La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Irina camina de un lado a otro del salón con la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos de la bata. La espera se le hace insoportable. Cada minuto que pasa le provoca más dolor en el estómago.

Desde el comedor, las voces de Sonia y David atraviesan las paredes como cuchillos afilados.

—¡Eres un maldito egoísta! —grita Sonia.

—¿Y tú qué eres? ¡Una mocosa desagradecida que solo sabe dar problemas!

No suele meterse en las discusiones entre padre e hija, que cada vez son más frecuentes. Pero que sea hoy… Justo hoy…

En unas horas va a dar comienzo el plan que han elaborado para conseguir dinero y huir a Panamá. Tiene tan idealizado su futuro con Álvaro, lejos de esa casa donde los gritos retumban en las paredes, que no piensa en las repercusiones.

Cierra los ojos un instante. Ojalá se callaran. Solo esta noche. Solo unas horas más.

El golpe llega sin aviso. Un chasquido seco, brutal. Irina se queda rígida, con una mano en la boca. El silencio posterior es peor que la discusión. Un segundo después, Sonia sale como una exhalación de la cocina y echa a correr hacia la puerta.

—¡Sonia! —Irina la sigue hasta a la calle.

La chica no se detiene. Camina rápido con los hombros tensos y la cabeza baja.

—No te vayas —le pide Irina en un tono que intenta sonar firme pero se quiebra al final.

Sonia ni siquiera vuelve la cabeza.

Irina la observa alejarse. ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que pasar eso hoy?

Cuando regresa, la casa está en penumbra.

David ha subido a su despacho. Irina se deja caer en el sofá con un suspiro exasperado.

Su enfado es real, no lo finge. En cierto modo, se alegra de que haya sucedido algo así.

La actitud violenta de su marido solo refuerza su convicción de marcharse lejos. Muy lejos.

Aguarda en el salón fingiendo —en parte— consternación con David, quien se ha ido a dormir sin ningún tipo de arrepentimiento.

Espera despierta durante horas, hasta que llegue el momento previsto.

Ella cumplirá su parte. Álvaro, Emma e Ismael ya deben de estar en la cabaña.

Cuando el reloj marca las tres de la madrugada, se pone de pie.

Sin hacer ruido, se coloca unos guantes finos de látex escondidos en su bolso, donde también están los sobres que Ismael ha preparado con esmero. Los toma y se asoma por la ventana de la cocina. La urbanización entera duerme. No hay rastro del guardia de seguridad. Es el momento.

No hay margen de error. Cada uno debe llegar a su destino sin levantar sospechas. Abre la puerta con cautela y sale. La brisa nocturna le azota el rostro, pero no logra aplacar su determinación.

Camina por la urbanización como un fantasma, esquivando las zonas iluminadas. Su respiración le parece demasiado fuerte, demasiado ruidosa.

Primero, la casa de los Sempere. Llega hasta la entrada y deja el sobre en el felpudo.

Un instante de pausa. Nada. Silencio absoluto.

Después, la casa de los Lago. El trayecto se le hace más largo de lo que debería. Se agacha y deja el sobre junto a la puerta.

Y entonces lo oye.

Un crujido.

Si la descubren, se meterá en un buen lío. Se queda inmóvil. Un segundo. Dos…

Otro ruido, esa vez más claro. Es alguien dentro de la casa.

Se le eriza el vello. Se incorpora de golpe y sale corriendo sin mirar atrás. Cada zancada le exige un esfuerzo sobrehumano, cada sombra en la calle parece acecharla. Solo cuando llega a su casa se permite soltar el aire retenido en los pulmones.

Está hecho.

Se apoya en la pared y suspira. Se le escapa una sonrisa maliciosa.

Ahora solo queda esperar.

Álvaro se inclina hacia Emma con una sonrisa despreocupada y desliza el índice por la pantalla de su teléfono.

Lleva un par de horas con la misma estrategia: pedirle el móvil con cualquier excusa tonta, un vídeo viral, un juego, una foto graciosa.

Su objetivo es simple. Agotar la batería.

Y, como siempre, Emma no opone resistencia.

—¿Sabes que hay un tipo de avispa capaz de controlar a las cucarachas como si fuesen zombis? —pregunta él, y le muestra la pantalla como si de verdad le importara el dato.

Emma se acerca más a Álvaro y ríe. Su risa es suave, confiada.

—Tú y tus historias. ¡Enséñamelo!

—Lo haría, pero tu teléfono acaba de quedarse sin batería —dice Álvaro fingiendo contrariedad.

Se sientan en un banco de madera que hay en un acceso a la playa de la Almadraba.

Va a suceder de un momento a otro. Detrás de ellos, un edificio de apartamentos alto se alza en completo silencio.

Ni una luz encendida, ni un ruido que rompa la quietud.

Emma se acurruca contra él. Recorre con los dedos el brazo de su novia con la misma naturalidad de siempre.

Cariñosa. Entregada. La chica perfecta para su propósito.

—¿A qué estamos esperando? —pregunta ella con la voz algo soñolienta.

Álvaro no responde aún. Su pulso se mantiene firme. Ha seguido el plan al pie de la letra.

—Nada. Solo quería estar a solas contigo.

Emma suspira, satisfecha, y apoya la cabeza en su hombro. Él observa el reflejo de la luna sobre el agua, las sombras que danzan en la orilla. Controla los nervios de una manera sorprendente, a pesar de su edad. Sabe que dentro de poco todo cambiará.

Pronto habrá acabado todo y no tendrá que fingir nunca más.

Sonia camina sin rumbo. El pecho le arde, la ira se ha apoderado de ella. Todavía le retumban los oídos tras la bofetada. No puede quitarse esa imagen de la cabeza. Está decidida a marcharse y no volver. Aunque no sabe muy bien adónde ir o qué hacer. La rabia es la que toma sus decisiones.

Ha apagado el móvil después de hablar con su amiga Ángela. No quiere escucharla, no quiere que le diga que se calme, que piense bien las cosas. Tampoco le apetece ir a su casa a que la consuele. Lo que quiere es estar sola.

Cuando levanta la vista, la brisa salobre le acaricia el rostro.

Sus pasos la han dirigido a la playa de la Almadraba sin que apenas se dé cuenta, pero tampoco le importa.

En ese momento recuerda las conversaciones con Álvaro, las veces que él mencionó que solía acudir ahí con su novia.

Es irónico. Tantas palabras endulzadas con mentiras, tantos gestos que ahora duelen más de lo que deberían.

Decide adentrarse en la playa. Es tarde y no hay nadie por la calle. Justo lo que busca.

Entonces los ve.

Sentados en un banco de madera, lo suficientemente cerca para que la sangre le hierva aún más. Álvaro y Emma. Él le susurra algo al oído. Ella se ríe inclinándose hacia él como si el mundo entero no existiera más allá de esa conversación.

Sonia se aproxima despacio con el corazón latiéndole con fuerza. Cada paso bombea más fuerte, una pulsación de adrenalina que la empuja hacia delante. Se esconde tras un árbol.

Ha llegado el momento. Emma tiene que saber quién es realmente su novio. Lo que hace cuando ella no está. Sonia cree estar decidida, pero las dudas la acechan.

Da un paso más. Una rama cruje bajo su pie.

Álvaro y Emma se giran.

Y sus miradas se encuentran.

Emma se sobresalta al oír un ruido detrás de ella.

Un chasquido, un crujido sordo sobre la grava.

Se le eriza la piel. Se gira de golpe y la ve.

Sonia Velasco. La chica a la que tuvo que dejar claro que, si volvía a mirar a Álvaro, se las vería con ella.

Su expresión es extraña: rígida, oscura.

Como si algo estuviera a punto de romperse en su interior.

Se levanta de inmediato.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Sonia no responde. Entreabre la boca, pero no le sale ni una palabra. Parece atrapada en su propio silencio. Álvaro, aún sentado, levanta la mano y hace un gesto a Sonia con desprecio.

—Vete —le dice con frialdad—. Esto es privado.

Sonia pestañea. Algo cambia en su mirada. Da un paso al frente.

—¿Quieres saber cómo es tu novio realmente? —dice a Emma clavándole la mirada.

Emma arquea las cejas sorprendida. Está a punto de contestar cuando el ruido de un motor interrumpe la conversación.

Una furgoneta blanca ha aparecido de la nada.

Sus faros iluminan el suelo desigual. Se ha parado a escasos metros de ellos.

Emma siente que el tiempo se ralentiza. Nadie dice nada. Nadie se mueve. Alguien baja de la furgoneta. Lleva puesta una máscara de payaso y viste una túnica negra que se agita con la brisa. En la mano derecha, alza un objeto metálico. Abre la puerta corredera con un chirrido.

—Subid a la furgoneta. ¡Ahora!

La voz sale filtrada a través de un distorsionador o algo similar. Emma siente que el aire se le queda atrapado en los pulmones. Mira a Álvaro, esperando, rogando que haga algo. Pero él está paralizado.

El payaso da un paso adelante. Levanta aún más el objeto metálico. Un chasquido eléctrico estalla con un destello azul en la oscuridad.

Emma se encoge por reflejo. Álvaro reacciona al fin: la agarra de la muñeca y tira de ella hacia la furgoneta. Emma no se resiste, está aterrada y las piernas no le responden. Tropieza con la grava.

Sonia sigue ahí, en el mismo sitio, inmóvil.

El payaso avanza.

Emma nota la presión de los dedos de Álvaro cerrándose en su piel. Y luego, sin saber cómo, ya está dentro de la furgoneta.

Sonia da un paso atrás. Quiere echar a correr, pero se estremece al pensar que quizá reciba una descarga eléctrica tan brutal como la que acaba de ver.

Gira sobre sus talones despacio, esperando que el payaso se olvide de ella y poder huir. Pero eso no sucede.

El hombre avanza un par de pasos sin que Sonia atine a reaccionar y la apunta directamente con el táser. La agarra del brazo y se da la vuelta para guiarla al interior de la furgoneta.

Entonces Sonia, por instinto, da un tirón al collar que lleva puesto, el que tiene un corazón dorado que le regaló Irina. Se lo arranca y lo lanza al suelo. Tal vez sirva de algo. Tal vez no. Pero es lo único que se le ha ocurrido.