Capítulo 33
Sonia Velasco está atrapada.
El confinamiento es una tortura que se extiende día tras día, sofocante y monótona.
Se ha acostumbrado al silencio eterno de su habitación, al sonido incesante del televisor en el salón y a la sensación de ahogo que le produce la casa.
Su padre no deja de darle órdenes absurdas y de discutir con ella por cualquier tontería.
Al menos se entretiene viendo películas y series con su madrastra, aunque los gustos de Irina, romances mediocres y dramas interminables, son muy distintos de los suyos.
Pero es eso o encerrarse en su cuarto y contar los minutos hasta la cena.
Hasta que llega el siguiente día, igual de interminable que el anterior.
Se tumba en la cama y deja caer la cabeza hacia el borde, con el pelo desparramado hacia el suelo.
En la mesilla, su móvil vibra con notificaciones que ya ni se molesta en revisar.
Nadie tiene nada interesante que decir. Nadie hace absolutamente nada a lo que merezca la pena prestarle atención.
Todos enclaustrados en sus casas colgando retos absurdos en las redes sociales, igual de aburridos que ella.
Con un suspiro, se levanta y se acerca a la ventana.
Es su única vía de escape, su única distracción real.
Desde allí, puede ver la casa de los Sempere.
La suya es más grande, más bonita, más perfecta, pero en ella no vive Álvaro.
Por eso se pasa horas embobada pegada al cristal esperando verlo, aunque sea un momento efímero.
Se fija en su jardín, donde las flores están intactas y el césped perfectamente recortado. Y entonces lo ve.
Álvaro Sempere sale al jardín sin camiseta, con el pelo alborotado y unas gafas de sol que le dan un aire despreocupado.
Se estira, ladea el cuello y levanta los brazos, como si su mayor problema fuera decidir cuánto tiempo pasará al sol.
Sonia siente un nudo en el estómago. Ha oído a demasiadas chicas hablar de él en el instituto, de su sonrisa, de sus clavículas marcadas, de la forma en la que siempre parece saber qué decir.
Es el chico más atractivo del instituto, bueno…
, del universo, y ahora mismo está ahí, a unos metros de ella, completamente ajeno a su mirada furtiva.
Pero entonces, como si la presintiera, Álvaro se gira y la ve.
Sonia se congela. La mente se le queda en blanco cuando él alza una mano y la saluda con una sonrisa, como si fuera lo más natural del mundo. Como si la conociera. Como si estuvieran en el instituto y ella no fuera la chica que pasa desapercibida por los pasillos.
Su reacción es inmediata y estúpida: corre la cortina de un tirón y se aparta de la ventana con el corazón desbocado. Se lleva las manos a la cara y suelta una risa nerviosa.
Acaba de hacer el ridículo.
Y peor aún: Álvaro Sempere lo ha visto.
Emma Lago nunca había sido una persona nostálgica; no tenía tiempo para eso.
Su vida se componía de planes bien trazados, una rutina cuidadosamente equilibrada entre clases de baile, instituto y tardes con Álvaro.
Todo eso se ha desmoronado con la llegada del virus.
Ahora, atrapada entre las cuatro paredes de su cuarto, siente que se ha desdibujado, como si una parte de ella se hubiese quedado suspendida en un limbo del que no sabe cómo salir.
Maldice el momento en que todo eso comenzó.
En el maldito instante en el que su vida perfecta se convirtió en una sucesión de días idénticos sin más emoción que las notificaciones en su móvil y las videollamadas con Álvaro, donde se esfuerza por sonreír para que no la note tan miserable. Pero no es lo mismo. No es suficiente.
Apoya la cabeza en la pared y se reclina con el teléfono sobre el pecho.
Sus ojos recorren la habitación sin ver realmente nada hasta que se detienen en una caja de madera oculta entre los libros de la estantería.
Su caja de recuerdos. Se levanta y la toma entre las manos con la misma reverencia con la que se acaricia una herida que aún escuece.
Dentro, entre entradas de cine, tíquets de restaurantes y una flor marchita, encuentra la nota. Una hoja doblada con los bordes algo gastados, donde Álvaro escribió con su caligrafía inclinada: «Gracias por una tarde maravillosa».
Emma desliza los dedos sobre la tinta. Cierra los ojos y trata de evocarlo: el sonido de su risa, el calor de su piel contra la suya, el roce de sus labios en la curva de su cuello.
Cuando todo eso termine, le preparará una sorpresa. Algo grande. Algo que les haga recuperar cuanto han perdido. Pero, por ahora, solo puede aferrarse a esa nota y al recuerdo de lo que fueron.