Capítulo 28
El coche avanza con dificultad por el camino de tierra levantando una nube de polvo a su paso.
A través del parabrisas, Gabriel Somoza observa la silueta de la cabaña, que emerge entre la maleza.
Es un lugar olvidado, aislado del mundo.
Apenas visible desde la carretera más cercana, oculta entre los árboles como si su existencia fuera un secreto que alguien hubiese querido enterrar.
La policía local de Agost llegó hasta ahí gracias a las instrucciones de Álvaro Sempere, y ahora Gabriel está a punto de cruzar la puerta que los mantuvo encerrados.
Detiene el coche a unos metros de la entrada y baja, sintiendo el crujido de la grava bajo las botas.
El olor es particular, cargado de humedad y de algún tipo de producto químico que no es capaz de identificar.
Con una linterna en la mano, se acerca a la estructura.
La cabaña está en mal estado, con tablones clavados a la fuerza en las ventanas, como si alguien hubiera querido sellarla.
La puerta está entreabierta y un grueso candado cuelga en su parte exterior.
Los goznes oxidados gimen cuando Gabriel la empuja con el dorso de la mano.
No ha acudido solo. Un equipo de la Policía Científica lo acompaña.
Los agentes esperan a que dé el visto bueno para ponerse a trabajar.
Dentro, la penumbra lo envuelve. Un hedor rancio flota en el aire, una mezcla de moho, madera podrida y algo más reciente: restos de comida descomponiéndose en un rincón.
La luz de la linterna se desliza sobre un colchón tirado en el suelo cubierto con una manta delgada y sucia.
Una botella de agua a medio consumir se vislumbra a un lado, junto a varios envoltorios de barritas energéticas.
Se coloca unos guantes, se agacha y pasa los dedos por el suelo, observa el polvo adherirse al vinilo.
Se endereza y sigue explorando. Su mirada afilada busca algo que confirme lo que ya intuye. Algo que aún no ha dicho en voz alta, pero que dirá en cuanto pueda demostrarlo.
En la pared opuesta, junto a una de las ventanas tapiadas, algo llama su atención. Se acerca y descubre que es un interruptor oculto tras el saliente del marco de la ventana.
Lo pulsa. Nada.
O eso cree hasta que uno de los agentes que lo acompaña habla desde la puerta.
—Inspector, aquí fuera se ha encendido una bombilla.
Gabriel se da la vuelta y sale. Sobre la puerta, casi oculta entre las láminas de madera, una bombilla parpadea débilmente. Es un detalle nimio pero suficiente. Se le tensa la mandíbula. Eso encaja. No puede demostrarlo. No todavía. Con todo, le sirve para afianzar aún más sus sospechas.
No hay luces en el interior de la cabaña. No hay ninguna bombilla dentro. Sin embargo, sí hay una fuera.
Mira a los agentes que esperan instrucciones y exhala despacio al tiempo que prepara su siguiente movimiento.
Está cerca. Lo sabe.
Emma Lago está sentada en la fría sala de la comisaría sintiendo el roce constante de los brazos de su madre.
Daniela la envuelve como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo.
No deja de besarle la mejilla, de murmurarle palabras de alivio y cariño que Emma no termina de procesar.
No consigue reaccionar. Su cuerpo está ahí, en ese lugar asfixiante, pero su mente sigue atrapada en otro sitio.
En la cabaña. En la oscuridad. En los segundos eternos en los que creyó que no saldría con vida o que de hacerlo tendría que lidiar con la culpa.
El remordimiento no sería suficiente para justificar lo que hizo.
La inspectora Siles la ha interrogado hace unos minutos y, desde que salió de la sala, Emma repasa sin cesar sus respuestas.
Ha dicho lo que acordó con Álvaro. Todo encaja, en teoría.
Pero ¿y si los nervios la han traicionado?
¿Y si ha dejado escapar algo sin darse cuenta?
Una mirada, un titubeo, una pausa demasiado larga.
Se muerde el labio y baja la vista hacia las manos entrelazadas.
Su padre, Miguel, está sentado frente a ella.
Inmóvil. Callado. Su expresión es difícil de leer; aun así, hay algo en sus pupilas que la inquieta.
Quiere creer que está contento de verla, que siente alivio.
Pero no es solo eso. Hay una sombra en sus ojos, una preocupación que va más allá de su secuestro.
Sus padres no se miran. La tensión entre ellos es más que evidente. No es la misma de siempre, la que ella ya ha normalizado desde hace años. Es diferente. Más densa, más oscura. Algo ha pasado mientras ella no estaba. Algo que ninguno de los dos menciona.
El silencio se vuelve insoportable. Emma levanta la vista y mira a su padre directamente.
—¿Cómo pagaste el rescate? —pregunta cuando esa idea le viene a la cabeza.
No hay respuesta. Daniela deja de acariciarle la cabeza. Miguel tarda en reaccionar, pero el modo en que aprieta la mandíbula le dice a Emma lo que quiere saber aunque él calle.
Su padre no pagó el rescate.
La invade el odio. No puede creer que su propio padre le haya fallado.
El autobús en el que viaja Ismael Reyes avanza por la carretera oscura.
El ruido del motor suena amortiguado por el murmullo de los pasajeros y el golpeteo rítmico de la lluvia contra las ventanillas.
Ismael mantiene la cabeza oculta bajo la capucha de la sudadera, hundido en su asiento junto a la ventanilla mientras observa las luces dispersas de los pueblos que quedan atrás.
Sus manos descansan sobre la mochila que sostiene en el regazo.
Dentro, el dinero que ha obtenido del rescate.
Su salvoconducto. Su única garantía de supervivencia ahora que su vida anterior ha finalizado.
No siente culpa. Ni siquiera un atisbo de remordimiento cuando recuerda la expresión desesperada de Jorge Sempere en las lagunas de Rabasa.
Lo observó en la distancia escondido tras los matorrales.
Vio cómo introducía la bolsa con el dinero en el lugar que él había dispuesto para tal fin.
Pobre idiota. Ismael esperó a que se marchase antes de recogerla y revisar su contenido.
Luego, como si nada, volvió a la cabaña y liberó a Álvaro y a Emma.
Ahora, sentado en un autobús con destino a Sevilla, repasa mentalmente cada detalle.
Dejó la furgoneta de su tío cerca del puerto de Alicante, en una calle donde pasaría desapercibida al menos unas horas más.
Caminó hasta la estación, pagó el billete en efectivo y no levantó sospechas.
Nadie lo ha seguido. Nadie lo ha detenido. Aún.
Mira el reloj. Todavía quedan horas de viaje.
Si todo sale bien, por la mañana cruzará la frontera a Portugal.
Allí podrá desaparecer, encontrar una forma de salir de Europa si es necesario.
No tiene intención de volver en un futuro.
No hay nada en España que lo retenga. Su casa, sus padres…
Jamás debió confiar en que las cosas mejorarían. Nunca lo hicieron. Nunca lo harán.
Pero él no es como los demás. Él es más listo.
Por eso, cuando leyó aquel artículo sobre el inspector Gabriel Somoza, supo que debía largarse antes de que fuera demasiado tarde.
Un hombre así no deja cabos sueltos. Lo dedujo por la forma en que lo describían en la prensa: metódico, implacable, el tipo de policía que desentraña la verdad sin importar lo bien que esta se haya escondido.
Ismael no esperará a comprobarlo. Tampoco se siente culpable por no haber cumplido su parte del trato al no repartir el dinero.
Sabe que intentarán culparlo por la muerte de Sonia y no está dispuesto a pasar por eso.
Aprieta la correa de la mochila con más fuerza y respira hondo. Ya no hay vuelta atrás. La carretera se extiende ante él como una herida oscura en la noche y, al final, la libertad. O, al menos, eso es lo que se repite a sí mismo.
Porque si algo ha aprendido es que no se puede confiar en nadie. Tampoco en su propia suerte.