Capítulo 32
Álvaro siente el pulso en las sienes, un latido irregular que amenaza con delatarlo. Le duele mucho la cabeza, tanto que le cuesta pensar con claridad.
Desde que su madre subió a su habitación y le dijo que el inspector Somoza y la inspectora Siles lo esperaban abajo, no tiene otra cosa en mente.
La actitud de su madre, despreciando constantemente a los agentes, no lo ayuda en absoluto.
Desearía que se callara y se fuese. No la quiere cerca; en realidad, no la soporta desde hace tiempo.
Desde que lo trata como si fuera su juguete y lo avergüenza cada vez que la oye hablar sobre él.
Sabía que eso ocurriría tarde o temprano.
Esa sensación lo ha perseguido como una sombra.
No ha dormido. No ha comido. Tan solo ha permanecido en su cuarto tumbado en la cama mirando al techo y escuchando su propia respiración agitada.
Incluso le pidió a su hermano que lo dejase solo cuando insistió en dormir en su habitación como cuando eran pequeños.
Confesar. Esa es la única salida. Lo tiene claro.
No hay escapatoria esta vez. Pero si lo hace…
, si dice todo lo que sabe, supondría empujar a Emma al abismo.
Y no quiere. No después de lo que han pasado.
No después de lo mal que se ha portado con ella y de ver sus lágrimas durante días en la cabaña.
Cierra los ojos y se esfuerza por contener el pánico que le entumece el pecho.
No puede venirse abajo ahora. Si pierde el control, si deja que su nerviosismo lo domine, lo aplastarán como una hoja seca bajo un zapato.
Ese inspector parece implacable. No ha hablado aún con él, pero lo ha visto varias veces en la comisaría y eso le basta para saber qué tipo de persona es: de las que no se detienen ante nada ni ante nadie.
Lo teme y cree que no puede hacer nada para evitar lo que va a suceder.
Se levanta de la cama y, con un suspiro, se pasa una mano por el pelo. No puede seguir postergándolo. Es ahora o nunca.
Cuando baja la escalera, el sonido de sus propios pasos le parece demasiado fuerte, como si, con cada peldaño que pisa, el suelo gritara su culpa.
Desde el pasillo, ve a su padre en el salón, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.
Junto a él, dos figuras esperan en silencio.
El inspector Somoza y la inspectora Siles.
Ambos giran la cabeza para observarlo en cuanto accede a la estancia.
Intenta sonreír. Intenta parecer tranquilo.
Pero es difícil.
Gabriel y Patricia se acercan a la verdad.
Con una breve inspección del maletero, la Policía Científica ha determinado que en la furgoneta de Iván Reyes había humus de lombriz.
También restos de sangre de Sonia Velasco.
Eso, sumado a que en la ropa que Álvaro y Emma llevaban puesta cuando regresaron del secuestro también había restos de humus, confirma que los tres estuvieron en esa furgoneta en algún momento, ya fuera juntos, ya por separado.
Pero Gabriel tiene algo más. Una prueba crucial. Una que ha obtenido porque sabía exactamente dónde buscar. Nadie había sopesado esa posibilidad, salvo él. Cuando se lo contó a Patricia, ella puso los ojos como platos. De repente, las piezas parecían encajar.
Ahora, ambos se encuentran en la casa de los Sempere.
La tensión es palpable en el aire, aunque traten de ocultarla tras un velo de formalidad.
Álvaro está sentado en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula tensa.
No mira a Gabriel, sino a Patricia, como si esperara que ella lo protegiera de lo que viene.
—¿Qué tal estás, Álvaro? ¿Has podido descansar? —pregunta Gabriel en un tono amable.
—Sí. Me hacía falta, la verdad.
Gabriel asiente y se palmea las rodillas.
—Me gustaría repasar contigo el caso. Hay algunas preguntas que quiero hacerte.
—De acuerdo.
Marta, la madre de Álvaro, interrumpe la conversación.
—¿No le da vergüenza molestar a mi hijo después de todo lo que ha pasado?
Jorge se acerca a ella y la agarra por los hombros. Gabriel no contesta. Espera que su marido la calme y se la lleve de allí. Los dos desaparecen al cerrarse la puerta de la cocina, donde ya esperaba Asier, el hermano de Álvaro.
—Seré breve, lo prometo —anuncia Gabriel cuando los tres se han quedado solos en el salón—. ¿Tenías una relación con Sonia Velasco? —pregunta a bocajarro.
Álvaro medita su respuesta.
—No exactamente. Yo le gustaba, pero tengo novia.
—Ya. Lo que pasa es que no te creo, Álvaro. Y detesto que me mientan.
Se produce una pausa. Álvaro reflexiona de nuevo antes de contestar.
—Mire… Es complicado. Sí. Nos veíamos de vez en cuando, pero no quiero que Emma se entere. No después de todo lo que hemos sufrido. Y Sonia está muerta, no va a cambiar nada.
Ahora es Gabriel quien necesita una pausa para contenerse. Tiene que respirar hondo para no agarrarlo por el cuello. Patricia se da cuenta e interviene.
—No nos hagas perder el tiempo —dice—. Limítate a contestar lo que te preguntemos. ¿De acuerdo?
Álvaro aprieta los labios. Alterna la mirada entre Patricia y Gabriel como si no supiese por dónde va a recibir el golpe.
—Vale —murmura al final—. Salíamos. Pero no era nada serio. Solo… —Hace un gesto vago con las manos—. Nos gustábamos, supongo.
Gabriel asiente, como si esperara esa respuesta.
—¿Alguna vez estuviste con Sonia en su casa? A escondidas.
El cambio es inmediato. Álvaro se endereza, la incomodidad se retrata en cada músculo de su cuerpo.
—No. Nunca.
La negación ha sido demasiado rápida. Demasiado firme. Gabriel saca una bolsa de pruebas del bolsillo y la deja en la mesa. Un collar con un diente de marfil.
—Lo encontré en la habitación de Sonia —revela arqueando las cejas.
Álvaro se queda inmóvil. Clava los ojos en el collar como si acabaran de desenmascararlo. Se pasa la lengua por los labios resecos. Traga saliva. Al final, deja escapar un suspiro resignado.
—No —balbucea—. Como le digo, nunca estuve en su casa. No me atrevía. Su padre es… Creo que lo conocen… Me habría matado de haberse enterado. Siempre nos veíamos fuera, en la playa o en la… ¡Yo qué sé!, en cualquier sitio menos allí.
—Entonces ¿cómo explicas que Sonia tuviera tu collar? —pregunta Gabriel.
—Debió de caérseme alguna de las veces que nos vimos. Solíamos hacerlo con prisa porque nos escondíamos todo el rato. Supongo que Sonia lo vio, lo cogió y no me dijo nada.
Gabriel le sostiene la mirada por un largo segundo. Solo hay un motivo por el que Álvaro le mentiría sobre el collar y sobre su presencia en casa de Sonia: que esté encubriendo la verdad.
Luego, sin decir una palabra, gira la cabeza hacia Patricia.
Él sabe cuál es esa verdad.
Han resuelto el caso.