La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Gabriel Somoza aparca en una calle angosta del complejo Vistahermosa y observa la casa de Iván Reyes.

Una planta baja con la fachada desconchada y una persiana a medio bajar que deja entrever una ventana cubierta de polvo.

El jardín delantero es lo único que parece estar cuidado de todo el entorno.

El señor Reyes dispone de un pequeño huerto.

A Gabriel lo invade el olor a tierra húmeda.

Camina hasta la entrada y presiona el timbre.

Un sonido estridente resuena en el interior.

Iván Reyes tarda en abrir. Gabriel oye arrastrar algo pesado antes de que la puerta ceda unos centímetros.

Un hombre delgado de pelo grisáceo y barba descuidada asoma la cabeza.

Según los registros, apenas tiene cuarenta años, pero su aspecto lo hace parecer mayor.

Se apoya en unas muletas, y cuando abre un poco más, Gabriel se fija en que tiene amputada la pierna derecha.

—Es muy tarde —se queja Iván—. ¿Quién es usted?

—Soy el inspector Gabriel Somoza de la Policía Nacional. —Gabriel le muestra su placa—. Necesito hablar con usted.

El hombre lo observa con cautela antes de hacerse a un lado.

Gabriel entra. La casa es pequeña y de techo bajo, con una luz tenue que apenas ilumina los muebles viejos y las paredes con pintura desgastada.

El aire está cargado de olor a tabaco rancio y algo más…

, un rastro agrio, quizá restos de alcohol seco sobre la mesa de centro.

Iván se desplaza con torpeza hasta una butaca con el asiento hundido.

—¿Qué quiere?

—Según nos consta, es el dueño de esta furgoneta —dice Gabriel, y le enseña una fotografía donde se ve la matrícula.

El hombre la mira un instante y después asiente.

—Ha aparecido en unas grabaciones. Concretamente en las inmediaciones de un lugar desde el que se envió un paquete hace unos días.

Iván resopla y se señala el muslo derecho.

—¿Y cree que fui yo? Hace tiempo que no la cojo.

—¿Quién la usa entonces?

—Mi sobrino, Ismael. Se sacó el carnet hace poco. Se la presto cuando le hace falta. Sus padres no lo tratan muy bien y lo ayudo en lo que puedo, que no es mucho.

—¿Sabe dónde está Ismael? —inquiere Gabriel.

—Pues en su casa, supongo.

—¿Y la furgoneta? ¿Está aquí?

Iván se encoge de hombros.

—Hace días que no la veo. Como la deja aparcada en la calle, a veces desaparece un tiempo y no me doy cuenta.

Hace unos días la cogió porque le pedí que fuera a comprar un fertilizante que necesitaba para el huerto.

Pero casi nunca me avisa cuando se la lleva; tampoco es que yo la necesite.

La conservé después de perder la pierna, para poder ir al médico cuando me toca revisión y cargar la silla de ruedas. Mi sobrino suele llevarme.

Gabriel analiza sus gestos.

—Creemos que Ismael ha estado acudiendo recientemente a una cabaña de madera ubicada en Agost. ¿Le dice algo ese lugar?

Iván se yergue. Se muestra sorprendido por la información recibida.

—Creo que sé qué cabaña es. Un amigo mío vivía allí hace años.

Bernardo, que en paz descanse. Pero está abandonada desde hace mucho tiempo.

El año pasado llevé a mi sobrino allí para que me echase una mano.

A veces busco chatarra para sacar algo de dinero, y recordaba que en el terreno de esa cabaña había unas tuberías de cobre apiladas que me podían servir.

Cuando llegué ya no estaban. Lo que no entiendo es qué ha ido a hacer mi sobrino a ese lugar.

Gabriel se toma unos segundos para procesar la información.

—¿No ha hablado con él últimamente?

—Pues la verdad es que no. Creí que estaba por ahí, con alguna chica. No es la primera vez que se lleva la furgoneta unos días.

Gabriel mantiene la mirada fija en él. No parpadea. De repente, se levanta.

—Gracias, Iván. No le molesto más.

Ni siquiera espera a que el hombre lo acompañe hasta la puerta.

Abandona la casa sin perder ni un segundo y se sube a su coche, desde donde se propone realizar una llamada a comisaría.

Según le han informado antes de visitar a Iván Reyes, Ismael tampoco estaba en su casa. Va a pedir que revisen todas las cámaras de tráfico y que encuentren la furgoneta, que envíen la foto de Ismael a la Guardia Civil que controla las fronteras y que se emita una orden de detención.

Dará con él. Está seguro.

A la mañana siguiente, Irina se despierta sintiendo la pesadez de una noche de sueño irregular. No ha dormido bien, pero al menos ha descansado algo. Aun así, la sensación de vacío sigue ahí, como una sombra adherida a su piel.

Se sienta en el borde de la cama y se frota la cara con las manos. La casa se le antoja demasiado grande para ella sola. Daría lo que fuera para que todo volviera a ser como antes.

Con un suspiro, se pone en pie, toma el mando a distancia y enciende el televisor.

La pantalla parpadea un instante antes de llenarse con la imagen de un reportero de pie frente a la comisaría.

En la parte inferior, las letras rojas resaltan sobre el fondo blanco: «Los jóvenes desaparecidos, hallados con vida».

Irina entrecierra los ojos, aturdida. La cámara cambia a una grabación de hace apenas unas horas: dos figuras envueltas en mantas térmicas bajan de una furgoneta de la policía. Avanzan con pasos inseguros, los rostros pálidos, marcados por el miedo y el agotamiento. Son Álvaro y Emma.

Un nudo le sube por la garganta.

Han sobrevivido. Los han encontrado. Se alegra y se estremece al ver las imágenes, pero no puede olvidar lo sucedido.

Sonia no está con ellos. Nunca volverá a estarlo.