La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

El sol de la tarde cae sobre la piscina comunitaria y se refleja en el agua con destellos dorados.

Irina se recuesta en la tumbona con un libro en las manos, gozando de la calidez en su piel, del murmullo del agua y del sonido lejano de unas risas infantiles.

A su lado, Sonia desliza el dedo por la pantalla del móvil, absorta en sus vídeos, con una expresión relajada que rara vez muestra en casa.

Ambas disfrutan del fin del confinamiento. Después de tanto tiempo sin salir, les resulta muy agradable compartir esos momentos. Se palpa la alegría en el ambiente, como si la humanidad hubiese ganado una batalla crucial.

—No aguanto al doctor Méndez —dice Sonia de repente sin despegar los ojos del móvil—. Siempre me observa embobado como si esperara que lo saludara. Da grima.

Irina sonríe y le lanza una mirada cómplice por encima del libro.

—Es un jubilado aburrido. No tiene otra cosa que hacer.

—Pues que se busque un perro o algo —murmura Sonia arrugando la nariz.

Irina suelta una risa contenida y sacude la cabeza.

—Sonia, por favor…

Mantienen una conversación en la que se suceden continuamente esos gestos. Están contentas.

Pero la calma se quiebra con la llegada de Álvaro y Emma.

Él entra en la zona de la piscina con la despreocupación que solo tienen los adolescentes, con el pelo revuelto y una sonrisa confiada.

Emma camina a su lado, los dedos de ambos entrelazados, con un bañador rojo que se ajusta a la perfección a su figura.

Se susurran cosas, se miran, como si fueran los únicos en el mundo. Irina se percata de que Sonia se tensa.

—Dios…, qué empalagosos. —La chica hace una mueca de asco cuando Emma se ríe exageradamente por algo que Álvaro ha dicho.

Él se quita la camiseta y el tiempo parece ralentizarse por un segundo.

Irina parpadea, siente cómo se le eriza el vello.

El cuerpo del chico es una mezcla perfecta de juventud y masculinidad: los músculos definidos, la piel tersa e impoluta, la seguridad en la manera en que se mueve.

Sabe que no debería mirarlo, que no debería notar lo bien que le sienta ese maldito bañador negro, pero es inevitable.

Es como ver un cuadro perfectamente compuesto: cada detalle en su lugar, cada sombra realzando lo que debe realzar.

«¿De dónde ha salido este jovenzuelo? ¿Y cómo es que no me había fijado antes?».

No. No puede pensar así. Es un niño. Es un crío.

Pero entonces él la mira.

No es una mirada casual, no es una simple distracción.

Es un gesto calculado, un roce visual que dura apenas un instante, pero que lo dice todo.

Está abrazado a Emma, sus brazos le rodean la cintura, pero sus ojos están fijos en ella.

Irina contiene la respiración, siente el pulso acelerarse.

No hay nada inocente en esa mirada. Es un juego, y ella lo sabe.

Y lo peor es que, en ese juego, Irina siempre gana si se lo propone.

Se humedece los labios y aparta la vista con lentitud, obligándose a volver a su libro. Pero sus dedos han perdido la fuerza para pasar la página, y aunque no quiera admitirlo, la piel le arde aún donde la mirada de Álvaro la tocó.

Sonia se hunde más en la tumbona y clava las uñas en el cojín para no hacer algo estúpido.

El sol le quema la piel, pero nada en comparación con el fuego que le devora el pecho.

Observa a Álvaro y a Emma, en el borde de la piscina.

La mano de él resbala por la cintura de su novia con demasiada facilidad.

Está enamorada de él, no puede negarlo, aunque ahora también lo odia.

¿Cómo pudo decirle que la quería? Su voz sonaba sincera en la cueva de las rocas, pero ahora besa a Emma como si fuera lo único que le importa en el mundo. Cuando la abrazó y, por un instante, posó los ojos en Sonia, a ella se le revolvieron las tripas.

No puede más.

—Estoy cansada —dice en voz baja girándose hacia Irina—. Me voy a casa.

Su madrastra, con las piernas cruzadas y las gafas de sol equilibradas en la punta de la nariz, ni siquiera se molesta en mirarla. Se limita a esbozar una media sonrisa.

—Yo me quedo un rato más —contesta con indiferencia.

Sonia se pone en pie de un salto y se cuelga la bolsa al hombro. Apenas puede oír el sonido del agua salpicando por encima del ruido ensordecedor de su propia rabia. La ira le sube por la garganta, es un nudo caliente y pegajoso. No puede quedarse ni un segundo más allí sin montar una escena.

Tumbado en su cama con las manos detrás de la cabeza, Álvaro mira el techo. Casi no parpadea. Su mente ha quedado atrapada en un bucle del que no quiere salir.

Ha visto a la mujer más hermosa del mundo.

¿Cómo es posible que no se haya fijado antes? Es absurdo, lo sabe. No tiene ningún sentido.

Ahora solo puede revivir la escena en su cabeza: esa mujer rubia se levantó de la tumbona con la elegancia de quien sabe que la observan.

Caminó con paso firme y calculado hasta la ducha, sin prisas, como si cada movimiento fuera parte de una coreografía silenciosa.

Y cuando alzó los brazos para recogerse el cabello, con las gotas de agua brillando en su piel, a Álvaro se le secó la garganta.

No fue solo la imagen perfecta de su silueta contra la luz de la tarde; fue la forma en la que sus ojos buscaron los de él.

Un segundo. Dos. Suficiente para que lo entienda todo.

El instituto, Sonia, Emma, cualquiera de las decenas de chicas que le escriben por redes sociales… Ahora todo le parece ruido de fondo. Porque lo único que importa es lo que vio en esa mirada. Una invitación velada. Un desafío.

Y, sea lo que sea, lo va a descubrir.