La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Gabriel Somoza está en Elche, donde vive Samuel Velasco, el hermano de David.

Antes de desplazarse hasta allí, ha recibido los informes de laboratorio de las prendas de ropa de Álvaro, Emma y Sonia que enviaron a analizar.

No han obtenido nada revelador: ninguna sustancia extraña, ninguna fibra fuera de lugar. Solo lo esperado.

En la ropa de Álvaro han encontrado pelo de gato.

No es una pista sorprendente. Los Sempere no tienen mascota, pero Sonia Velasco sí, y se veían a escondidas.

Las prendas de Álvaro están contaminadas con muchas trazas de ADN distinto, según han informado a Gabriel; es algo esperable en un chico que va al instituto e interactúa con un gran número de personas.

Esa pista es un callejón sin salida. Por otro lado, han hallado ADN de Álvaro en la ropa de Emma y de Sonia.

Nada inesperado: Emma era su novia y con Sonia tenía algo más que una amistad.

Ninguna pista parece esclarecer el camino, y la posibilidad de encontrar con vida a Álvaro y Emma se vuelve más remota a cada minuto que transcurre. Gabriel es consciente de ello y lo atormenta.

Cuando abandonó los Jardines del Edén, ordenó a una pareja de agentes que permaneciesen por los aledaños, sobre todo para controlar a la prensa, a la que han tenido que prohibir el acceso a la urbanización.

De camino a Elche, los ha llamado para preguntar si había alguna novedad y ha sabido que Irina ya no está en casa de la familia Lago.

Los agentes le han explicado que salió con su coche y estuvo un par de horas fuera.

Tal como les ordenó Gabriel, coordinaron un operativo para seguirla de incógnito.

Por lo visto, estuvo sentada en un parque sin hacer nada todo ese rato.

También le han dicho que oyeron a Miguel y Daniela gritarse e insultarse justo después de salir Irina.

Estuvieron a punto de intervenir para calmar los ánimos.

Después de eso, Miguel fue a dar un paseo por la playa él solo.

El inspector Somoza se pasa la mano por la cara tratando de despejarse.

Ha tomado demasiado café y tiene el estómago revuelto.

Hoy es viernes. Mañana tendrá lugar la fiesta de disfraces en la que los secuestradores esperan conseguir el dinero.

Solo que, ahora, con la noticia de la desaparición en todas las portadas, eso no va a suceder. Se les acaba el tiempo.

Samuel Velasco vive en un barrio de las afueras, en un viejo edificio que nada tiene que ver con la mansión donde reside David.

Gabriel se ha presentado allí sin avisar y está a punto de marcharse después de llamar varias veces al timbre sin obtener respuesta.

Por fin, una voz ronca contesta y el inspector se identifica.

Tras una larga pausa, Samuel lo invita a subir.

La escalera huele a humedad y a desinfectante barato. Samuel es un hombre de unos cincuenta años con una complexión similar a la de su hermano, aunque más desmejorado, con el cabello ralo y la piel cetrina. Lo observa con desconfianza desde el umbral.

—Si viene por mi hermano, no tengo nada que decir, inspector —le espeta cruzándose de brazos.

—En cualquier caso, me gustaría hacerle algunas preguntas, señor Velasco —responde Gabriel con calma.

Samuel suelta una risa seca y se adentra en su hogar.

Con un gesto indica a Gabriel que pase. La casa está muy desordenada y sucia.

Hay restos de comida sobre la mesa de centro y desperdicios por el suelo.

Samuel se deja caer en una silla e invita a Gabriel a hacer lo mismo.

El apartamento es un reflejo de su dueño.

Descuidado, con ceniceros llenos y platos sin lavar en la encimera.

—No sé nada de David desde hace años. Ni de su familia. No me extrañaría que estuviera detrás de todo. Siempre ha sido bueno en aparentar lo que no es.

Gabriel se limita a escuchar sin más.

—¿Sabe cómo me enteré de que mi sobrina estaba muerta?

Por la prensa. Ni una llamada, nada. Me enteré como cualquier imbécil.

Y luego resulta que la habían secuestrado…

—dice Samuel; su voz ha perdido dureza. Se lleva la mano a la boca, como si le costara articular lo siguiente.

Luego sacude la cabeza—. No la veía desde que tenía seis años. Casi no sé nada de ella.

—¿Por qué se distanció de su hermano? —pregunta Gabriel.

—Tuve un problema con una chica. Pensé que había algo entre nosotros, pero calculé mal. Quizá me excedí un poco y ella me denunció —confiesa Samuel.

—¿Fue esa la razón?

Samuel asiente.

—Sí. Mi hermano me dijo que no le convenía tener a personas como yo cerca, que lo dejaba en mal lugar, que yo era un imán para los problemas. De hecho, a su mujer, la chica ucraniana esa con la que está, solo la he visto una vez. —Deja escapar un bufido—. David se avergonzaba de mí.

—¿No ha tenido contacto con él desde entonces? —indaga Gabriel.

—No. Nada. Ni un mensaje.

—¿Y con su sobrina?

—Ojalá, pero no. Por desgracia, apenas la conocí.

Gabriel lo observa en silencio. Samuel se remueve inquieto en la silla y, de repente, como si algo le hiciera gracia, suelta una carcajada breve.

—La última vez que vi a Sonia, se escondió.

Durante horas. Nos tuvo a todos buscándola como locos.

Pensé que le había pasado algo… Y luego la encontramos acurrucada en un rincón del jardín, detrás de unos setos.

Se había ocultado allí y, por cómo sonreía, parecía que lo estuviera disfrutando.

—Samuel hace una mueca con los labios—. Le gustaban esas cosas.

Desaparecer. Hacerse la misteriosa. Un poco raro para una niña tan pequeña.

Se encoge de hombros y se pasa una mano por la cara.

—Pero ¿qué voy a saber yo? Ni siquiera la vi crecer —añade.

Gabriel lo observa un segundo más. Luego se levanta.

—Gracias por su tiempo.

Samuel no responde. Solo lo sigue con la mirada hasta la puerta. Cuando Gabriel la cierra a su espalda siente que ha dejado atrás algo más que un apartamento claustrofóbico.

Lo que ha escuchado no es más que una anécdota, dadas las circunstancias. Sin embargo, tiene una sensación extraña. Como si una pieza del puzle se hubiera movido, aunque ignora dónde encajarla.

Carmela se hunde un poco más en el sofá con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada. El televisor ilumina el salón con destellos intermitentes, pero apenas le presta atención. Otro día libre. Otro día sin cobrar.

Después de tantos años al servicio de los Sempere, cuidando de Álvaro como si fuera su propio hijo, la tratan como si fuera prescindible.

Como si su tiempo no valiera nada. Le han dicho que vuelva en unos días, que ahora no la necesitan, pero ella sabe lo que eso significa: menos horas, menos dinero, más incertidumbre.

Y todo porque la señora está demasiado nerviosa para tenerla rondando por la casa.

La entiende, por supuesto; aun así, está muy enfadada. Se siente excluida.

Se ha tenido que enterar por la prensa de lo sucedido. Ni Jorge ni Marta han tenido la decencia de comunicárselo personalmente. Los odia por ello. Ha cuidado de ese renacuajo desde que tenía diez años. Aunque no es el chico más adorable del mundo, le tiene cariño y ha estado rezando por él.

Frunce los labios y cambia de canal sin mirar.

La imagen se distorsiona por un segundo antes de que la pantalla muestre otro programa insulso.

Ni siquiera recuerda la última vez que se permitió un respiro, un verdadero descanso, pero estar en casa sin hacer nada no es descanso. Es un castigo disfrazado de cortesía.

Entonces oye un ruido.

Hay alguien en su rellano. Tres toques con los nudillos hacen resonar la madera de la puerta.

Carmela se endereza, el corazón le da un vuelco. No espera a nadie. No suele tener visitas. Se queda inmóvil unos segundos. El sonido no se repite. Apaga el televisor y el silencio se instala en el salón. No le gusta. No le gusta nada.

Se levanta despacio y cruza la pequeña estancia hasta la puerta.

La mirilla no muestra a nadie al otro lado.

Se le contrae el estómago. Su barrio es tranquilo, pero ha oído historias de gente que llama a las puertas para ver si hay alguien dentro antes de forzar una cerradura.

Sujeta el pomo con más fuerza de la necesaria y abre de golpe.

Nada.

Solo el pasillo desierto y la luz mortecina de la escalera parpadeando. Por un instante, cree que lo ha imaginado. Pero entonces lo ve.

Un sobre en el suelo, justo encima de su felpudo.

Blanco, sin remitente.

El pulso se le acelera.