La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

El aire es fresco, salobre. Después de tantas semanas encerrada, Sonia siente que volver a caminar por las calles del Cabo de las Huertas es como un renacimiento. El sol de la tarde cae sobre las fachadas de las casas y las tiñe de un tono anaranjado.

Avanza sola, como siempre, con las manos en los bolsillos y los auriculares colgando del cuello. La música ya no suena, pero tampoco le importa. El simple hecho de estar fuera de casa es suficiente.

Mientras camina ve a su vecino Álvaro pasar en bicicleta, pedaleando con esa aura de majestuosidad que lo acompaña.

Su pelo oscuro se agita con el viento, y la camiseta blanca que lleva puesta se le pega levemente a la espalda por el calor.

La rebasa sin mirarla o, al menos, eso cree Sonia.

Pero unos metros más adelante se detiene en seco.

El chirrido de los frenos le provoca una pequeña palpitación en el pecho.

Antes de que pueda reaccionar, él se gira y pedalea de vuelta hacia ella.

—Eh —la saluda con naturalidad con una ligera sonrisa de medio lado—. Eres Sonia, ¿no?

Ella asiente, se le sonrojan las mejillas.

—Vivimos en la misma urbanización —continúa él; ha apoyado un pie en el suelo y sujetado el manillar con una mano—. Pero apenas hemos hablado.

Sonia se encoge de hombros, nerviosa. Su presencia la intimida, no está acostumbrada a tratar con chicos populares.

—¿Te importa si te acompaño un rato? —pregunta Álvaro en un tono que parece despreocupado.

—No… No sé. Quiero decir… —Sonia no está segura de qué responder.

Él no espera a que termine. Se baja de la bicicleta y la empuja a su lado mientras camina con una seguridad que la desconcierta. Su cercanía la pone tensa, pero no es exactamente desagradable.

—Por cierto —dice Álvaro de repente ladeando la cabeza con una expresión divertida—, sé que me mirabas.

A Sonia se le detiene el corazón un segundo.

—¿Qué?

—Por la ventana —explica Álvaro, y agranda la sonrisa—. Creías que no me daba cuenta, ¿verdad?

Sonia siente que la sangre le sube de golpe a la cara. Podría morir ahora mismo. Literalmente.

—Yo…, yo no…

—Tranquila, no me molesta. —Álvaro se detiene y abre su mochila. Saca una libreta, arranca un pequeño trozo de papel y escribe algo con rapidez—. Si quieres conocerme de verdad, solo tienes que decirlo.

Le tiende el papel sin prisa. Sonia lo toma intentando controlar el temblor de los dedos. Antes de que pueda procesar nada más, Álvaro le guiña un ojo, sube de nuevo a la bicicleta y se aleja como si nada.

Sonia mira la nota.

Es su número de teléfono.

Álvaro se sienta en el borde de la cama con el móvil en las manos. La pantalla le ilumina el rostro en la penumbra de su habitación. Un mensaje. Finalmente.

Sonia ha tardado tres días en escribirle. Tres días enteros. Demasiado tiempo. Un récord, en realidad. Casi todas escriben en cuestión de minutos. Si no, al cabo de pocas horas. Nunca tres días. Nunca lo ignoran.

Pero ahí está. El mensaje parpadea en la pantalla como una victoria anticipada:

Hola. Soy Sonia

Tímido. Escueto. Un preludio de lo que puede ser un reto digno de su esfuerzo.

Álvaro sonríe, pero no responde de inmediato.

La deja esperando. Que aprenda. No va a demostrar que ha estado pendiente, aunque lo cierto es que la curiosidad le carcomía la paciencia.

¿Por qué habrá tardado tanto? ¿A qué ha estado jugando?

Porque eso es un juego. Siempre lo es. Un tira y afloja donde él impone las reglas, donde él decide cuándo y cómo.

Sonia se ha hecho de rogar, pero al final ha cedido.

Como todas. Y él, como siempre, ha ganado.

Desliza el dedo por la pantalla para releer las últimas conversaciones con Emma.

Mensajes de una obsesión que empieza a ser un poco…

¿incómoda? No sabe. No quiere pensar en eso.

Emma es su apuesta infalible, su red de seguridad.

Lo adora, lo necesita. Se le nota. A veces incluso le resulta un poco patética.

Pero es útil. Y siempre está ahí para él.

Lo de Sonia será otra cosa. Un secreto. Una vía de escape para divertirse un poco más. Algo diferente.

Suelta el móvil, en la cama y se recuesta con las manos detrás de la cabeza, con la vista clavada en el techo y una sonrisa satisfecha.

Mañana será interesante.