. En cuanto lo hace, la cierra de inmediato debido al hedor insoportable que proviene de la comida en descomposición.

El resto de la casa parece estar en condiciones aceptables. Hay revistas de motor sobre la mesa del salón, y un par de vasos sin recoger han dejado marcas en la madera. Ve un par de cucarachas muertas, patas arriba, en diferentes esquinas.

—¡Venga aquí! —grita Luis desde el segundo dormitorio.

El policía está plantado en la puerta con cara de asombro. Gabriel tiene un mal presentimiento. Si hay un cadáver, tardará mucho tiempo en recuperar su casa. Se imagina a sus antiguos compañeros acordonando la zona, tomando muestras y preguntando a los vecinos… Un trámite que desea evitar.

Se acerca a la habitación y mira por encima del hombro de Luis.

—¿Pero qué…?

Sus ojos se abren por completo al ver que alguien ha cubierto la cama con sábanas de seda roja y ha abandonado allí juguetes sexuales de todo tipo: máscaras, esposas, correas, cuerda de yute y hasta un látigo.

También hay velas apagadas alrededor de la cama y un par de copas de vino hasta la mitad.

Gabriel levanta una y comprueba que, en este caso, no ha dejado marca en la madera de la mesilla de noche.

Una mujer tiembla mientras intenta ocultarse detrás de una cortina.

Los nervios la invaden. Observa con atención cómo dos hombres esperan a que un cerrajero abra la puerta de la casa de su vecino, una casa que ha estado vacía durante meses y que debería seguir así.

De repente, una voz masculina la sorprende desde algún lugar a su espalda.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta con desgana.

La mujer sigue mirando a través de la ventana, sin apartar la vista.

—Creo que la policía está entrando en la casa de Rafa —anuncia con voz temblorosa—. Tenemos un problema.

—¿Estás segura?

—Compruébalo tú mismo.

El hombre se coloca detrás de ella y observa la escena por encima de su hombro. Se le endurece el rostro, y apenas emite un susurro. Finalmente, la toma por los hombros, la gira y la fulmina con la mirada. También él tiene miedo.

—Voy a llamarlo. Tiene que saberlo.