La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Sonia se sienta en el borde del muro que da al campo de fútbol, apartada del bullicio del patio.

No le importa que el cemento esté frío bajo sus muslos ni que el viento agite su rizada melena castaña.

Prefiere el aire fresco al ruido de las conversaciones entrecortadas y las risas estridentes que flotan en el ambiente.

Mastica despacio su bocadillo, sin hambre.

Desde que empezaron las clases, nada ha cambiado.

Sigue siendo invisible para casi todos, excepto cuando necesitan copiarle los deberes.

Sigue sin encajar en ningún grupo. Sigue viéndose obligada a mirar a otro lado cada vez que Álvaro y Emma desaparecen juntos.

Aprieta la mandíbula y traga con dificultad.

Se prometió que en esa ocasión sería diferente.

Que diría a Álvaro, en uno de sus encuentros a escondidas, que no quiere continuar con ese juego, que está harta de esperarlo en la sombra mientras él se divierte con otra.

Pero cada vez que intenta hacerlo, la voz se le quiebra antes de pronunciar las palabras.

Y él, con esa sonrisa despreocupada, le dice que no es lo que parece. Que ella es distinta. Especial.

Sonia se odia a sí misma por creerlo.

Suspira, arruga el envoltorio de su almuerzo y se levanta. Se cruza de brazos mientras camina hacia los aseos, el único lugar donde puede encerrarse unos minutos y aislarse de ese mundo que no considera su lugar.

Cuando entra, el sonido de las tuberías viejas resuena en el silencio. Abre el grifo y se lava las manos con agua fría. Se mira en el espejo: su expresión es tensa. Ella no era así antes.

La puerta de los aseos se abre de golpe y el sonido de unos pasos la obliga a girarse.

Emma.

Sonia baja la mirada y da un paso hacia la salida, pero Emma se interpone en su camino.

—¿Qué pasa? ¿Se te ha perdido algo? —La voz de Emma es afilada, teñida de burla.

—¿Qué? —murmura Sonia intentando pasar por su lado.

Emma la detiene con un empujón seco. No lo suficientemente fuerte para tirarla, pero sí para hacerle perder el equilibrio.

—No te hagas la tonta. Deja de mirar a mi novio.

Sonia siente que la sangre le hierve bajo la piel. Su primer instinto es decirle la verdad. Decirle que Álvaro no es tan leal como ella cree, pero no tiene el valor necesario.

Sonia respira hondo, se obliga a mantener la calma.

—No lo miro —susurra.

Emma sonríe con desprecio.

—Más te vale —le espeta, y se inclina sobre Sonia—. Porque esta es la única advertencia que vas a recibir.

Sonia se queda inmóvil hasta que Emma se marcha con la misma arrogancia con la que entró. Su reflejo en el espejo la observa con el ceño fruncido y los puños apretados.

Sale de los aseos con un nudo en el estómago. No es miedo lo que siente.

Es rabia.

La música retumba en la sala, un ritmo latino que a Álvaro no le interesa lo más mínimo.

No ha ido por la música ni por el ejercicio.

Su mirada se desliza entre las mujeres que se mueven con entusiasmo, todas al menos una década mayores que él.

Juega con esa ventaja. Sonríe y encaja en el ambiente con una naturalidad estudiada, como si realmente le importase lo que sucede, el revuelo que está causando.

Pero su atención está en una sola persona. Esa mujer rubia. Ahora sabe que se llama Irina.

Han sido dos semanas de trabajo meticuloso.

Sonia no hablaba de su madrastra durante sus encuentros clandestinos, pero él ha obtenido esa información formulando preguntas sutiles disfrazadas de inocencia.

Tiene claro cuándo presionar y cuándo retroceder.

Es increíblemente bueno manipulando a las personas, y lo sabe.

Y, ahora, también sabe más de Irina de lo que ella imagina.

Conoce su rutina, los días y horarios en los que asiste al gimnasio, las clases que prefiere.

Y ha llegado el momento de forzar un encuentro.

Cuando camina por la sala, su camiseta ajustada hace exactamente el trabajo que esperaba. Captura miradas, provoca sonrisas curiosas, algún que otro comentario susurrado. No necesita oírlos para saber lo que dicen. Le divierte. Siempre es así.

Entonces ve la reacción de Irina. Apenas un parpadeo de sorpresa antes de recomponerse, de volver a esa expresión fría, impasible. Pero es demasiado tarde. Ha descubierto la chispa de desconcierto en sus ojos.

Se coloca a su lado sin disimulo, moviéndose con la música, como si la aproximación fuera totalmente casual. En cuanto tiene oportunidad, le dice en voz baja, con esa sonrisa suya que siempre funciona:

—Hola, vecina.

Irina levanta las cejas, pero no responde. Su mirada es evaluadora, casi como si intentara descifrar qué hace él ahí. Álvaro no se inmuta. Se mueve al ritmo de la música y sigue la clase sin esfuerzo mientras disfruta del juego.

Cuando termina la sesión, Irina no se marcha de inmediato. Se acerca a recoger su botella de agua y, sin mirarlo directamente, su cuerpo emite una invitación que Álvaro capta.

La sigue sin dudar.

Salen de la sala y atraviesan el pasillo, alejándose del bullicio de la clase. Irina se detiene en un rincón donde nadie los ve. Se gira hacia él con los brazos cruzados y una media sonrisa en los labios que no se corresponde con su mirada.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Álvaro inclina la cabeza con fingida inocencia.

—Hago ejercicio —responde, y deja que su sonrisa se ensanche lo justo—. Igual que tú.

Irina suelta un leve resoplido, como si le divirtiera la respuesta pero no quisiera demostrarlo.

Durante unos segundos, el mundo se detiene y ambos se dicen todo con la mirada.

Irina se dice a sí misma que es la última vez. Lo ha repetido en tantas ocasiones que la frase ha perdido significado. Pero esta vez será cierto. Tiene que serlo.

El corazón le late en la garganta mientras desliza la puerta del jardín trasero con suavidad. Lleva puesta una bata que le cubre la lencería de encaje.

Álvaro está allí, oculto en la penumbra, como las dos veces anteriores que se ha quedado sola en casa.

La observa con esa sonrisa de medio lado que la desarma, la misma que le hace olvidar que tiene un marido al que debería ser fiel.

Que tiene una hijastra que, de saber la verdad, quedaría destrozada. Que él es solo un crío.

Pero en cuanto Álvaro entra en la casa, todas esas preocupaciones se desvanecen.

Cierra la puerta tras él y se adentran en la oscuridad de la cocina, apenas iluminados por la luz de la calle que se filtra a través de los estores.

Él la toma por la cintura, la empuja contra la encimera con una seguridad impropia de sus dieciocho años.

Irina exhala un suspiro entrecortado. Ya no piensa. No puede. Solo siente.

Las reglas siguen siendo las mismas. No mensajes. No llamadas. No testigos. Como si no se conocieran fuera de esas cuatro paredes. Pero lo cierto es que, en momentos como ese, Álvaro es la única persona en el mundo que parece verla de verdad.

Y eso es lo más peligroso de todo.