Capítulo 24
De pie y con los brazos cruzados, Patricia Siles observa el reflejo azulado de las pantallas iluminar los rostros concentrados de los agentes de Pericias Informáticas.
La luz parpadeante y el sonido constante de las teclas llenan la pequeña habitación del locutorio con un aire de desesperación.
Fuera, la tarde empieza a caer y da paso a la noche, que se presenta como una mancha oscura en los cristales.
El murmullo lejano del tráfico le recuerda que, mientras ellos buscan respuestas, el mundo sigue girando como si nada.
Sin embargo, no puede ignorarlo. La angustia le araña la garganta como una garra invisible.
Lo ha pensado una y otra vez, y ha evitado decirlo en voz alta; no quiere admitirlo siquiera ante sí misma.
Pero la verdad se cuela en cada grieta de su pensamiento: si David Velasco tiene algo que ver, solo hay una razón para que no haya confesado, y es que Emma y Álvaro ya están muertos.
Cada vez que suena su teléfono, cierra los ojos; parece suplicar que la voz al otro lado no le diga lo que no está preparada para oír.
La idea le provoca vértigo. Le pesan los párpados y, por un instante, se permite cerrarlos.
Aprovecha para intentar controlar sus pensamientos y obligar a su mente a no precipitarse al peor escenario posible, a no imaginar los cuerpos de los dos chicos abandonados en algún rincón olvidado consumiéndose en la indiferencia de la muerte.
—Inspectora…
La voz de uno de los agentes la ha sacado de golpe de su ensimismamiento. Abre los ojos y lo ve inclinarse con el ceño fruncido sobre una de las pantallas donde el cursor parpadea sobre una línea de código.
—Creo que tengo algo —añade el agente.
Patricia cruza la estancia en dos zancadas y se sienta a su lado. Nota la tensión en su propia mandíbula cuando apoya los codos en la mesa. El agente teclea un par de veces más y en la pantalla aparece el historial de búsqueda.
—Desde este ordenador se crearon las etiquetas de envío. Además, puedo confirmar que fue el que usó Sonia —explica mientras señala una línea de registros.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Espera a ver esto —dice el agente, y abre una ventana distinta del navegador—. Pude restaurar los datos eliminados. La chica creó un perfil nuevo de Instagram.
La pantalla se llena de actividad: accesos a redes sociales, búsquedas, una lista de amigos agregados. Patricia ladea la cabeza cuando lee un nombre que se repite varias veces: GossipGirl04.
—¿Quién es? —pregunta, aunque su intuición ya le da una pista inquietante.
—Corresponde al perfil falso que Sonia creó ese día —contesta el agente.
Acto seguido, hace clic y le muestra la lista de contactos agregados en cuestión de minutos. Más de ciento cincuenta. Entre ellos, Álvaro y Emma.
Patricia siente un nudo en el estómago.
—¿Publicó algo? —inquiere, si bien la respuesta está a punto de revelarse ante sus ojos.
—No exactamente, pero casi. Mira.
El agente gira el monitor para que Patricia tenga un primer plano de la pantalla.
Abre una carpeta recuperada. Aparece una publicación archivada, una imagen de Sonia y Álvaro besándose en las rocas de la playa.
Bajo la foto, un mensaje escrito en un tono retador: «¿Queréis saber el primer secreto? Aquí lo tenéis».
—Pero nunca llegó a publicarlo —continúa el agente de Pericias Informáticas—. Solo lo archivó. Después generó las etiquetas y las imprimió. Esa es la última actividad registrada por este ordenador ese día en concreto.
Patricia se reclina en la silla e intenta encajar lo que acaba de descubrir. Ignora qué significa, pero sí sabe algo con certeza: Sonia Velasco tenía la intención de dar a conocer su relación con Álvaro.
Y ahora, quizá, está muerta por ello.
Marta Ríos se sienta en el borde del sofá con las manos sobre las rodillas. El aire de la casa se le hace pesado, como si cada bocanada se quedara atrapada en su pecho en lugar de aliviarla. Su respiración es errática y el corazón le late descontrolado.
—Marta, ¿quieres que te lleve al hospital? —pregunta Jorge, que se inclina hacia su esposa con preocupación en el rostro.
Ella niega con la cabeza, pero su expresión no es convincente. Se lleva una mano al pecho y presiona con los dedos en un intento de contener el dolor que la atraviesa.
—Me duele mucho… —Su voz suena entrecortada—. Como si tuviera un peso enorme apretándome aquí.
Su hijo Asier observa la escena desde la otra punta del salón con preocupación.
Ha llegado hace apenas un par de horas desde Madrid.
Marta quería mantenerlo al margen de todo esto, pero ese policía estúpido insistió en hablar con él para averiguar si sabía algo.
Al menos lo han dejado tranquilo después de interrogarlo.
No había ninguna razón para involucrarlo en ese desastre.
Ahora está allí, sumando su desolación a la de sus padres.
—Venga, te ayudaré a levantarte —dice Jorge, y extiende las manos.
Marta se zafa de ellas con una mueca de desprecio.
—No quiero ir a ningún lado. Álvaro volverá de un momento a otro.
Jorge se endereza de inmediato.
—Está bien. Voy a buscar al doctor Méndez —dice girándose hacia la puerta.
El doctor Méndez es su vecino y un prestigioso cardiólogo ya jubilado que siempre se ha portado bien con ellos. Pero Marta tampoco quiere verlo. No quiere ver a nadie.
Cuando Jorge se dispone a abandonar la casa, alguien llama a la puerta con los nudillos. Ambos cruzan una mirada durante un segundo en el que se transmiten la incertidumbre. Mientras Marta se queda paralizada, Jorge se recompone y abre la puerta.
Es Carmela, su asistenta, con los ojos vidriosos y una expresión de sincera preocupación.
Jorge deja caer los hombros, decepcionado, mientras la invita a entrar. Igual que su mujer, él esperaba a otra persona.
—Hola. He venido para preguntar si hay algo en lo que pueda ayudarles; sé que están pasando por una situación difícil, y yo…
Pero Marta no le permite terminar. Se tensa de inmediato, y en sus pupilas se enciende una furia repentina e irracional.
—¿Tú qué haces aquí? —escupe con una agresividad que hace que Carmela dé un paso atrás—. ¿Quién te ha llamado? ¡No te necesito! ¡No ahora!
Carmela parpadea, visiblemente dolida. Aun así, no retrocede del todo.
—Solo quería ayudar, señora… No hace falta que me pague ni nada. De verdad, solo…
—¡Estás despedida! —grita Marta con los ojos llenos de rabia—. ¡Fuera de mi casa!
Jorge levanta las manos en un intento de calmar la situación.
—Marta, por favor… —balbucea.
—¡Que se vaya! —grita ella con la respiración entrecortada. Sus facciones están tensas y su mirada sigue rebosante de ira.
Carmela traga saliva y asiente lentamente. El rostro se le endurece, pero no dice nada más. Las lágrimas empiezan resbalarle por las mejillas.
Jorge suspira y se agacha frente a su esposa.
—Marta, necesitas calmarte. Esto no te ayuda.
Ella lo mira con el rostro desencajado; el pecho le sube y le baja en un ritmo desbocado.
—Llévala a su casa —ordena Marta—. Quiero estar sola.
Jorge duda, pero al final asiente. Antes de que puedan moverse, un golpe en la puerta los hace girarse.
—¿Todo bien aquí?
La voz firme de uno de los agentes de paisano que vigilan la urbanización los ha interrumpido. Debe de haberse acercado alertado por los gritos y los observa con una mirada inquisidora. Jorge se apresura a responder.
—Sí, sí… Lo que pasa es que estamos muy nerviosos. Ha sido un malentendido.
El agente los escudriña durante unos segundos, como si dudara.
—Si necesitan algo, estoy aquí —dice al cabo.
Jorge le agradece sus palabras con un gesto, pero Marta ya no escucha. Con la mirada clavada en el rostro de su avergonzado marido, señala la puerta con la mano.