La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Gabriel se despereza en su silla y parpadea un par de veces para despejarse. Han sido horas intensas, pero al menos ha podido dormir un poco. Se ha turnado con Patricia para descansar algunas horas. Ambos lo necesitaban.

Tras tomar las muestras de ADN y debido a la presión del comisario Urriaga, se ha permitido a Álvaro y a Emma volver a casa con sus respectivos padres.

Les han pedido que no hablen con la prensa, aunque será difícil.

David Velasco continúa siendo el sospechoso principal al haber hallado ADN de los tres adolescentes, además de restos de sangre de Sonia, en una furgoneta de su propiedad.

Sin embargo, Gabriel sigue convencido de que esa no es la respuesta para ese caso.

El comisario Urriaga le ha llamado personalmente para pedirle que baje el ritmo y que espere al juicio de David, pero eso no va a suceder. De ninguna manera. Solo lo hará cuando esté seguro de haber hallado la verdad.

Patricia entra en su despacho con los ojos entornados, el pelo enredado y el gesto de quien acaba de despertarse en una silla incómoda.

—¿Alguna novedad? —murmura a modo de saludo.

Deja dos cafés en la mesa del despacho de Gabriel y le desliza uno. Él se lo agradece con un gesto y, a su vez, le tiende una carpeta con el sello de la Unidad Científica. Se toma unos segundos para medir sus palabras antes de hablar.

—Ya tenemos los resultados del coche de Miguel Lago. Han encontrado ADN de Marta Ríos en el interior. Eso confirma que, al menos, estuvieron juntos en algún momento dentro del vehículo. Así pues, parece que sí se veían a escondidas.

Patricia se frota los ojos y coge el informe.

—¿Y en el maletero?

—Restos de tierra y hojas de ficus. Pero nada de humus de lombriz.

Patricia chasquea la lengua y cierra la carpeta con fastidio. Sabe lo que eso significa.

—Curioso, ¿no crees?

Gabriel junta las manos y niega con la cabeza.

—Una coincidencia, sin más. Sería imposible que Miguel limpiase el maletero y no dejase restos de humus pero sí de tierra y hojas.

Por no hablar del ADN de Sonia o restos de sangre.

No, Miguel no es nuestro hombre. Y si lo es, no usó ese coche para transportar el cuerpo.

Lo que ya sabíamos, porque el vehículo no salió de la urbanización desde que desaparecieron los chicos. Solo cuando nosotros nos lo llevamos.

Se toma un segundo y da un sorbo al café.

—La única posibilidad de que Sonia hubiese estado en ese coche es que lo hubiera hecho antes de que Daniela viniera a la comisaría y denunciara la desaparición.

Hubo un momento, esa misma noche, en el que Miguel tuvo ocasión de hacerlo, cuando aseguró que había salido a dar una vuelta con el coche y pretendía encontrarse con Marta en un hotel de Bonalba.

—Pero no habría tenido tiempo de limpiar el maletero —añade Patricia.

—¿Posible? Tal vez, pero muy poco probable.

Por eso creo que se trata de una coincidencia.

Me fijé en su jardín cuando estuve en su casa.

Tenía un montón de bonsáis muy bien cuidados, y no me consta que tengan jardinero.

Seguramente a Miguel le entretenga la jardinería y por eso han aparecido tierra y hojas en su maletero.

—Debo confesar que su situación económica me hace sospechar. Puede que, de algún modo, esté implicado en todo esto. Es quien más razones tiene. No deberíamos descartarlo tan a la ligera —sugiere Patricia.

—Sabes que nunca descarto a nadie —apunta Gabriel.

La inspectora lo observa con los ojos enrojecidos y la cara hinchada mientras se frota las sienes como si tratara de ahuyentar el cansancio.

—¿Qué tienes en mente? —pregunta.

—Hablar con Álvaro y Emma. Personalmente. Ahora que están a salvo, quiero oír su versión de lo que pasó allí.

Patricia deja escapar un suspiro.

—No les va a sentar nada bien.

—No les haré venir a comisaría. Iré yo al Cabo de las Huertas. ¿Me acompañas?

Patricia esboza una sonrisa que a Gabriel le sirve como respuesta. Después le cuenta lo que tiene pensado hacer para demostrar su teoría mientras ella lo escucha con atención.

Están a punto de levantarse cuando el teléfono de Gabriel vibra sobre su escritorio con insistencia. Ambos intercambian una mirada antes de que él conteste.

—Diga.

La voz al otro lado es directa, tensa.

—Inspector, hemos encontrado la furgoneta de Iván Reyes.

Gabriel aprieta los labios.

—¿Dónde?

—Aparcada cerca del puerto de Alicante.

Silencio. Patricia se endereza en su asiento. Gabriel cierra la carpeta con calma, pero su mente ya va unos pasos por delante.

—No la toquéis. Os envío una grúa ya mismo para que la remolque hasta aquí —dice, y cuelga sin esperar respuesta.

Patricia se pone en pie, agotada pero alerta. Ha escuchado la conversación.

—Esto no cambia nada. Vamos a esperar a que hagan una primera inspección. Les indicaremos lo que tienen que buscar y será más rápido. También voy a pedir que comprueben lo que te he dicho y después iremos a la urbanización —sentencia Gabriel.

Ismael avanza por el estrecho pasillo del autobús con el corazón golpeándole el pecho.

Hace horas que intenta calmarse, se dice que todo está en su cabeza, pero cada vez que el vehículo se detiene y alguien sube, un nuevo escalofrío le recorre la espalda.

No ha sido capaz de quitarse de la cabeza al hombre del asiento de atrás.

Lo ha sorprendido mirándolo tres veces. O quizá cuatro.

Su mirada no era casual. No era una de esas que se cruzan sin querer en un viaje largo.

Era algo más. Una inspección cuidadosa. Primero a él.

Luego a la mochila que tiene en el regazo.

Por eso ha decidido bajarse antes. En Córdoba.

Lo ha hecho de forma impulsiva, casi sin pensarlo, antes de que el miedo lo paralizara.

Pero en cuanto pone un pie en la estación y nota el aire frío de la madrugada pegándose a su piel, entiende que ha cometido un error.

Hace días robó el DNI a un compañero del instituto durante la clase de educación física.

Entró en el vestuario con la excusa de ir al aseo y se lo cogió.

Eligió a ese chico porque guarda cierto parecido con él y también porque consideró que no se daría cuenta.

Si todo va bien, le servirá para cruzar la frontera de Portugal. Nadie comprobará que ese documento no es suyo, o eso cree. Pero antes debe llegar a la frontera, y ahora tiene un problema.

Dos policías municipales están de pie junto a la entrada de la estación. Aunque no hablan, uno de ellos lo está observando. Ismael siente un zumbido en los oídos. ¿Lo han descubierto? ¿Tan pronto? Sabía que la policía iría detrás de él, pero pensaba que tendría al menos un día o dos de ventaja.

Baja la cabeza y se pone de nuevo la capucha de la sudadera. Le tiemblan las manos. Sujeta la mochila con fuerza, como si alguien fuera a arrebatársela en cualquier momento. No puede quedarse ahí.

Mira a su alrededor en busca de una salida rápida. La estación está poco iluminada y casi vacía a esas horas. Solo un par de viajeros dispersos y el viejo guardia de seguridad apoyado contra la pared con la mirada fija en su móvil. Nadie parece prestarle atención. Excepto los agentes.

Un paso. Luego otro. Intenta caminar con calma, pero respira de manera irregular y la nuca le arde como si un foco invisible lo estuviera apuntando.

El miedo lo sacude de golpe cuando uno de los policías se mueve. No va hacia él, pero eso no importa. La adrenalina le dice que es cuestión de tiempo. Si se queda ahí un minuto más, si lo miran otra vez, si deciden acercarse…

Echa a correr.