Capítulo 29
Las manecillas del reloj marcan las dos y veinte de la madrugada.
Gabriel observa cómo Patricia se frota los ojos y estira el cuello tratando de aliviar la tensión acumulada.
La cabaña donde han estado retenidos Álvaro y Emma es propiedad de una entidad bancaria desde hace seis años, cuando se la embargaron a Bernardo Cortés, un hombre que falleció a comienzos de año.
Gabriel se ha reunido con Patricia en el despacho de ella. Acaban de interrogar a Jorge Sempere, que les ha contado cómo Carmela, su asistenta, le dio la nota con las nuevas instrucciones para pagar el rescate.
—¿Lo crees? —pregunta Patricia.
Gabriel tiene el puño apretado apoyado sobre los labios.
—No se puede negar que, de ser verdad, el hombre ha actuado con determinación —dice, y mueve la silla para sentarse frente a Patricia—. No solo consiguió el dinero, que no ha debido de ser fácil, sino que, además, lo entregó sin que nos diéramos cuenta.
Hace una pausa y se inclina ligeramente sobre el escritorio.
—Sospechaba que algo así iba a suceder —continúa—. Y quizá sea la pieza que me falta.
Patricia ladea la cabeza analizándolo.
—¿Sigues pensando que…?
—Sí —la interrumpe Gabriel—. Totalmente. Y lo voy a demostrar.
Un golpe en la puerta corta la conversación. Un agente del departamento de Pericias Informáticas asoma la cabeza, el rostro iluminado por la luz azulada de una tablet.
—Hemos conseguido mejorar la imagen de la furgoneta —anuncia sin rodeos—. Ya tenemos el número de la matrícula.
El aire en el despacho se vuelve más denso. Patricia toma la tablet y Gabriel se inclina para mirar la imagen. La placa es clara. Nítida.
—Pertenece a Iván Reyes —añade el agente.
Un silencio gélido se instala en la habitación.
Patricia frunce el ceño y baja la vista hasta los papeles desperdigados sobre su escritorio.
Su respiración se vuelve más rápida mientras busca algo, revolviendo hojas con inquietud.
Se detiene cuando encuentra lo que quería.
Con un dedo lo señala para que Gabriel lo mire.
Es un nombre escrito a mano. El de Ismael Reyes.
—Compruébalo —sugiere Gabriel, y con un gesto de la cabeza señala el ordenador.
Patricia se recoloca en su asiento y comienza a teclear. Unos segundos después, levanta la vista hacia Gabriel.
—Es su tío. Lo tenemos.
Gabriel no pierde el tiempo. Se endereza y recupera su chaqueta del respaldo de la silla. Ya está en la puerta antes de que Patricia pueda reaccionar.
—Voy a buscar a Iván Reyes ahora mismo. Envía un par de agentes a casa de Ismael. Si no lo encuentran, diles que me llamen inmediatamente —pide Gabriel.
Patricia asiente, aunque su atención ya se ha desviado a otra tarea.
—Yo me quedaré aquí. Conseguiré las muestras de ADN de los padres de Álvaro y de Emma.
Gabriel no dice nada más. Solo asiente antes de salir. Sus pasos resuenan en el pasillo vacío. Es tarde, está agotado, pero la adrenalina en la sangre lo mantiene alerta.
El tiempo corre en su contra.
Miguel Lago cruza los brazos sobre el pecho y se recuesta en la silla visiblemente irritado.
La pequeña sala de interrogatorios iluminada por una luz blanca y fría le da la sensación de estar en una pecera.
No puede creer que, después de todo lo que ha pasado, después del infierno de las últimas horas, ahora tenga que lidiar con esto.
—¿Mi ADN? —repite con un dejo de incredulidad en la voz—. ¿De verdad cree que yo…?
Patricia Siles, impasible, le sostiene la mirada desde el otro lado de la mesa.
—Es un procedimiento habitual —dice con calma—. Todos los familiares cercanos de los secuestrados deben aportar una muestra. Espero que lo entienda.
Miguel se pasa una mano por el rostro, exhala con frustración y murmura algo que parece ofender a la inspectora.
—Se trata de la investigación del secuestro de su propia hija. ¿No quiere colaborar? —añade Patricia elevando el tono.
El hombre cierra los ojos un instante. No tiene opción. No le hace falta tomarse un tiempo para evaluar su respuesta. Solo puede recular.
—Está bien —masculla al fin—. Hágalo.
Patricia no reacciona ni con un ápice de satisfacción. Simplemente asiente, toma el bastoncillo y lo introduce en la boca de Miguel. Él desliza los dedos sobre la mesa, ansioso por terminar de una vez.
La inspectora guarda el bastón en su correspondiente bolsa transparente.
—¿Cuándo podré recuperar mi coche? —pregunta Miguel en el tono de quien ya sabe la respuesta pero necesita oírla de todas formas—. Quiero irme a casa con mi familia y descansar. No podemos más.
Patricia hojea unas páginas en su carpeta antes de contestar.
—Mañana por la mañana habremos terminado de inspeccionar su vehículo —dice—. Para entonces tendremos los resultados.
No añade nada. No le ofrece consuelo ni falsas esperanzas. Solo datos fríos, respuestas concisas. Miguel siente la carga de su propio agotamiento aplastándole los hombros. Se pasa la lengua por los labios resecos y asiente con un gesto tenso.
—¿Podemos, al menos, coger un taxi y esperar en casa?
Patricia chasquea la lengua.
—Lo siento, pero tengo que pedirles que se queden un rato más. Es importante de cara a la investigación. Terminaremos pronto, se lo prometo.