Capítulo 38
La cantina del instituto huele a comida recalentada y café aguado. A esa hora está casi vacía. Solo quedan un par de alumnos sentados junto a la máquina de refrescos y, al fondo, Álvaro e Ismael, que ocupan una mesa apartada con las bandejas delante, sin haberlas tocado apenas.
—No aguanto más —murmura Ismael removiendo el zumo—. En cuanto pueda, me largo de aquí.
Desde hace un buen rato repite lo mismo, despotrica sobre su vida, sobre su familia, sobre el asco que le da ese instituto y cuanto lo rodea. Pero Álvaro apenas lo escucha. Su mente está en otra parte. En ella.
Irina.
La imagen de su piel desnuda le quema la memoria como una marca al rojo vivo.
Nunca había sentido algo semejante. Nunca una mujer lo había tocado como lo hace ella ni lo había hecho temblar con solo una mirada.
Es la primera vez que se siente así, completamente rendido, consumido por algo que no puede controlar.
La quiere. La quiere con una intensidad que lo asusta.
Quiere estar con ella sin tener que esconderse.
Que sea suya. Solo suya y de nadie más.
Pero no puede.
Así que sigue desempeñando su papel. Sigue con Emma, viéndose con Sonia, simulando que su vida es normal. Pero no lo es. No lo ha sido desde el momento en que tocó a Irina por primera vez.
—Al menos tú puedes hacer lo que te dé la gana —dice Ismael con amargura—. Mi vida es una cárcel. Pero, claro, tú no lo entiendes. Tu familia tiene dinero. No es lo mismo.
La frase se queda suspendida en el aire, flota entre ellos. Algo hace clic en la cabeza de Álvaro. Lo ve con claridad, como si el mundo entero se detuviera por un segundo y todo adquiriese sentido.
Dinero. Eso es lo que necesita para huir con Irina y empezar una nueva vida con ella.
Y se le acaba de ocurrir cómo conseguirlo.
De repente, mira a Ismael con una intensidad que lo hace estremecer.
—¿Qué estarías dispuesto a hacer para huir de aquí? —pregunta en voz baja.
Ismael apoya las manos en la mesa. Sus ojos se encuentran, y algo oscuro se enciende en la mirada de Álvaro.
Irina está sentada en su coche con las manos aferradas al volante, como si así pudiera anclarse a la realidad. No debería estar ahí. No debería haber escuchado a Álvaro. Y, sin embargo, ahí está, en un descampado junto al faro, envuelta en la oscuridad y enredada en pensamientos peligrosos.
La brisa marina acaricia la carrocería y lame las lunas del vehículo. Fuera, la luz de otro coche se mueve lentamente e ilumina el paisaje con destellos. Un reflejo en el retrovisor le devuelve su propia mirada: ojos claros, labios tensos, el rostro de alguien que ya no se reconoce del todo.
Es una locura. Todo eso es una maldita locura.
Apoya la cabeza en el respaldo y aprieta los párpados, pero las palabras de Álvaro siguen allí, resuenan en su mente como una melodía imposible de acallar. «Nadie hará preguntas. Allí podremos empezar de nuevo. Juntos».
Se niega a admitir que la idea le gusta. Que ha pensado en ello con anterioridad, incluso antes de que Álvaro lo sugiriera. Irse, desaparecer, empezar de cero. Pero siempre le ha parecido un sueño lejano, una fantasía para las noches de insomnio.
Porque ¿qué haría ella sola? ¿Adónde iría? ¿Cómo sobreviviría sin David, sin su dinero, sin el lujo y la seguridad de su mansión?
Pero Álvaro tiene un plan. Panamá. Un lugar donde nadie los buscará. Un lugar donde nadie los juzgará. Un lugar donde todo lo que ha sido, todo lo que ha hecho, quedará enterrado.
Se humedece los labios y abre los ojos. Se mira de nuevo en el espejo retrovisor, que le devuelve una expresión que no le gusta. Porque no es miedo lo que ve. No es rechazo.
Es deseo.
Y ese pensamiento la aterra.
Ismael lo ha planeado todo. Cada detalle, cada variable, cada posible contratiempo. Lo ha diseñado con precisión quirúrgica porque es el más listo de los tres. No hay duda de eso.
El plan tiene que ser perfecto. No pueden cometer errores.
Ha pasado semanas documentándose, sin hacer otra cosa: ha analizado casos, ha entendido los puntos débiles del sistema.
Descubrió que la clave no está en la ejecución, sino en la preparación.
La mayoría cae por una torpeza mínima, como un descuido con la tecnología, un mensaje inoportuno, una búsqueda mal eliminada. Ellos no cometerán esos errores.
La máscara, la túnica y el modulador de voz ya están en su poder. Nada comprado por internet. Sería estúpido. Los encontró en una tienda de segunda mano, un lugar anodino donde nadie hace preguntas. No hay registros, no hay cámaras. Solo un billete arrugado entregado a un dependiente indiferente.
La furgoneta de su tío es perfecta, al igual que esa vieja cabaña abandonada donde un día lo acompañó. Nadie sospechará. Y con la ayuda de Álvaro, todo será más fácil.
Él no pondrá resistencia. Ambos saben lo que tienen que hacer.
Ha estado visitando la cabaña abandonada para prepararla.
En una tarde dejó todas las ventanas tapiadas y se le ocurrió enroscar una bombilla nueva en el casquillo del exterior que se acciona desde dentro.
Se sorprendió al descubrir que aún llegaba la luz.
Es una buena herramienta para comunicarse con Álvaro en secreto, por si algo se tuerce dentro. La luz lo avisará y tomará medidas.
Pero la parte crucial es borrar cualquier rastro.
No puede haber nada que los conecte. Ni búsquedas en su ordenador ni mensajes en los teléfonos.
Nada. Por eso se encargará de las gestiones desde un locutorio en la playa de San Juan.
Lo visitó hace unos días y comprobó que es perfecto: un antro descuidado, sin cámaras de seguridad, sin controles.
Solo ruido de teclados viejos y un dependiente más interesado en su móvil que en controlar quién entra y quién sale.
Obtiene el resto de la información desde la biblioteca municipal. Un lugar olvidado, con ordenadores antiguos que nadie usa. Se conecta, busca lo que necesita y se marcha. Sin dejar huella.
En cualquier caso, si las familias alertan a la policía, cosa poco probable —han sido cuidadosos con la cantidad del rescate, lo suficiente para que la paguen acorde con su nivel socioeconómico—, la vía de escape ya está definida.
Se aborta el plan. Liberan a Álvaro y a Emma, y él dirá lo que han ensayado: que todo ha sido una broma.
Que se les fue de las manos. Era una condición indispensable para que Irina aceptara.
Así de simple. Así de perfecto.