La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 35
75%

Capítulo 35

Sonia tiene un problema. Un problema enorme que le provoca una punzada en el estómago, de esos que la obligan a apretar los labios para que nadie note que algo le pasa.

Por un lado, está feliz. No, más que feliz.

Se ha visto con Álvaro en secreto durante varias semanas, robando momentos a la rutina mientras se escondían en rincones oscuros donde solo existen ellos dos.

Su olor, su tacto, su voz…, todo en él es perfecto.

Le hace sentir algo que no puede explicar, algo que le recorre la piel como una descarga eléctrica y le calienta el pecho como una hoguera en mitad del invierno.

¿Eso es el amor? Porque, si no lo es, Sonia no sabe qué otra cosa podría ser.

Pero entonces está el otro lado. La parte que le retuerce el estómago. Emma.

Emma, que es su novia, al fin y al cabo. Emma, a quien Álvaro besa en los pasillos del instituto entre clase y clase, sin importarle si alguien observa. A quien Álvaro abraza sin miedo a lo que digan. Y ella no es Emma, es Sonia. La otra.

Hoy han bajado a las rocas, como tantas otras veces.

Por separado, por supuesto. Álvaro fue claro desde el principio: nadie puede verlos juntos.

Además, nada de mensajes, ni llamadas ni miradas…

En definitiva, como si no se conocieran.

Álvaro borró de inmediato la única conversación que han mantenido por mensaje, esa que Sonia guarda como un tesoro.

—No es el momento —le dijo una vez con su voz tranquila, como si estuviera decidiendo qué pedir en una cafetería y no ocultando una traición.

Se han reunido en su escondite, la pequeña cueva desde la cual pueden ver el planeo de las gaviotas sobre el mar en busca de peces. Es su sitio. Ahí el mundo se reduce a ellos dos. Ahí Sonia puede fingir que no hay secretos, que no hay nadie más.

Pero hoy no puede callarse.

—No me gusta esto —suelta con la mirada fija en las rocas—. Detesto ser… esto.

No desea ser el segundo plato de nadie. No desea vivir a medias.

Entonces Álvaro ha hablado. Y todo ha cambiado.

—Te quiero —dice él con esa voz sinfónica que ella adora.

El mundo se detiene.

Sonia parpadea al sentir que la realidad se pliega a su alrededor. ¿Ha oído bien? ¿De verdad el chico más popular del instituto, el que parece sacado de una serie con actores que solo existen en Hollywood, acaba de confesar que la quiere?

Lo mira esperando que se ría, que reconozca que es broma, que pretendía decir otra cosa. Pero no. Sus ojos azules la observan con una seriedad que le eriza la piel.

—Solo necesito tiempo —continúa él—. No puedo dejar a Emma así, de la noche a la mañana.

Tiempo. Paciencia. Palabras que Sonia odia. Pero las traga, porque la alternativa es perderlo.

—Te esperaré —susurra, aunque la idea la revuelve por dentro.

Cuando regresa a casa, su mente sigue en la cueva, con la sal pegada a la piel y la voz de Álvaro repitiéndose en bucle.

Llama a su amiga Ángela para contárselo.

Ella es la única que sabe el secreto. Tal vez se lo cuente a Irina, pero más adelante.

No repara en el nuevo guardia de seguridad hasta que está a punto de entrar en el portal.

El hombre la observa. Su expresión es neutra, pero hay algo en su mirada que la incomoda. Como si la analizara, como si supiera demasiado. ¿Se habrá dado cuenta? ¿Sabe que ha ido a la playa a verse con Álvaro?

A Sonia le da igual. Tal vez no sea tan malo que se descubra todo.

Álvaro ajusta el peso en la máquina y empuja con calma, fingiendo que no le divierte la admiración de Ismael.

Su nuevo amigo es su sombra allá donde va.

Cuando acabe el verano y vuelvan al instituto, serán los únicos repetidores.

La mayoría de sus amigos empezarán la universidad.

De una forma u otra, parecen destinados a llevarse bien.

—Tío, de verdad, ¿cómo lo haces? —Ismael lo mira desde el banco de al lado—. No es normal, las tías te persiguen.

Álvaro resopla y niega con la cabeza.

—Da igual lo que pase con las chicas. Te recuerdo que tengo novia.

No es del todo mentira, pero tampoco toda la verdad. Sabe que la clave está en parecer fiel. Hablar demasiado sería un error. Por eso nunca lo hace. Es más divertido así. Y más seguro.

Ismael chasquea la lengua, decepcionado.

—Vaya, qué desperdicio.

Álvaro sonríe, pero cambia de tema sin esfuerzo.

—Siempre hablamos de mí. Cuéntame algo sobre ti. Por lo que has comentado otros días, tienes una situación complicada en casa. ¿Te puedo ayudar de alguna manera?

Ismael baja la mirada y aprieta las manos. Y, por primera vez, parece quedarse sin palabras.