Capítulo 45
Álvaro considera sus opciones. Ahora que Sonia está muerta, todo se ha complicado. Desearía poder retroceder y encontrar una forma de estar con Irina. Sabe que se ha precipitado, pero ya no hay vuelta atrás. Debe actuar como un hombre y solucionar el problema.
Lo primero es convencer a Emma de que él no tiene nada que ver con el secuestro.
Cuando Ismael vea la maldita luz y se digne entrar en la cabaña se encontrará con el cuerpo de Sonia.
Ya no pueden cancelarlo, ya no pueden explicar que todo era una broma y esperar que, así, las consecuencias sean menores.
Le dice a Emma que intentará someter al secuestrador cuando entre.
Su novia no está convencida y le recrimina que los va a poner en peligro.
A Álvaro no le importa lo que piense. Si le ve caer desplomado por una descarga eléctrica, no sospechará de él.
Además, será algo que luego contará a los agentes de policía cuando investiguen el asesinato de Sonia.
Está decidido. Lo va a hacer, cueste lo que cueste.
Ismael llega a la cabaña disfrazado de payaso. Nada más entrar, se queda inmóvil delante del cadáver de Sonia, como si le costara creer lo que ve.
—Ayúdame a sacarla —ordena a Álvaro con su voz distorsionada a través de la máscara.
Álvaro no se mueve, finge dudar mientras controla su respiración. Está actuando. Cuando Ismael hace sonar el táser, decide que es suficiente y se levanta para ayudarle a mover el cuerpo.
Una vez fuera y lo bastante alejados, Ismael se quita la máscara y Álvaro percibe el pánico evidente en su mirada.
Quiere hablar, pero las palabras no le salen.
Álvaro le pone una mano temblorosa en el hombro.
También él tiene miedo, aunque intente disimularlo.
Ismael se agacha y apoya los brazos en las rodillas.
El pecho le sube y le baja a toda velocidad.
—Ha sido un accidente —informa Álvaro—. Tenía una aventura con Sonia. Emma no lo sabía. Cuando llegamos a la cabaña, Sonia se lo soltó y Emma se volvió loca. Se pelearon. Sonia perdió el equilibrio. Cayó mal y se partió el cuello contra la pared.
Ismael se incorpora de golpe. Se lleva las manos a las sienes como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar.
—¡Madre mía, Álvaro! ¿Y ahora qué? Vengo del parque, Irina me ha dejado una nota en el banco que acordamos. Quiere que abortemos el plan. Las familias han avisado a la policía.
Álvaro niega con la cabeza.
—Eso es imposible ahora.
—¿Por qué estaba Sonia con vosotros cuando llegué con la furgoneta? —pregunta Ismael con la voz acelerada.
—No lo sé. Acababa de aparecer de la nada. Mala suerte, supongo.
Ismael intenta calmarse respirando hondo. Pasan varios minutos en los que solo se oye su respiración jadeante. Finalmente se recompone.
—Tienes razón. No podemos poner fin a esto ahora. No sin el dinero. La muerte de Sonia lo cambia todo. Tendríamos un problema grande. ¿Emma sigue sin saber nada?
—Eso creo. Pero para asegurarme quiero que me des una descarga con el táser y que ella lo vea —pide Álvaro.
A Ismael le cambia la cara.
—¿Estás loco? ¿Tienes idea de lo que duele?
—¿Puedes regularlo para bajar la intensidad? —pregunta Álvaro.
—No, tío. Me lo trajo un amigo de Andorra. No lo he usado nunca. Solo tiene un botón y sirve para activarlo.
—Asumo el riesgo —dice Álvaro—. Debe parecer un secuestro de verdad. Pero no tenemos tiempo, así que ayúdame a pensar qué demonios hacemos ahora.
Ismael se muerde los labios y se masajea la frente con los dedos. Mantiene el silencio durante unos segundos.
—De acuerdo. Creo que tengo una idea que puede funcionar. Ayúdame a subir a Sonia a la furgoneta.
Ismael se aferra al volante con fuerza mientras la furgoneta avanza por la carretera desierta.
Hace apenas unos minutos, sus manos hacían algo diferente, algo que jamás pensó que harían.
Cargaban con el peso muerto de una chica inocente para empujarla al interior de un contenedor oxidado en una calle desierta que nadie vigila.
Ha elegido bien. No hay cámaras, no hay testigos. Solo el crujido de la basura al tragársela, como si nunca hubiera existido.
Inhala hondo y exhala despacio. Debería sentirse aliviado, pero el hedor residual en la furgoneta, una mezcla de muerte y de los productos de jardinería de su tío, le provoca náuseas.
Ha hecho lo necesario, se justifica; aun así, todavía tiene el pulso acelerado. La rabia persiste, se acumula bajo su piel como un veneno lento. Álvaro. Ese maldito imbécil lo ha metido en un lío del que no hay forma de salir.
Acelera, y siente cómo la vibración del motor le sacude las piernas.
El táser está en el asiento del copiloto.
Al mirarlo, una parte de él está satisfecha, como si aún pudiera saborear el control.
Ha disfrutado con cada espasmo que recorrió a Álvaro de la frente a los pies.
Se lo merecía. Todo eso es culpa de él. Si no le gustase tanto ir de flor en flor, Sonia seguiría viva.
Pero luego, como una ráfaga, recuerda lo que hizo en la cabaña.
Recuerda el momento en que sacó el táser, el chasquido de la electricidad, el cuerpo de Álvaro sacudiéndose como un pez fuera del agua.
Y ahora, con la cabeza más fría, la comprensión le golpea en el estómago.
El idiota es él, Ismael. ¿Por qué demonios lo hizo?
Era justo lo que su amigo quería. Álvaro lo empujó hasta ahí, hasta el borde, hasta que cayó en la trampa.
Ahora es él quien parece el culpable de la muerte de Sonia.
«Mierda», piensa.
La furgoneta bascula violentamente al tomar una curva cerrada. Las manos le sudan en torno el volante. No puede confiar en nadie. Nadie lo sacará de ese lío.
Está solo.