La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Gabriel apenas levanta la vista cuando Patricia entra en la sala.

Está de pie frente al mural de pruebas, con las manos apoyadas en la mesa, repasando una vez más la secuencia de los hechos.

Pósits con fechas y nombres, fotografías de los adolescentes desaparecidos, capturas de cámaras de seguridad y anotaciones a mano cubren la pared como un mapa de conexiones aún por descifrar.

La voz de Patricia rompe su concentración.

—Hemos recibido una llamada de la policía municipal de Agost —anuncia sin preámbulos. Su tono transmite ansiedad—. Un agente ha encontrado a dos adolescentes en una gasolinera. Dicen que han estado secuestrados varios días y que lograron escapar. Se identificaron como Emma Lago y Álvaro Sempere.

Gabriel parpadea asimilando la información.

No reacciona de inmediato. El golpe de adrenalina que debería haber sentido en un caso como ese no llega.

En su lugar, una sensación de certeza se desliza por su mente, como si acabara de encajar la última pieza de un rompecabezas que llevaba días armando.

—¿Están heridos? —pregunta a la vez que se gira para mirar a Patricia.

—No han entrado en detalles. Parecen demacrados, agotados…, pero vivos.

Vivos. Eso debería bastar. Y, sin embargo, no es suficiente.

Gabriel desliza la mirada hacia el mural. Todo está ahí. Las pistas que han encontrado, los cabos sueltos que parecían no llevar a ninguna parte. Ahora, con esa nueva información, el cuadro empieza a tomar forma para él.

—Avisa a ese agente de que vamos para allá —dice Gabriel, y se dirige al perchero tras la puerta para coger su abrigo.

—No es necesario. Vienen de camino —advierte Patricia.

Gabriel se detiene un instante.

—Bien. Quédate aquí mientras voy a Agost. Envíame la dirección y habla con ese agente. Necesito que nos ayuden a localizar el lugar donde los dos chicos estaban retenidos.

Patricia asiente y Gabriel desaparece con paso firme. Tiene la certeza de no equivocarse. Todo encaja. Solo necesita poder demostrarlo.

Álvaro se estremece bajo la manta térmica.

El calor no lo alcanza. Tiene frío en los huesos, un frío que no se disipa a pesar de encontrarse a salvo.

En la puerta de la comisaría ha visto cómo unos agentes intentaban controlar a una horda de periodistas apostados en la entrada.

Los flashes de las cámaras aún destellan en su cabeza.

Parpadea y sigue viéndolos, como si la oscuridad de la cabaña lo hubiese vuelto intolerante a la luz.

Lo han separado de Emma. Se la han llevado a otra sala, lejos de él.

Ahora está solo, sentado en una silla metálica con los puños apretados en el regazo.

Sabe lo que tiene que decir. Lo que le ha prometido a Emma que va a decir.

Llevan días hablando sobre ello en la cabaña y, aunque no estaba muy convencido al principio, ha visto el arrepentimiento en los ojos de su novia y no será él quien la arroje al abismo.

La puerta se abre con un chasquido seco. Una mujer entra acompañada de un agente más joven.

—Soy la inspectora Patricia Siles —se presenta con voz firme, si bien sin dureza—. Él es el agente Navarro. Queremos hablar contigo, Álvaro. Sabemos que esto es difícil y que necesitas recuperarte, pero ya estás a salvo. Necesitamos que nos cuentes lo que pasó.

El chico asiente. Se esfuerza por no temblar.

—Lo primero de todo es comunicarte que vamos a grabar la conversación —aclara Patricia—. ¿Estás de acuerdo?

Álvaro asiente de nuevo.

—Dilo en voz alta para que conste, por favor —solicita Patricia.

—Sí, estoy de acuerdo —contesta Álvaro. Le tiembla la voz—. ¿Puedo hablar con mis padres?

Patricia Siles aprieta los labios.

—Tus padres están de camino. Ya los hemos avisado.

—¿Están bien?

—Lo estarán cuando te vean —responde Patricia mientras prepara un bloc de notas—. Dime, ¿qué recuerdas de la noche del secuestro?

Álvaro traga saliva. Se aferra a su versión.

—Estábamos en la playa de la Almadraba. Emma y yo. A solas.

La inspectora mantiene la mirada en él.

—¿A qué hora? —inquiere.

—No lo sé… —Álvaro duda—. Tarde. Cerca de la medianoche.

—¿Y entonces?

—Apareció Sonia —dice Álvaro, y el estómago se le revuelve.

Patricia se inclina levemente.

—¿Sonia Velasco? ¿Sabes por qué estaba allí?

—No… Supongo que iba a dar un paseo o algo así.

—¿Hablasteis con ella?

—Un poco. Apenas nada.

—¿Y luego? —continúa Patricia.

—Luego llegó él. —Las manos de Álvaro se crispan sobre la manta. La voz se le quiebra un instante—. Llegó una furgoneta. Se detuvo justo al lado.

Patricia le deja espacio, percibe cierto cambio en su mirada.

—¿Qué color tenía la furgoneta?

—Era blanca, creo. La verdad es que todo sucedió muy deprisa.

—¿Recuerdas la matrícula?

—No. Qué va. —Álvaro siente un nudo en la garganta—. El hombre salió rápido. Llevaba un disfraz de payaso. Y un modulador de voz. Nos cogió desprevenidos. Ninguno supimos reaccionar.

—¿Un modulador de voz? —pregunta Patricia intentando aclararlo.

—Sí. Sonaba distorsionada… Rara. Como si llevase una especie de micrófono dentro de la máscara que le cambiase la voz. Parecía la de un robot o algo así.

Patricia y Navarro intercambian una mirada fugaz.

—¿Estaba armado?

—Llevaba un táser. Nos amenazó con eso. Cuando lo activó… Tengo metido ese sonido en la cabeza, como una explosión. Después nos obligó a subir a la furgoneta.

—¿A los tres?

Asiente. Se le forma un nudo en la garganta.

—Nos llevó a la cabaña y nos hizo entrar.

—¿Qué pasó dentro, Álvaro?

Clava las uñas en la manta. Quiere saltarse esa parte. Quiere mentir. Pero Patricia no aparta la vista de él.

—Sonia intentó quitarle el táser —susurra.

Un breve silencio.

—¿Y entonces?

—Él la golpeó. Fuerte. Muy fuerte. —El chico se humedece los labios. No quiere seguir. No quiere recordar la imagen de Sonia desplomándose en el suelo—. No se movió más.

Patricia baja la voz.

—¿La mató?

La pregunta queda suspendida en el aire mientras Álvaro aparta la mirada.

—No se movía… No respiraba… —La voz vuelve a quebrársele—. Creo que sí estaba muerta, pero se la llevó… No sé.

No puede contener las lágrimas y rompe a llorar.

Patricia asiente con lentitud. Decide darle un tiempo para que se recupere.

—¿Intentaste ayudarla, Álvaro? —pregunta al cabo de unos segundos.

—Sí. —Los labios le tiemblan—. Pero él me descargó el táser.

La inspectora toma nota en su cuaderno.

—¿Fue así como te hiciste la herida de la ceja? —indaga, y le señala la frente.

Álvaro se lleva una mano a la cabeza. La había olvidado. Piensa durante unos segundos.

—Sí. No lo recuerdo muy bien. Creo que me la hice al caer.

Patricia le sostiene la mirada, sospecha que el chico parece evaluar sus respuestas. Álvaro no entiende por qué tiene que pasar por eso. Ha sido a él a quien han secuestrado.

—Dices que el hombre que iba vestido de payaso se llevó a Sonia después de golpearla. ¿Regresó luego?

Álvaro asiente.

—Entró con un periódico. Nos hizo una foto con él a Emma y a mí. Como prueba, supongo.

—¿Cómo conseguisteis salir de la cabaña?

—Volvió una vez más. No sabría decirle cuánto tiempo tardó. Allí dentro era difícil saberlo. Abrió la puerta y nos pidió que contásemos hasta mil, que después de eso podíamos irnos.

Patricia lo observa como si buscara una fisura en su historia. Mantiene la mirada en él. Tras unos segundos, cierra la libreta y se inclina levemente.

—Gracias, Álvaro. Eso es todo por ahora.

Se pone en pie y el agente Navarro la sigue. Álvaro, sentado, abraza la manta con más fuerza.

Sigue teniendo frío.