La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

El sol baña el jardín con una calidez agradable.

Gabriel sostiene su taza de café con ambas manos y deja que el vapor le acaricie el rostro.

La brisa marina se cuela entre las hojas de los arbustos.

Desde su silla, observa el horizonte: el mar en calma, las rocas perfiladas en la distancia y, más allá, el recuerdo de todo lo sucedido durante las últimas semanas.

Han pasado dos meses desde la detención de Irina, Álvaro, Ismael y Emma. Dos meses en los que los titulares han cambiado, en los que los vecinos de la urbanización Jardines del Edén han intentado, sin éxito, borrar la mancha que quedó en su historia.

Nadie volverá a mirar ese lugar de la misma manera. Nadie quiere recordar lo que ocurrió entre esas casas de lujo con fachadas impecables.

Emma Lago, con solo diecisiete años, recibió una condena reducida: cinco años en un centro de menores.

Cuando cumpla dieciocho pasará al régimen de libertad vigilada.

Hubo atenuantes, claro. Pero ni siquiera la indulgencia del juez pudo cambiar el hecho de que Sonia Velasco está muerta.

Ella se llevó el peor castigo sin merecerlo.

El padre de Sonia, David Velasco, continúa en la cárcel cumpliendo una condena por tráfico de drogas.

Tres años que, según ha sabido Gabriel, se le están haciendo eternos.

Se ha metido en problemas. Peleas constantes, faltas de respeto a los trabajadores.

No saldrá indemne de allí. Aunque, al final, nada podrá castigarlo más que la pérdida de su hija.

En cierto modo, a pesar de su actitud y su historial, Gabriel siente lástima por él.

Irina se enfrenta también a una larga pena de prisión, al igual que Álvaro e Ismael, todos ellos acusados de secuestro.

Según se comenta en círculos especializados, es posible que el juez tenga en cuenta que, tanto Álvaro como Ismael, apenas eran adultos cuando cruzaron la línea.

Cuando tomaron decisiones irreversibles.

Sin embargo, ellos sí irán a la cárcel y no a un centro de menores como Emma.

Gabriel toma otro sorbo de café y se reclina en la silla. El mar sigue ahí, indiferente a todo. Sus casos terminan, pero el mundo sigue girando. Es algo que descubrió hace ya tiempo.

El crujido de la puerta trasera de la casa interrumpe sus pensamientos. Patricia aparece con una taza de café en una mano. Llega con Azabache, el gato negro, sujeto en el otro brazo. Se deja caer en la silla frente a Gabriel con un suspiro.

Desde que su matrimonio terminó, Gabriel le permite vivir en su casa de la Coveta Fumá hasta que encuentre algo decente, aunque han pasado semanas y su compañera no ha ido a ver ningún piso.

Patricia esboza una sonrisa breve, pero sus ojos dicen otra cosa. No es difícil notar su tristeza cada vez que regresa de encontrarse con sus hijos. Lo hace tres veces por semana. Gabriel no saca el tema; no le conviene que las penas salgan a relucir.

—Tienes que arreglar la ventana de mi habitación —dice Patricia sin mirarlo—. Sigue sin cerrar bien.

Gabriel esboza una media sonrisa y sacude la cabeza.

—Voy a empezar a cobrarte el alquiler —murmura fingiendo fastidio.

Azabache se enrosca en el regazo de Patricia y ella le rasca la cabeza distraídamente mientras posa las pupilas en Gabriel.

El mar sigue ahí, la brisa continúa soplando. Y al cruzar una mirada, ambos piensan que la soledad que arrastran termina en ese jardín.