Capítulo 25
Gabriel Somoza atraviesa los pasillos de la comisaría con paso firme ignorando el murmullo de conversaciones y el repiqueteo incesante de los teclados. Ha recibido una llamada del laboratorio, parece que han encontrado algo en el cuerpo de Sonia que pasó desapercibido en una primera inspección.
Cuando entra en el laboratorio forense, el técnico que ha contactado con él lo espera junto a una mesa de metal. Sobre ella, una bolsa de pruebas. Dentro, un pequeño rastro de un material oscuro y terroso.
—¿Qué es eso? —pregunta Gabriel sin rodeos.
El técnico se ajusta los guantes de látex y señala la muestra con la barbilla.
—Humus de lombriz —responde—. Es un fertilizante orgánico. Se usa en jardinería para enriquecer el suelo. Podría no ser nada, teniendo en cuenta que el cuerpo de la chica estaba rodeado de basura. No obstante, resulta extraño.
Gabriel frunce el ceño. No es una pista contundente, pero sí un detalle que no encaja. Y en ese caso, cada detalle importa.
—¿Por qué? —inquiere.
—Porque es un producto que se mezcla con la tierra. Lo lógico, si alguien se hubiese deshecho de una maceta, por ejemplo, es que hubiésemos encontrado las dos cosas, el humus y la tierra. Pero no ha sido así.
Gabriel se lleva la mano a la barbilla.
—Entonces ¿sugieres que el cuerpo de Sonia Velasco estuvo en contacto con el humus antes de que la arrojasen al camión de la basura?
El técnico asiente.
—Sí. Es lo más probable. Aunque no puedo confirmarlo.
—¿Dónde estaba exactamente?
—Adherido a las costuras de los pantalones de Sonia. Pasó desapercibido en la primera inspección porque su ropa estaba llena de otros residuos del vertedero. Pero esto es distinto. Es procesado, tratado… Y el nivel de deshidratación…
—Explícate.
—Pues que por lo general el humus se deshidrata con el tiempo. Si fuera un residuo del vertedero estaría seco y descompuesto, y no es el caso. Está fresco. Como si lo acabaran de comprar —comenta el técnico, convencido.
Gabriel asiente lentamente. Su mente ya trabaja a toda velocidad conectando puntos, descartando coincidencias. Se endereza. Se despide y, sin perder tiempo, se dirige a la sala donde un grupo de agentes rastrea en varias pantallas la ruta del camión de la basura en el que estaba el cuerpo de Sonia.
Las imágenes por satélite parpadean en la penumbra de la sala reflejando un mapa de la ciudad salpicado de líneas rojas y puntos de referencia. Un par de agentes teclean sin descanso; cruzan datos, analizan registros. Gabriel irrumpe sin preámbulos.
—Escuchadme un momento —dice con voz firme. Los agentes levantan la cabeza de inmediato—. Necesito que os encarguéis de otra cosa. Quiero un registro de todos los viveros y las tiendas de jardinería de la zona. Buscad ventas de humus de lombriz en los últimos días.
Los agentes intercambian miradas, sorprendidos, pero no cuestionan la orden.
—¿A nombre de alguien en particular? —plantea uno de ellos.
—Por ahora, cualquiera que haya hecho compras recientes —contesta Gabriel—. Si alguien ha usado ese fertilizante en la ciudad, quiero saber quién es. Y lo quiero cuanto antes.
El grupo asiente y se pone en marcha sin más preguntas. Gabriel se queda un instante en la sala observando la actividad a su alrededor. Algo le indica que esa pista es importante, que está más cerca de algo grande.
Solo espera que no sea demasiado tarde.
Patricia Siles ha vuelto a quedarse hasta tarde en comisaría. Esa noche debe dormir algo, aunque sea poco; de lo contrario, no será capaz de mantenerse en pie. La oficina está en silencio. Hace un rato que dejó el móvil sobre la mesa, pero la conversación con su marido aún resuena en su cabeza.
«No aguanto más, Patricia. Me voy con los niños a casa de mi madre. Hablaremos cuando todo esto termine», le ha dicho él antes de colgar.
Su voz no ha sonado furiosa. Tampoco fría.
Solo cansada. Y eso es peor. Patricia sabe que su matrimonio pendía de un hilo, pero escuchar cómo se rompe es distinto.
No tiene fuerzas para pensar en eso ahora, no cuando ese caso se le escapa entre los dedos.
Suspira, se endereza en la silla y sale del despacho con un solo propósito: no pensar.
Las luces del pasillo titilan débilmente cuando se acerca al despacho de Gabriel Somoza. La puerta está entreabierta y desde dentro se filtra la luz azulada de una pantalla. Patricia accede sin anunciarse.
—¿Sigues aquí? —pregunta, aunque la respuesta es evidente.
Gabriel levanta la vista un instante, apenas un gesto de reconocimiento, y vuelve la atención al monitor. Tiene tensos los músculos de la mandíbula.
—Estoy revisando las cámaras de tráfico del día que dejaron el paquete con la pulsera de Álvaro y la ropa interior de Emma —explica moviendo el ratón sobre la pantalla—. Hay un par de rutas posibles que pudieron seguir para entregarlo, lugares donde es fácil aparcar e ir andando hasta el buzón.
Patricia se acerca y observa las imágenes. Tomas granuladas, cortes abruptos, tráfico que fluye en distintas direcciones. Nada salta a la vista, pero Gabriel parece concentrado en un punto específico.
—¿Has encontrado algo?
—Quizá… —murmura él, y amplía la imagen de un vehículo en movimiento—. Es una furgoneta. Mismo modelo y color que la de David Velasco.
Patricia entrecierra los ojos. La imagen es borrosa, deformada por el ángulo y la compresión de la grabación.
—Las llantas son distintas —señala.
Gabriel asiente.
—Ya me he fijado. Pero el resto coincide. No se ve quién la conduce. Por la silueta, parece que solo hay una persona dentro.
Patricia se cruza de brazos. Es un indicio, aunque no una prueba concluyente. Claro que, si consiguen la matrícula…
—¿Ves la matrícula? —pregunta.
—Eso intento —dice Gabriel con la atención centrada en la pantalla—, pero las imágenes no son muy buenas. Mira esta toma.
La amplía con un clic. Los números son ilegibles, tal vez un ocho o un cero sería el primer dígito, el resto es imposible saberlo.
Patricia le da una palmada en el hombro en señal de felicitación.
—Voy a avisar a los técnicos. Pueden mejorar la imagen y extraer el número completo de esa placa, o gran parte de él, al menos.
Gabriel asiente sin despegar los ojos de la pantalla. Patricia se gira para salir, pero, antes de cruzar la puerta, echa un último vistazo a su compañero. Siempre con sus cinco sentidos en el caso; siempre con la mente en el siguiente paso. Es un profesional ejemplar. El mejor que ha conocido.
Se pregunta si ella será capaz de hacer lo mismo que él y seguir adelante cuando todo lo demás a su alrededor se derrumbe definitivamente.