Capítulo 43
Emma está sentada en el suelo con las piernas dobladas y los brazos alrededor de las rodillas.
Su rostro, bañado por la tenue luz que se filtra a través de las rendijas de la cabaña, está cubierto de arañazos y manchas de sangre reseca.
Un reguero oscuro le baja desde la frente hasta la barbilla.
Sus ojos, grandes y asustados, miran al vacío, atrapados en un pensamiento del que no puede escapar.
A su lado, Álvaro se mueve y suelta un gemido ahogado antes de incorporarse con dificultad.
Ha estado inconsciente durante diez minutos.
Suficientes para que Emma haya comprendido lo que ha hecho.
Ha matado a Sonia. No era su intención. No quería hacerlo.
Solo quería descargar su rabia, empujarla, hacerla callar.
Pero la ha matado. Y ahora no puede negarlo.
Álvaro parpadea, aturdido. Se lleva una mano a la frente, como si intentara ordenar sus pensamientos, y entonces la mira.
—¡Emma! ¿Estás bien?
Su voz le llega distorsionada, como si viniera de un lugar lejano. Palabras sin forma que rebotan en su mente. No puede responder. Ni siquiera lo intenta.
Él sigue la mirada de Emma, y su expresión cambia al ver el cuerpo inerte de Sonia. Se aproxima con cautela, le toca la muñeca, la sacude un poco. Pero no hay reacción. Emma sabe que no la habrá.
Álvaro se aparta de golpe, como si algo le hubiera picado, y se lleva las manos a la cabeza.
—No… No puede ser…
Pero lo es.
Alterado, busca desesperadamente con la mirada algo, cualquier cosa. Se acerca a la ventana y forcejea con el marco, lo empuja con las manos desnudas. Luego se gira, echa un vistazo a la habitación hasta que encuentra un interruptor. Lo acciona, pero no se enciende ninguna luz.
—Mierda… —susurra.
Emma lo observa en silencio mientras él aporrea la madera. La desesperación de Álvaro es tangible, como la suya propia. Pero ella no puede moverse. No puede hacer nada. Solo quedarse ahí temblando, con la certeza de que su mundo se ha desmoronado.
Irina está sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas y la mirada fija en David. No ha dormido nada durante la noche. Piensa que le ha venido bien que Sonia se marchase ayer. Así puede justificar que sus ojeras y su mal aspecto son fruto de la preocupación.
Sabe lo que tiene que hacer. Ha estado pensando en ese momento durante mucho tiempo. Debe actuar con normalidad, y eso implica que ahora ha de sugerir a David que llame a la policía porque Sonia no ha vuelto a casa. No es tonta. No duda que su marido se opondrá.
Es muy consciente de sus negocios turbios y tiene claro que él no querrá, bajo ningún concepto, estar en el punto de mira.
—¿Vas a quedarte ahí de pie, David? —le pregunta. Sabe cómo desquiciarlo. Se le da bien.
Su marido no responde. Se lleva la mano al pecho y tarda en reaccionar.
Irina se levanta, se le acerca y lo agarra por la camisa.
—¡Tienes que hacer algo! Es tu hija, por el amor de Dios —exclama buscando que sus palabras suenen sinceras.
—¿Y qué demonios quieres que haga? ¡Ya sabes cómo es! Vendrá tarde o temprano y se encerrará en su cuarto, como siempre.
Irina lo mira de soslayo. Ha llegado el momento de hacerlo enfurecer. Le será de gran ayuda porque acaparará todas las miradas si esa situación continúa tensándose.
—Todo esto es culpa tuya —afirma.
—¡Cállate! No sabes lo que dices —gruñe David, y se aleja de ella.
—Voy a llamar a la policía. Estamos perdiendo el tiempo —advierte Irina.
David no contesta. Se vuelve y, con pasos firmes, pasa por su lado sin dirigirle la mirada. Agarra el teléfono de su mujer, que reposa sobre la mesa de centro, y lo estrella contra el suelo. La pantalla estalla en mil pedazos.
Irina ha conseguido justo lo que quería.
Ismael camina por los pasillos del instituto con la mochila colgada, la cabeza alta y los gestos medidos. Como cualquier otro día. Es lo que debe hacer. Lo único que importa ahora es que nadie sospeche.
A su alrededor, los demás estudiantes parlotean, ríen, se quejan de los exámenes y los profesores. Un día más en la rutina de todos. Solo que él sabe que nada es normal. No para él.
En cuanto tenga el dinero, se largará. Esa idea lo mantiene en pie, lo obliga a controlar la respiración, a evitar que la presión lo asfixie. No hay vuelta atrás.
El paquete debería llegar esa mañana. La última pieza del plan. Después de eso, solo queda esperar.
Entra en el aula justo cuando suena el timbre. Se desliza hasta su asiento sin llamar la atención, deja caer la mochila junto a la mesa y finge buscar algo en su estuche. Solo entonces permite que su mirada se desplace lentamente hacia la silla de Álvaro.
Vacía.
La imagen le recuerda la realidad en la que se halla inmerso.
Irina y David han acudido a casa de la familia Sempere a preguntar por Sonia.
Primero acudió ella sola, con la intención de husmear y conocer de primera mano los movimientos de Jorge Sempere y Marta Ríos.
Irina se ha mostrado atónita cuando la madre de Álvaro ha sacado la nota.
Ha abierto los ojos justo en el momento preciso, ha contenido la respiración un segundo antes de llevarse la mano a la boca.
Después, ha llorado. Lágrimas limpias, bien dosificadas, lo justo para que su angustia pareciera genuina.
Ha sido fácil. No por falta de miedo, que lo tiene, sino porque lleva toda la vida fingiendo.
Sabe canalizar las emociones, transformarlas en una ventaja, utilizarlas como un disfraz.
No es la primera vez que actúa de ese modo y, si sigue haciéndolo bien, nadie sospechará. Eso es lo único que importa ahora.
El verdadero problema es la policía.
Marta Ríos lo ha mencionado casi como un susurro, en ese tono de confabulación que solo usan las madres desesperadas. Daniela Vidal ha decidido avisar a la policía, y un inspector de incógnito está ahora en su casa. Quiere hablar con todos ellos por separado.
Irina asiente con fingida solidaridad mientras, por dentro, su mundo se desmorona. Eso es lo que quería saber cuando decidió acudir a casa de Álvaro a preguntar por Sonia. Esperaba encontrar evasivas que confirmasen que el plan marchaba según lo previsto. Pero el tiro le ha salido por la culata.
Marta sigue hablando, pero Irina ya no la escucha. Sus pensamientos se centran ahora en la supervivencia. Tiene que abortar el plan. No hay otra opción. Eso es lo acordado.
Saldrá de la urbanización con cualquier excusa y dará la orden para que todo se detenga.
Pero surge un problema.
—Creo que vosotros también deberíais ir a ver a ese inspector y contarle lo de Sonia. No tengo claro que esté al tanto —sugiere Marta con lágrimas en los ojos.
—Por supuesto —responde Irina.
Y en su interior, el pánico crece aplastándola.
Ismael todavía siente cómo le tiemblan las piernas. El miedo lo ha atenazado al ver que, en mitad de la clase, el director del instituto apareció y le pidió que lo acompañase.
Una agente de policía quería hablar con él. Esas palabras lo paralizaron.
El interrogatorio fue el peor momento de su vida.
Se obligó a mantener la calma, a medir cada palabra, a no mostrar ni una grieta en su historia.
Patricia Siles, la inspectora que lo interrogó, tenía esa mirada dura y escrutadora de quien está acostumbrado a detectar mentiras.
Pero él lo hizo bien. No tiene la menor duda.
Respondió con la mezcla perfecta de preocupación y desconcierto, sin sobreactuar. Incluso insinuó lo que llevaba semanas preparando: Álvaro es imprevisible. A veces desaparece sin que nadie sepa muy bien dónde está. Ni siquiera él, su amigo, lo entiende del todo.
No cree que la inspectora sospeche de él. No tiene por qué hacerlo.
Ahora solo queda esperar la confirmación de Irina. Acordaron cancelar todo si se involucraba a la policía. En cuanto reciba la confirmación, acudirá a la cabaña y liberará a Álvaro, Emma y Sonia. Pero la verdad es que no quiere que eso acabe todavía. Sabe que se merece el dinero.
Hasta entonces, ha decidido aprovechar el tiempo. Necesita respuestas y por eso ha decidido seguir a Ángela, la amiga de Sonia.
Le intriga. Sonia no debería haber estado allí anoche. No formaba parte del plan. Y, sin embargo, apareció. No tuvo más remedio que llevársela también. Pero ¿y si Sonia le contó a alguien adónde iba? ¿A una amiga? ¿A un desconocido? El riesgo es demasiado grande.
Necesita saber si Sonia habló antes de desaparecer. Si hay algún cabo suelto. Comprobó que su teléfono estaba apagado antes de dirigirse a la cabaña. Se lo pidió, al igual que a Emma y a Álvaro. Pero no es suficiente. Debe asegurarse de que no ha cometido un error.