La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

El viento sopla con fuerza entre las rocas del Cabo de las Huertas y arrastra consigo el olor del mar.

El cielo está encapotado y el oleaje revienta contra la costa con una cadencia irregular, rompiendo el silencio con estallidos de espuma.

Han pasado varios días desde que Álvaro y Sonia se vieron en la furgoneta.

Desde entonces, la evita y mantiene la esperanza de que no le haya contado a Irina lo que pasó.

Álvaro tiene a su lado a Ismael, con los brazos cruzados y cara de impaciencia.

—¿Qué has traído? —pregunta Ismael.

Álvaro se saca del bolsillo unas braguitas de encaje. Ismael pone cara de circunstancia.

—¿No había algo más discreto? —inquiere arrugando la frente.

Álvaro se encoge de hombros.

—Tío, he tenido, literalmente, un minuto para buscar.

—Bueno, tendrá que servir. —Ismael coge las braguitas con la mano enguantada y las introduce en una bolsa de plástico—. De acuerdo. Ahora dame algo tuyo.

Por instinto, se toca el cuello en busca del collar con el diente de marfil que lleva desde que tiene memoria.

El corazón le da un vuelco cuando no lo encuentra.

El collar no está. Su mente retrocede, repasa los últimos momentos en los que recuerda haberlo notado sobre la piel, pero Ismael le mete prisa.

—Da igual. Dame cualquier cosa. Algo que sepan que es tuyo.

Álvaro fuerza una respiración lenta y, a tirones, trata de quitarse de la muñeca la pulsera de cuero.

—Esto —dice con la mandíbula tensa—. Me la regaló mi madre. Ella la reconocerá.

El nudo está apretado y no consigue aflojarlo. Ismael, impaciente, saca una navaja del bolsillo y, sin esperar permiso, lo corta con un movimiento preciso. Luego la mete en la bolsa de plástico, con las braguitas de encaje de Emma, y guarda todo en su mochila.

—Bien. Ahora podemos seguir con el plan.

Álvaro asiente sin decir nada. Le tiemblan las piernas, pero no es por el frío.

Ismael Reyes se detiene en seco con la mano a escasos centímetros de la puerta del locutorio.

Su corazón también se para. Sonia sale justo en ese momento, ajena a su presencia, con la mirada clavada en la pantalla del móvil.

Apenas tarda unos segundos en desaparecer tras la esquina, pero a Ismael se le hacen eternos.

No lo ha visto. Pero ha faltado muy poco.

Respira hondo y echa un vistazo a su alrededor antes de entrar.

Aunque Sonia y él no son amigos, ella lo conoce del instituto y sabe que es amigo de Álvaro. Y si hubiera llegado a verlo allí, habría sido un gran contratiempo. Aprieta los dientes y sacude la cabeza. No lo ha visto. Eso es lo único que importa.

Se acerca al mostrador y pide un ordenador.

El dependiente ni lo mira a la cara. Eso es bueno.

Con todo, como no es tonto, ha tomado las medidas oportunas para que su aspecto sea diferente al habitual.

Hoy no se ha peinado como siempre. Se ha engominado el pelo hacia atrás, se ha puesto unas lentillas de color y lleva unas grandes gafas de pasta con cristales sin graduar. «Eso bastará», ha pensado.

—Solo queda uno libre —dice el dependiente, y señala un ordenador con el salvapantallas emitiendo destellos coloridos—. Se acaba de liberar ahora. Los que están apagados no funcionan.

Ismael asiente y se da la vuelta. Ahora solo tiene que sentarse y hacer lo que ha ido a hacer después de conseguir un DNI en portales turbios de internet desde un ordenador de la biblioteca municipal.

Ha estudiado las rutas de reparto y las horas estimadas de entrega.

Sabe cuándo enviarlo para que llegue en el momento justo.

Piensa que debería pedir una parte mayor del dinero del rescate. Después de todo, es él quien se está encargando de todo.

Sonia camina de vuelta a casa con los brazos cruzados sobre el pecho. La tarde es fría, pero la ira le calienta la sangre. Avanza con paso rápido, sin importarle si pisa los charcos que reflejan la luz de las farolas. No puede dejar de pensar en lo que ha estado a punto de hacer.

Había llegado al locutorio con el corazón desbocado, las manos sudorosas y enrabietada por la actitud de Álvaro.

Se había sentado en una de esas sillas incómodas, bajo la luz blanca y mortecina de los fluorescentes, y había creado un perfil falso en Instagram.

Un nombre cualquiera, una foto de perfil robada de internet. Luego había subido la imagen.

Ella y Álvaro besándose.

La misma foto que él insistió en que borrara. La misma que, por supuesto, no había borrado.

Solo tenía que hacer clic en «publicar» y todos la verían. Su novia la vería. Sus amigos la verían. Su mentira se desplomaría como una torre de naipes.

Pero no lo hizo.

En el último momento, los dedos se le quedaron suspendidos sobre el ratón. Una sensación extraña la invadió, como si su propio cuerpo se negara a seguir adelante. Cerró la ventana del navegador, abonó el tiempo consumido y salió del locutorio sin mirar atrás.

No sabe por qué dudó. Álvaro se lo merece, lleva días esquivándola. Ignora cuánto más será capaz de aguantar esa humillación sin hacer algo al respecto. ¿Cómo puede comportarse así después de acostarse con ella?

Álvaro no se saldrá con la suya.