La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Jorge Sempere entra en su casa en completo silencio y cierra la puerta con cuidado, como si eso pudiera mitigar la tormenta que le espera dentro.

Su reloj marca las diez y veinte. Demasiado tarde.

Demasiado tiempo fuera. Lo sabe incluso antes de oír los pasos firmes de Marta acercándose por el pasillo.

—¿Dónde demonios estabas? —pregunta ella cruzándose de brazos. Su voz es áspera, sin rastro de la mujer que una vez fue. Desde la desaparición de Álvaro, Marta es otra. Impaciente, irritable, siempre al borde del colapso. Aunque es comprensible, en cualquier caso.

Jorge no contesta. Durante horas ha pensado qué contarle a su esposa y qué partes guardarse para sí. No quiere hacerle daño. No quiere despertar sus esperanzas hasta que sea el momento oportuno. Si algo sale mal, no se lo perdonaría.

Exhala despacio, buscando en su interior una paciencia que se le agota cada día.

Debería haber ideado una excusa antes de volver, pero no se le ocurrió nada plausible y ahora su cabeza solo gira en torno a la bolsa que ha dejado atrás, al dinero enterrado bajo las ramas en las lagunas de Rabasa.

A la esperanza de que todo esto termine de una vez.

—Necesito que confíes en mí —dice intentando serenar su voz entrecortada.

Marta lo observa con dureza; escudriña cada línea de su rostro, cada mínima señal que lo delate.

—¿Que confíe en ti? Te he llamado varias veces. ¿Dónde estabas? —insiste con una risa breve e irónica, sin alegría.

Él cierra los ojos un instante. Un sentimiento de culpabilidad lo inunda, pero también una necesidad. Desesperación. Y ahora no puede flaquear.

—He hecho lo que tenía que hacer para poner fin a todo esto, y ahora solo te estoy pidiendo que confíes en mí. Me lo debes —contesta con un nudo en la garganta. Casi no se cree que haya sido capaz de decir esas palabras. Porque sabe muy bien la pregunta que vendrá a continuación.

Marta se cruza de brazos de nuevo. Le sostiene la mirada y ladea la cabeza con un gesto de indignación.

—¿Y por qué te lo debo, exactamente?

Jorge traga saliva y desvía la vista; no resiste el escrutinio de sus ojos.

—Porque me has engañado. Sé que tienes una aventura con Miguel Lago. Lo sé desde hace tiempo. Me has fallado y has fallado a tus hijos. Por eso me lo debes —dice mirando al suelo.

Cuando termina la frase, se forma un silencio sepulcral. Marta no contesta y Jorge se da media vuelta y sube la escalera hacia su dormitorio.

Horas antes, sentado al volante de su coche, Carmela lo había abordado con los ojos llorosos y fijos en el parabrisas.

—Señor Jorge, necesitaba verle a usted. Ese es el motivo por el que he ido a su casa. Recibí esta carta, con la foto de Álvaro y su novia, y… una nota. Dice claramente que debía dársela a usted sin que nadie más lo supiera. No sé si he hecho bien. Estoy muy nerviosa.

Jorge detuvo el coche a un lado de la carretera y tomó la nota sin poder controlar el temblor de las manos.

Mientras la leía se le cortó la respiración y comenzó a sudar.

El intercambio en la fiesta de disfraces estaba cancelado.

Sabían que habían avisado a la policía, y ahora la única manera de recuperar a su hijo con vida era dejar el dinero en un lugar apartado, en un punto específico de las lagunas de Rabasa.

Doscientos cincuenta mil euros. Esa misma noche.

Nadie debía saberlo; en caso contrario, habría consecuencias.

Pensó en Sonia. Si ella estaba muerta, su hijo podría correr la misma suerte si no obedecía las directrices de esa nota.

La fotografía de Álvaro y Emma sosteniendo un periódico reciente suponía una prueba de vida que le alivió durante unos minutos y provocó que le asomasen algunas lágrimas.

No tenía más remedio que actuar, y debía hacerlo rápido.

Pidió a Carmela que se desplazase en autobús hasta su casa mientras él se apresuraba a conseguir el dinero. No fue fácil. Ningún banco le daría esa cantidad en tan poco tiempo y, además, habría levantado sospechas.

Aparcó el coche en un lugar solitario del campo de golf cercano a la playa de San Juan.

Sabía que la policía lo había seguido la noche que salió a buscar a Álvaro, al igual que hicieron con David Velasco.

Los agentes no fueron muy discretos, aunque no le dio importancia.

Él no tenía nada que esconder. Sin embargo, en ese momento era diferente, debía actuar clandestinamente por la seguridad de su hijo.

Apagó el teléfono y se dirigió a pie a una parada de taxis que había en las proximidades.

Se subió a uno y pidió al taxista que lo llevase al Pla del Bon Repós, un barrio de Alicante donde fue a encontrarse con un conocido usurero al que había defendido en un juicio años atrás.

No quería recurrir a él, pero no tenía más remedio.

Era la única persona capaz de darle el dinero en efectivo con tan poca antelación.

Le saldría caro, por supuesto, pero no le importó lo más mínimo.

Habría dado todo su patrimonio en caso de ser necesario.

Después de conseguir el dinero y comprometerse a devolver trescientos mil euros en una semana, se subió a otro taxi que lo llevó a las lagunas de Rabasa.

El sol ya había empezado a caer cuando se encontró caminando a solas por un sendero sucio, rodeado de matojos, con el miedo calándole hasta los huesos bajo la tenue luz de la luna.

Cuando llegó al punto indicado en la nota con la bolsa negra llena de los billetes del usurero, le sudaban las palmas y tenía la respiración entrecortada.

El hoyo ya estaba allí, como prometía la nota, señalando el punto con un burdo mapa dibujado a mano.

Un rectángulo excavado en la tierra. Al lado, ramas cuidadosamente dispuestas.

Un escondite improvisado esperando a ser sellado.

Jorge dejó la bolsa dentro. Su mente gritaba que aquello era una locura, que podía ser una estafa, que estaba dejando su destino en manos de desconocidos.

Pero no tenía alternativa. Se agachó, tomó las ramas, cubrió la fosa con ellas y se aseguró de que todo pareciera intacto.

Luego, sin mirar atrás, se alejó siguiendo las indicaciones recibidas.

Ahora, en su casa, tras la discusión con su mujer, siente el peso de cada uno de esos billetes machacando su conciencia.

Emma apenas nota las piernas. Han pasado tantas horas desde que la encerraron en esa cabaña que su cuerpo ya no responde como debería.

Le duelen los ojos de tanto llorar y la garganta se le ha secado a tal punto que cada palabra le raspa como si estuviera hecha de vidrio.

Álvaro, a su lado, parece estar algo mejor.

Ya no tiembla como antes y, aunque sigue encogido por el efecto del táser, ha conseguido moverse sin que el dolor lo derrumbe.

Pero su aspecto es terrible. Su piel, normalmente dorada por el sol, está pálida y manchada de suciedad.

Tiene los labios agrietados, y sus ojos, hundidos y rodeados de sombras violáceas, reflejan la misma incertidumbre que atormenta a su novia.

Emma se desliza hasta él y apoya la cabeza en su pecho. Necesita sentir su calor, convencerse de que siguen ahí, de que aún hay un atisbo de esperanza en ese infierno.

—Voy a intentar dormir un poco —susurra con la voz débil.

Álvaro la envuelve con el brazo y asiente sin decir nada. Su respiración es irregular.

Emma cierra los ojos. Solo quiere desconectarse de esa realidad unos minutos, pero el rugido de un motor la sobresalta.

El miedo la golpea de inmediato. Se aferra a la camiseta de Álvaro con el pulso desbocado una vez más.

Sabe lo que significa. El hombre con la túnica negra y la máscara de payaso vuelve.

Si fuese la policía, se oirían sirenas, o tal vez no…

, no lo tiene claro. Lo que es innegable es que está aterrada.

«¿Ha venido a acabar con nosotros?», piensa despavorida.

Los segundos que transcurren mientras quien esté al otro lado manipula el candado se convierten en una eternidad. La puerta se abre de golpe y entra el hombre disfrazado.

Alza la mano y les muestra el táser. Y eso basta para que a Álvaro se le disipen las ganas de enfrentarse a él de nuevo. Mucho menos en su estado actual.

—Dejaré la puerta abierta —anuncia con la voz distorsionada a través de la máscara—. Quiero que contéis hasta mil. Después, podéis marcharos.

Emma asiente. Por un instante, parece incluso agradecida por lo que acaba de oír. Álvaro no se inmuta, tal vez él no lo crea. La expresión de su rostro muestra duda, pero Emma ha empezado a contar en voz alta.

Está deseando terminar y huir.