Capítulo 46
Irina recibe la llamada a primera hora de la mañana.
La requieren en comisaría. Su marido está en el punto de mira, y eso, en teoría, debería ser bueno para ella.
Lo ha arrastrado con maestría al centro del huracán, justo donde le corresponde estar.
Lo mejor que puede hacer es dejarlo hundirse solo.
David siempre ha sido perfectamente capaz de cavar su propia tumba.
Pero cuando llega a la comisaría y ve la nube de reporteros, con sus cámaras y micrófonos extendidos como garras, acechándola, se da cuenta de que eso es más grande de lo que pensaba. La luz de los flashes aparece, los percibe como un golpe de realidad.
Oye su nombre salir de la boca de una periodista, en la misma frase con los de David y Sonia. Siente la presión de muchos ojos clavados en ella, el escrutinio público, el juicio anticipado que la atraviesa. ¿Será capaz de salir de esta?
Un agente la guía hasta la entrada. Irina no pregunta nada.
No quiere saber nada ahí, rodeada de esa manada de buitres.
Mantiene la cabeza alta y avanza con la seguridad que ha fingido durante años.
Pero su estómago es otra historia. Algo dentro de ella se retuerce como si sus tripas se encogieran en un nudo.
El inspector Gabriel Somoza la espera en su despacho.
Y entonces, como una descarga eléctrica, descubre la tragedia.
—Anoche recibimos una llamada de una planta de residuos. Encontraron el cadáver de una adolescente. Hemos hecho las comprobaciones de ADN pertinentes con las muestras tomadas en su casa y hemos confirmado que se trata de Sonia —informa el inspector.
El aire se le escapa de los pulmones como si la hubieran golpeado en el abdomen.
Algo en su interior se rompe con un chasquido sordo.
No tiene que fingir dolor. En ese momento, no hay espacio para el engaño, solo para la cruda verdad. Las manos le tiemblan sobre la mesa. Siente frío, un frío que le nace en la boca del estómago y se extiende por todo su cuerpo paralizándola.
Sonia está muerta. La frase resuena en su mente como si su propia conciencia intentase torturarla.
El inspector sigue hablando, pero Irina apenas lo oye. Las palabras se desvanecen en el aire.
Sonia está muerta. Y es por su culpa.
No hay manera de escapar de eso.
Ismael tiene ganas de volver a accionar el táser cuando mira a Álvaro a través de la máscara. Debe mantener la sangre fría y actuar con inteligencia.
En cuanto consigue lo que ha ido a buscar, la foto de Álvaro y Emma con el periódico del día, abandona la cabaña.
No tiene intención de volver allí salvo para liberarlos.
Y lo hará solo para ganar tiempo. Cree que cuando los encuentren tardarán un tiempo en ponerse a buscar.
Para entonces ya tendrá el dinero que no piensa compartir y estará lejos. Muy lejos.
Después de todo, puede salir ganando.
Irina espera en el salón, nerviosa; hasta el aire parece cargado de tensión. Gabriel Somoza está en camino. Otra vez. La situación no puede ir a peor.
Su mente se ha alejado del secuestro, ya que la muerte de Sonia la ha dejado completamente descolocada. Sin embargo, su instinto de supervivencia se mantiene fuerte.
Siente remordimiento por todo lo ocurrido y, con un suspiro, se deja caer en el sofá.
Pasa las manos por los cojines, los alisa de forma casi automática, hasta que sus dedos tropiezan con algo duro.
Se extraña y hunde la mano entre los pliegues de la tela.
Saca un collar con la suavidad de quien no quiere descubrir lo que ya sabe.
La invade el pánico. Lo reconoce al instante, como si el propio objeto le gritara la verdad. Es el collar de Álvaro. Y no debería estar ahí. Se le caería durante alguno de sus encuentros pasionales en ese mismo sofá.
Se le escapa el aire en un jadeo ahogado, como si la sorpresa la hubiera golpeado en el estómago. Sostiene el collar entre los dedos mientras intenta decidir a toda prisa qué hacer con él. Es una prueba, no puede ignorarlo.
Tiene que hacer algo, y rápido.
Se pone de pie con un movimiento brusco. Se le ha ocurrido un buen lugar donde dejarlo.
Sonia guardaba sus cosas importantes en una caja de recuerdos en su habitación, un lugar donde a nadie le sorprendería encontrar un objeto de cierto valor sentimental como ese. Un lugar donde sí tendría sentido que estuviera.
Irina sube la escalera con el corazón acelerado.
Le sudan las manos, como si cada segundo la acercara más al abismo.
Entra en la habitación de su hijastra. Todo está igual que siempre.
Parece que el tiempo se ha congelado allí.
Cruza la estancia, deja el collar en la caja y la cierra con una mezcla de alivio y miedo.
Apenas tiene tiempo de recuperar la compostura cuando, como un mal presagio, suena el timbre.
Respira hondo y baja a abrir.
Gabriel Somoza está en la puerta acompañado de una mujer y otro agente con rostro impasible. Irina les da paso con fingida indiferencia mientras su mente corre por mil caminos distintos imaginando los peores escenarios posibles.
El nuevo registro de la casa parece durar una vida entera. Cuando finalmente terminan, Gabriel se acerca, como si ya conociera la verdad y no pudiera esperar más.
—¿Sabe si Álvaro y Sonia se veían aquí? —indaga.
Irina se encoge de hombros, se dice que debe ser astuta en su respuesta.
—Que yo sepa, no. Pero muchas veces no había nadie en casa. Si aprovecharon esos momentos, lo ignoro. Lo siento.
Se queda helada. Ha mentido con maestría, pero su cuerpo insiste en traicionarla y la hace sudar.
Un temblor le sacude las piernas. El miedo la recorre desde el interior. No porque Álvaro se viera allí con Sonia, sino porque iba a verse con ella.
El mismo lugar que fue un paraíso con Álvaro como principal artífice de su placer es ahora un infierno.