Capítulo 44
Irina se apoya en la pared y exhala un suspiro apenas audible. Ha funcionado.
David, con su actitud chulesca y su fanfarronería desbocada, ha hecho exactamente lo que ella esperaba: parecer un imbécil engreído, el foco de todas las sospechas.
Cuanto más hablaba, más furioso se ponía, e Irina ha sabido qué palabras elegir para avivar su rabia.
Lo tiene justo donde lo quiere, vulnerable, a su merced.
Pero entonces ha entrado él.
El inspector Somoza es otro tipo de hombre.
No se deja llevar por apariencias ni por arrebatos.
Desde el momento en que sus ojos la han recorrido con calma calculada, Irina ha sentido su acecho.
No puede permitirse errores. Se ha quedado petrificada mientras él los interrogaba, su voz pausada, implacable, cada pregunta clavándose como un bisturí afilado.
Ha sido meticuloso. Demasiado. Es preciso que Irina acabe con esto antes de que sea demasiado tarde.
Ismael no debe de saber aún que la policía ya trabaja en el caso. Irina tiene que avisarle cuanto antes, decirle que libere a los chicos, que haga que todo parezca una broma de mal gusto. Ya encontrará otra manera de reconducir su vida, pero este no es el camino.
Pensaba que podría encontrar cualquier excusa para salir de allí y dar el aviso, y entonces el paquete ha llegado. Ya casi ni lo recordaba cuando llamaron a la puerta de la casa de la familia Lago.
La caja, colocada en el centro de la mesa, parecía inofensiva.
Hasta que Gabriel Somoza la ha abierto. Hasta que todos han leído la nota.
Hasta que los padres de Álvaro y Emma han estallado en gritos, lágrimas y horror cuando han visto las pertenencias de sus hijos.
Hasta que el mundo, por un instante, se ha detenido en seco.
Se le ha encogido el alma.
Por primera vez en mucho tiempo, se ha sentido estúpida.
Y culpable. Ver a esos padres romperse en pedazos la ha hecho estremecer.
Ha querido apartar la mirada, pero no ha podido.
No es un simple plan, no es una escapatoria astuta de una vida miserable.
Es real y despiadado. Y ella está en el centro de todo por voluntad propia.
La cabaña huele ahora a humedad y muerte. La madera cruje por el viento y soporta el peso de un cadáver que aún no se han atrevido a mover. Sonia está ahí, suspendida entre la sombra y el recuerdo, y Álvaro siente que su presencia lo atraviesa como una daga en busca de su dolor.
Emma no ha dicho una palabra desde lo ocurrido.
Permanece en una esquina, con las piernas dobladas contra el pecho; se aferra las rodillas con los brazos tan fuerte que parece querer desaparecer dentro de sí misma.
Su cara está en penumbra, pero Álvaro percibe que tiembla.
No sabe si es por miedo o por el odio que le guarda.
No la culpa por ninguna de las dos cosas.
La espera se vuelve insoportable. Ismael debería estar ahí ya.
Él sabría qué hacer, podría arreglar eso.
Pero el plan se ha desmoronado, arrastrándolos con él.
No hay forma de salir indemnes, no mientras el cuerpo de Sonia siga sobre la madera como un testigo mudo de lo que han hecho. Nadie va a creer que era una broma.
—Emma… —La voz de Álvaro irrumpe en la quietud asfixiante como un grito ahogado. Ella no responde, pero él sigue hablando—. Nadie tiene por qué saber que fuiste tú. Podemos decir que fue el hombre de la máscara de payaso.
El temblor de Emma se detiene en seco. Sus ojos se distinguen como dos puntos brillantes en la oscuridad. Parpadea un par de veces como si intentara convencerse de que ha oído bien.
—¿De verdad harías eso por mí? —Su voz es apenas un susurro.
Álvaro asiente, sin dudar.
—Te lo debo —confirma—. Después de todo lo que he hecho.
Irina no controla el llanto cuando su marido cuelga el teléfono tras decirle que no ha encontrado nada.
La desesperación la sacude por dentro. La impotencia la ahoga.
Empieza a estar preocupada por Sonia y reza para que no esté implicada en el secuestro.
Sea como sea, tiene que protegerse. Necesita salir y avisar a Ismael para que ponga fin a esa locura.
Ayer tuvo que quedarse en casa de la familia Lago cuando Jorge Sempere y David decidieron ir a buscar a los chicos.
Pensó que era lo adecuado. Prefirió estar allí, rodeada de la angustia que ella misma había provocado, a estar sola en su hogar y levantar sospechas.
Además, así se enteraría de primera mano de cómo avanza la investigación, y tendría más posibilidades de salir airosa.
Ahora, un agente de paisano está registrando la habitación de Sonia. Según le ha dicho su marido, está a punto de llegar a casa. Una idea empieza a tomar forma en su mente, una que podría funcionar.
A través de la ventana, ve al inspector Somoza barrer las aceras comunes de la urbanización.
Se le ocurrió contarle que su marido había agredido a Sonia antes de que ella se fuera, pero decidió que hacerlo podría parecer oportunista y prefiere pasar desapercibida.
La idea que empieza a tomar forma en su mente es perfecta. Mucho mejor.
Mueve bruscamente una silla en la cocina y confía en que el sonido atraiga la atención del agente de incógnito.
Oye unos pasos que se acercan.
—¿Necesita algo, señora? —pregunta el agente que se ha identificado como Fernando Quereda.
—Estoy bien, gracias. ¿Puede abrir un poco la ventana de la cocina? Me he mareado.
Sin preguntar, el agente la abre de par en par. Gabriel alza la mirada desde la distancia en cuanto percibe movimiento dentro de la casa. Justo lo que Irina quería.
—¿Un poco de agua? —ofrece el policía, que ya le sirve un vaso de la jarra que hay en la encimera.
Irina asiente, todavía tambaleándose como si estuviera a punto de caer.
El coche de su marido aparece de repente por la carretera y se detiene bruscamente en el porche delantero del chalet.
Irina se incorpora con cautela sujetándose a la mesa y se dirige hacia la puerta para recibir a su esposo.
David despacha al agente de paisano con malas maneras y se queda a solas con Irina.
Ella regresa a la cocina. Es el momento.
—Voy a hablar con ese inspector, le contaré que pegaste a Sonia antes de que se fuera. Tiene que saberlo.
David monta en cólera.
Primero un grito.
«Perfecto», piensa Irina.
Después, un cenicero haciéndose añicos contra la pared.
Por último, un bofetón.
No podría haber salido mejor. Con la ventana abierta, Gabriel Somoza lo ha oído todo. Irina ya tiene una excusa para salir de casa.
Ismael detiene la furgoneta en un tramo apartado de la calle, a cierta distancia del parque donde debe revisar si Irina le ha dejado algún mensaje. Apaga el motor y observa a través del parabrisas.
No hay nadie que le llame la atención. Solo padres que empujan carritos, jubilados con perros y un par de adolescentes absortos en su teléfono móvil.
Respira hondo mientras se asegura de que no lo miran y se cubre con la capucha de la sudadera.
Cada precaución cuenta. Lleva puestas unas mallas de deporte y unas zapatillas gastadas, la indumentaria de cualquiera que hace ejercicio.
No es su caso, pero piensa que nadie se fija en los corredores, y eso le viene bien.
Baja de la furgoneta y empieza a trotar a un ritmo moderado, intenta que su paso no sea ni demasiado rápido ni demasiado lento.
Nada sospechoso. Un tipo sudando en la tarde fresca, como tantos otros.
No corre directamente hacia el punto de encuentro, sino que traza un par de vueltas amplias alrededor del parque, alargando el momento.
Debe asegurarse de que nadie va detrás de él, algo que tendría que haber hecho cuando siguió a Ángela; no cayó en la cuenta.
Solo entonces, cuando se ha cerciorado, se acerca al banco.
Se sienta en el borde del respaldo, extiende una pierna para estirarla y se inclina hacia delante. Desde esa posición, sus ojos se fijan en la lámina de madera rota, en el agujero perfecto de su superficie. Un escondite improvisado que ha resultado ser una genialidad. Se le ocurrió a él, claro.
Álvaro le contó que Irina suele visitar a una amiga llamada Nuria que vive cerca de ese parque y que pasean juntas al perro de esta última mientras charlan y se relajan. Tener ubicado un lugar donde dejar una nota sin levantar sospechas fue una idea brillante.
Finge revisar la suela de su zapatilla mientras desliza la mano en el hueco.
Es profundo. Sus dedos rozan el papel. Un pequeño rectángulo doblado con precisión, como si estuviera esperando a ser encontrado.
Se le acelera el pulso. Lo extrae con naturalidad dentro del puño y sigue estirando la pierna al tiempo que disimula la tensión en su cuerpo.
No pierde ni un segundo. Se pone en pie, sacude las piernas y retoma el trote hasta la furgoneta. Solo cuando está dentro, con la puerta cerrada y el seguro echado, despliega el papel con el corazón desbocado.
La letra es firme pero apresurada, escrita con prisa:
La policía investiga el caso. Cancelamos el plan. Ponlos en libertad ya.
Se siente frustrado. La oportunidad de dejar atrás su miserable vida acaba de desvanecerse.