La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 48
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Capítulo 48

La comisaría está en plena ebullición. El murmullo de las conversaciones se entremezcla con el repiqueteo incesante de los teclados y el zumbido de los teléfonos.

Ajeno a lo que ocurre a su alrededor, Gabriel Somoza avanza por el pasillo sorteando a oficiales y agentes que lo observan con expresiones que van desde la sorpresa hasta la exasperación.

Traer a Álvaro, Emma e Irina detenidos ha desatado el caos.

Los medios de comunicación no han tardado en olfatear la sangre y han comenzado a especular sobre las razones de su arresto.

En solo una hora, la prensa ha lanzado decenas de teorías distintas.

En los despachos, los altos mandos se debaten entre la necesidad de controlar la información y la urgencia de cerrar el caso.

El comisario Urriaga no oculta su enfado. Ha llamado a Gabriel a su despacho apenas unos minutos después de que los detenidos cruzaran la puerta de la comisaría rodeados por una nube de cámaras y micrófonos.

—Tienes que cerrar esto de una maldita vez, Somoza —gruñe, y golpea el escritorio con la palma abierta—. David Velasco está en prisión. Dime que no la hemos cagado.

—Hay varios motivos por los que ese hombre debe estar en prisión. Pero el secuestro y asesinato de su hija no es uno de ellos.

—¿Y ahora qué? —increpa Urriaga.

—Deme un par de horas —pide Gabriel—. Tendré una confesión.

El comisario clava la mirada en él y le indica con un gesto que se marche.

Gabriel regresa a la sala de interrogatorios, donde Patricia lo espera con Irina sentada al otro lado de la mesa.

Debido a la naturaleza del caso, la ha informado de que debe estar presente un abogado.

Irina ha dicho que no conocía a ninguno y, dado que no quería recurrir al mismo que su marido, ha solicitado un letrado de oficio.

Ahora está allí también. Un hombre joven y menudo que parece haber terminado la carrera hace un par de meses.

Irina mantiene los brazos cruzados, la mandíbula tensa y la mirada helada.

—No sé de qué va todo esto —dice pestañeando con rapidez—. ¿Me lo puede explicar?

Gabriel se sienta con parsimonia sin dejar de observarla. Cruza los brazos y se apoya en el respaldo.

—Buenos días, Irina. Antes de comenzar, le informo de que esta conversación va a ser grabada y hago constar que su abogado, el señor… —Levanta una mano hacia el letrado.

—Hernando.

—El señor Hernando —continúa Gabriel— está presente.

Irina agita levemente la cabeza como esperando que el inspector Somoza continúe.

—Usted tiene una relación con Álvaro Sempere —afirma Gabriel de repente.

Irina pone cara de asombro. Reacciona como si acabara de oír una patraña.

—Pero ¿qué dice? ¿Se ha vuelto loco?

Gabriel Somoza descruza los brazos, apoya las palmas en la mesa y se inclina hacia delante.

—Bien, no voy a perder tiempo con esto. Patricia, por favor —dice señalando a su compañera la caja que sostiene entre las manos.

La inspectora Siles se acerca y la pone en la mesa. Gabriel saca de la caja una bolsa de pruebas en la que hay una camiseta negra.

—Es de Álvaro —dice, y deja caer la bolsa en la mesa—. Está llena de pelos de gato. De su gato, Irina. No me hace falta tomarle una muestra para saberlo. Eso indica que Álvaro ha estado en su casa.

Irina se ríe. Es la primera vez que Gabriel la ve hacerlo.

—Esto es absurdo. ¡Pues claro que ha estado en mi casa! ¡Se veía con Sonia! —exclama.

—Es cierto. Sin embargo, él ha negado rotundamente haber estado en su casa para encontrarse con Sonia. Ha manifestado una y otra vez que nunca ha estado allí —añade Gabriel.

Irina niega con la cabeza. Dirige la mano hacia la bolsa de pruebas, pero Gabriel la retira bruscamente.

—Estará confundido. Ha sufrido mucho —sugiere Irina.

Gabriel introduce de nuevo la mano en la caja. En esta ocasión extrae un sobre de pruebas con un collar.

—¿Y cómo explica usted que el collar de Álvaro que encontré en la habitación de Sonia tuviese su ADN?

Irina se queda mirando el collar.

—¿Mi ADN? —pregunta señalándose el pecho.

Gabriel asiente.

El abogado posa los ojos en Irina.

—Mi cliente no va a responder a más preguntas por ahora.

Gabriel busca la mirada de Patricia y le sonríe.

—Me lo imaginaba. Entonces seré yo quien hable.

Resulta que Jorge Sempere recibió una nota que alguien había dejado a su asistenta en el felpudo de su apartamento.

En la nota se explicaba la manera de pagar el rescate de Álvaro, junto con una foto de Álvaro y Emma.

Lo curioso es que Miguel Lago, el padre de Emma, no la recibió.

Y eso no tiene mucho sentido, ya que su hija también estaba retenida.

Es como si el secuestrador supiera que Miguel Lago no podría pagar, aunque quisiera, porque está arruinado.

Gabriel aprieta los labios. Espera que Irina diga algo, pero se mantiene el silencio.

—Usted, Irina, era la única persona que sabía que Miguel Lago se ha quedado sin dinero.

Estaba en el salón y lo oyó cuando lo interrogué.

De hecho, fue una trampa que le puse. Me pareció muy raro que quisiera ir a casa de la familia Lago con la excusa de no estar sola, cuando su hijastra había muerto y su marido estaba detenido como sospechoso principal.

Usted mordió el anzuelo. Y le comunicó a Ismael Reyes de alguna manera que la familia Lago no pagaría.

El rostro de Irina cambia cuando oye el nombre de Ismael. Gabriel quería justo eso. Lo estaba esperando.

—Ah, sí. ¿No lo había dicho? —pregunta Gabriel con ironía—.

Hemos detenido a Ismael Reyes en Córdoba.

Llevaba una bolsa llena de dinero, y en la furgoneta de su tío hemos encontrado ADN de Álvaro, Emma y Sonia, además de otra prueba que demuestra que el cuerpo sin vida de Sonia se transportó en ese vehículo.

Irina se echa las manos a la cabeza. Tiene el rostro totalmente rojo.

—No le voy a mentir —continúa Gabriel—. Lo tiene crudo para salir de esta, Irina. Las pruebas en contra de Ismael son contundentes. Será cuestión de tiempo que nos cuente su implicación y la de Álvaro en todo esto. Yo que usted, pondría fin a esta historia.

El silencio se alarga durante un minuto interminable sin que nadie se atreva a decir nada. Gabriel se levanta mirando a Patricia y ambos se giran. Cuando se disponen a abandonar la sala, Irina rompe el silencio.

—Espere —dice con un hilo de voz.

Gabriel se vuelve hacia ella y ve que ha cerrado los ojos. Cuando los abre, su mirada ha cambiado. Ahora es la de alguien que ha comprendido que el juego ha terminado.

—Tiene razón —confiesa—. Pero yo no tuve nada que ver con la muerte de Sonia.

El inspector sigue observándola, aunque Irina agacha la cabeza.

—Lo sé. Pero lo que hizo le costó la vida. Y ahora tiene que pagar las consecuencias —sentencia Gabriel.

Patricia Siles se apoya en el respaldo de su silla y observa a Emma Lago con una mezcla de frustración y lástima.

La chica, con el rostro húmedo de lágrimas, apenas puede sostenerle la mirada.

La confesión ha salido de sus labios como un torrente, sin que Patricia tuviera que presionarla demasiado, como si hubiera estado a punto de romperse desde el momento en que se sentó frente a ella.

Dado que aún es menor de edad, su madre la acompaña en la sala de interrogatorios.

Daniela aprieta los labios con tanta fuerza que parece que vayan a sangrarle.

Sus pupilas van de su hija a Patricia como si aún esperara que alguien le dijera que todo eso es un malentendido.

Pero no lo es. Las palabras han quedado grabadas. La confesión de Emma es irrevocable.

Patricia cierra la libreta con calma, intenta que su voz suene neutra. Sin emociones. Porque no está ahí para sentir. Está ahí para hacer su trabajo.

—Vamos a parar aquí, por ahora —anuncia, y desliza la mirada hacia Daniela—. Si necesita un momento con su hija…

La madre de Emma se limita a asentir con un cabeceo.

Patricia se levanta con calma. Sabe que lo mejor es darles espacio, pero mientras camina hacia la puerta la confesión de Emma se repite en su mente en bucle.

Esa chica ha destrozado su vida en cuestión de segundos. Una sola decisión. Un solo acto, y todo se ha derrumbado a su alrededor.

Patricia ha visto eso antes. Jóvenes que cometen errores porque creen que no tienen otra opción.

Porque el miedo, la presión o la desesperación los han llevado a una encrucijada donde ninguna salida es buena.

¿Se habrá visto forzada Emma a hacerlo? Tal vez no en el sentido estricto de la palabra.

Pero había algo en la manera en que la chica hablaba, en cómo se encogía cada vez que repetía los detalles, que le hacía pensar que, de algún modo, la habían empujado a ello.

Respira hondo. No es su trabajo decidirlo. Ella no redacta las leyes. No puede permitirse ese lujo.

Se ajusta la chaqueta y abandona la sala sin volver la vista.

Álvaro Sempere está en el calabozo. Un agujero gris y sin alma donde solo una bombilla parpadeante ilumina la celda, proyectando sombras que parecen burlarse de él.

No era así como se suponía que iba a terminar todo.

Le han dicho que, por ser mayor de edad, lo juzgarán como un adulto. La frase le retumba en la cabeza como un golpe seco.

Adulto. Como si de repente le hubieran arrancado cualquier posibilidad de redención. Como si la vida le estuviera gritando que ha cruzado una línea de la que no hay vuelta atrás.

Le ha salido mal la jugada. Pero lo peor, lo que le revuelve el estómago y le destroza el alma, es que Irina también está detenida.

Su Irina. Su único punto de apoyo en este desastre.

El sueño de escapar juntos, de dejar atrás todo esto, de empezar una vida lejos de las miradas inquisidoras y los entrometidos que pudieran juzgarlos… se ha esfumado. Solo queda la cruda realidad de las paredes sucias de la celda, del hedor rancio de la desesperación.

Un ruido en el pasillo lo saca de su trance. Pasos. Voces. Unas llaves que tintinean.

Se endereza de golpe, la espalda rígida, el corazón encajado en la garganta.

Un agente de policía acompaña a Ismael a su celda.

Seguirán siendo compañeros, después de todo.