La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Álvaro se ajusta la capucha de la sudadera y observa la urbanización desde la distancia.

La lluvia oscurece las farolas y crea charcos en el asfalto, pero nada de eso le importa.

Su mente está en otra parte. En Irina. En su plan.

En todo lo que tiene que hacer esa noche para asegurarse de que, si algo sale mal, haya alguien a quien culpar.

Ha hablado con Sonia esa mañana. Ha sido una conversación fugaz. Desapercibida para todos menos para ellos dos, que saben a qué aseos ir durante el cambio de clases.

—Está diluviando. Esta noche no podremos vernos en las rocas —le ha dicho Sonia.

Álvaro ha fingido crispación durante unos instantes y después ha abierto la boca, como si se le acabase de ocurrir la idea.

—Me comentaste que estos días tu padre regresa del trabajo con la furgoneta, ¿verdad?

Sonia ha asentido arqueando las cejas, como si le pareciese una buena idea.

—¿Crees que podrás conseguir las llaves? —le ha preguntado Álvaro.

—Sí. Siempre las deja en la entrada. Será fácil.

Todo había sido idea de Irina. A Álvaro le encanta que participe activamente. Eso significa que está convencida. Sus dudas lo preocupaban al principio.

Irina sabía que Sonia y él se veían. Por eso Álvaro le dijo que tenía pensado dejarla, aunque no sabía muy bien cómo hacerlo, porque si, por un casual, a Sonia le diera por contarle a Emma que tenían una aventura, eso quizá pondría en peligro su plan.

Irina le dijo que no la dejara, que siguiera quedando con Sonia como si nada, que podía serles de utilidad. No niega que le resulta algo incómodo, ya que está enamorado de Irina, pero hará lo que sea necesario para estar con ella.

La oportunidad que esperaban ha llegado hoy.

La furgoneta de David Velasco es del mismo modelo y color que la del tío de Ismael Reyes.

Es una casualidad demasiado apetecible para dejarla pasar.

Irina le sugirió a Álvaro que obtuviera ADN de Emma, los cabellos serían lo más fácil de conseguir, y que se las arreglara para quedar con Sonia en la furgoneta de David Velasco.

La lluvia ha provisto esa opción. Dejar cabellos suyos y de Emma en esa furgoneta es un seguro de vida, un punto a su favor por si algo se tuerce.

Aunque es solo por si acaso, no deberían tener que llegar a ese extremo.

Ahora camina con las manos en los bolsillos notando la horquilla con los cabellos de Emma.

Los ha robado de su cuarto de baño esa misma tarde con la excusa de utilizar el aseo mientras veían una película en su habitación.

Son su salvaguarda, un as bajo la manga.

Le gusta que Irina piense en cada detalle, en cómo asegurar que, si las cosas se tuercen, David Velasco tenga que cargar con toda la culpa.

Él nunca ha sido un padre atento. Si hay pruebas en su contra, la policía lo buscará a él primero.

Lo interrogarán. Le preguntarán por qué hay ADN de una de las chicas desaparecidas en su furgoneta. Es una jugada maestra.

Irina podría dejar a David en cualquier momento.

Álvaro sabe que lo haría sin pestañear para estar con él.

Pero entonces se quedarían sin dinero porque David y ella están casados en régimen de separación de bienes.

Y necesitan dinero para huir a algún lugar donde nadie los juzgue por su diferencia de edad.

Sonia lo espera con las llaves en la mano. Está empapada, los rizos pegados al rostro y las mejillas enrojecidas por el frío. Le sonríe con ternura y Álvaro le devuelve la sonrisa por inercia. Lo único que le importa es lo que tiene que hacer dentro de esa furgoneta.

Por suerte, David aparca la furgoneta fuera de la urbanización.

Por su altura, no la puede aparcar en su casa, las vigas del porche lo impiden, y los vecinos ya se han quejado varias veces de que se estacionen vehículos en la carretera comunitaria.

Eso le viene de perlas, porque el lugar para aparcar más cercano está lo suficientemente lejos para que el guardia de seguridad no pueda verlos.

Suben, y Sonia se sacude la humedad de la chaqueta antes de sentarse en el suelo de la zona de carga de la furgoneta. Huele a cuero viejo y gasolina. Fuera, la lluvia golpea el techo metálico con un ritmo monótono.

—No te noto bien —susurra a Álvaro.

Se acerca a él y apoya la cabeza en su hombro. Él la envuelve con el brazo al tiempo que, con cuidado, desliza los dedos de la otra mano y deja caer varios cabellos. Todo tiene que parecer casual. Imperceptible.

Sonia levanta la mirada y lo observa fijamente.

—Álvaro…

Él se tensa. No le gusta el tono en el que ha pronunciado su nombre, como si estuviera a punto de hacerle una pregunta incómoda. Pero lo que dice después lo deja en blanco.

—Quiero que hagamos el amor.

El aire en la furgoneta se espesa. Sonia se muerde el labio, ansiosa, y él siente un nudo en el estómago. No se esperaba eso. No ahora. No ahí. Quiere decirle que no, que no es el momento. Pero Sonia lo besa con pasión antes de que él ponga excusas.

Aunque al principio duda, Álvaro se deja llevar al final. No puede arriesgarse a que sospeche. Su cuerpo responde con la misma precisión con la que ha ido ejecutando su plan.

Se quitan la ropa con torpeza. Sonia se coloca a horcajadas sobre él. Álvaro tiene experiencia, pero ella no. Es su primera vez. Y se nota.

La ayuda poniendo atención en los detalles. No desea que sea algo desagradable para ella. La trata con mimo y la guía cuidadosamente. Pero no es suficiente.

Sonia gime de dolor y se estremece sobre él. Cuando la sangre mancha el suelo de la furgoneta, algo dentro de Álvaro se remueve. Se queda quieto un momento con la mirada fija en la mancha oscura sobre el tapizado. La lluvia sigue golpeando el metal sobre sus cabezas.

Será solo una anécdota. Todo sigue según lo planeado.

Todo está bajo control.

O, al menos, eso quiere creer.

Sonia no se esperaba que doliera tanto. Había oído a otras chicas hablar de eso con indiferencia, como si no tuviera importancia, como si fuera algo que simplemente se hacía y ya. Pero para Sonia no ha sido así. No ha sido bonito ni especial. Ni siquiera placentero. Solo incómodo. Frío.

Se remueve en la cama; hasta el roce de las sábanas le molesta en la piel. Se ha dado una ducha en cuanto ha llegado a casa, pero aún se siente sucia. Todavía le arde por dentro, como un roce continuo que no desaparece.

Mira el techo sin pestañear. No ha sido como lo imaginaba.

En su cabeza, la primera vez iba a ser diferente.

No esperaba una escena de película, ni velas ni palabras bonitas, pero tampoco eso.

No esperaba el dolor, la incomodidad, el vacío que la invadió apenas Álvaro se subió los pantalones y le soltó que tenía que irse. Ni siquiera la miró cuando lo dijo.

Sin embargo, no se arrepiente. Desde hace días, lo nota distante, diferente. Ella no le da lo mismo que Emma, y no podía permitirse perderlo.

Así que lo ha hecho.

«Mejorará con el tiempo», se dice a sí misma.

Cierra los ojos e intenta convencerse de que ha valido la pena, de que mañana Álvaro estará igual de agradable y simpático que siempre.

Tarde o temprano, estarán juntos.