Capítulo 22
La detención de David Velasco no ha sido suficiente para Patricia y Gabriel.
Ambos están muy cansados y llevan demasiadas horas sin dormir, pero no se detendrán hasta que encuentren a Álvaro y a Emma.
Si destacan por encima del resto es por esa dedicación.
La obsesión por resolver sus casos, por «atrapar al malo», como suele decir Gabriel.
La brisa salina de la playa de San Juan apenas logra filtrarse en el interior del locutorio.
El ambiente es denso, cargado con un olor rancio a fritanga y sudor viejo.
Tres chavales con la capucha de la sudadera subida están absortos en la pantalla de un ordenador compartido y se ríen por lo bajo mientras golpean rítmicamente las teclas.
Patricia los observa con cierto fastidio.
No entiende a la juventud, como tampoco su necesidad de parapetarse tras capas de ropa ni la razón por la que desperdician el tiempo en un lugar como ese cuando podrían estar en cualquier otra parte.
«¿Por qué no están estudiando o haciendo algo productivo? », piensa.
El encargado del local apenas levanta la vista cuando ella se acerca al mostrador.
Es un hombre de mediana edad con ojeras marcadas y una camiseta desgastada con restos de lo que parece ser salsa reseca.
Se está rascando la barba de varios días con la desgana de quien lleva demasiadas horas sin hacer nada interesante.
—Buenas tardes —saluda Patricia en tono firme.
El hombre resopla y deja el móvil en el mostrador.
—¿Qué quiere?
—Soy la inspectora Siles —anuncia Patricia, y le enseña su placa—. Estoy investigando un caso. Me gustaría hacerle unas preguntas sobre este local.
El tipo la observa de arriba abajo con un esbozo de impaciencia.
—¿Sobre este local? —repite sorprendido—. Aquí no pasa nada nunca. Apenas vienen cuatro gatos. ¿Qué quiere saber?
Patricia se guarda la placa sin retirarle la mirada.
—No viene mucha gente, ¿verdad? Este tipo de locales están bastante obsoletos.
—Los clientes son sobre todo adolescentes —responde el encargado, y se encoge de hombros—.
A algunos no los dejan jugar en casa con el ordenador o los castigan sin móvil.
Vienen aquí para conectarse sin que los controlen.
También hay algún viejo que necesita imprimir algo y no tiene impresora. Y poco más.
Patricia asiente despacio mientras se fija en los detalles del locutorio.
Un par de cubículos vacíos con ordenadores de pantalla gruesa, una impresora multifunción al fondo, una máquina de café con una luz roja parpadeante y una pila de revistas de videojuegos sobre una mesa aislada en un rincón.
El lugar tiene ese aire de decadencia de los sitios que alguna vez fueron necesarios y ahora apenas sobreviven.
—Entonces quizá pueda ayudarme. Hace poco se imprimieron aquí unas etiquetas para un paquete. Un envío anónimo. ¿Recuerda algo al respecto?
El encargado resopla, como si la pregunta le resultara una pérdida de tiempo.
—¿Fue por la tarde? Yo solo cubro el turno de la tarde —informa.
Patricia arquea las cejas y esboza una media sonrisa altiva.
—Pues sí. Concretamente a las diecinueve horas y tres minutos del pasado 3 de noviembre. ¿Estaba usted trabajando ese día?
El encargado se rasca la cabeza.
—Eso fue… —Desvía la mirada hacia el techo—. Fue hace dos martes. Sí, entonces sí que estaba yo. Pero no lo recuerdo, lo siento.
Patricia asiente levemente.
—Veo que no disponen de cámaras de seguridad.
—No. Aquí no hay nada de valor.
Los tres adolescentes que jugaban con el ordenador han dejado de hacerlo. Ahora están escuchando la conversación.
—¿Tienen datáfono? —pregunta Patricia.
—No. Solo aceptamos pagos en efectivo —dice el encargado, y señala un cartel cochambroso que lo indica con letra escrita a mano.
La inspectora Siles suspira, empieza a perder la paciencia. Su cansancio solo empeora la situación.
Se echa una mano al bolsillo y saca su móvil. Desliza el dedo por la pantalla hasta que llega a la carpeta con las fotos de las personas que podrían estar involucradas en el secuestro. Le enseña al encargado la primera imagen; se trata de la de David Velasco.
—¿Le suena este hombre?
El tipo le echa un vistazo y niega con la cabeza.
La inspectora pasa a la siguiente: Miguel Lago. El hombre se queda mirando la foto unos segundos, después alza la vista.
—No, lo siento.
Patricia le muestra a continuación las fotografías de Marta Ríos y Jorge Sempere. Nada.
Lo mismo ocurre con la de Daniela. Cuando le enseña la de Irina, el hombre deja escapar una risa burlona.
—De esa sí que me acordaría si la hubiera visto. Está buenísima —dice esbozando una sonrisa maliciosa.
Patricia ignora el comentario y continúa con su tarea. Finalmente, pasa a las imágenes de los desaparecidos: Álvaro, Emma y Sonia. El encargado las observa con más atención. Su expresión cambia cuando ve la de Sonia.
—¿Y bien? —insiste Patricia.
—Esta chica me suena —responde—. No estoy seguro, pero creo que ha venido por aquí alguna vez.
—¿Con quién? ¿Recuerda si estaba acompañada?
El hombre se encoge de hombros.
—No sabría decirle. A veces vienen en grupo, a veces solos. Pero creo que sí, que la he visto por aquí. Espere. —Alza la vista hacia el ordenador donde se encuentran los tres adolescentes—. Fran, ven un momento.
Uno de los chicos se levanta con timidez y se acerca.
—¿A ti te suena esta chica? —pregunta el encargado, y señala la pantalla del teléfono de la inspectora Siles.
El joven mira la fotografía de Sonia.
—Sí. Estuvo aquí hace un par de semanas.
Patricia siente un cosquilleo en la nuca.
—¿Recuerdas si utilizó la impresora?
El chaval se retira la capucha con vergüenza, se encoge de hombros y niega con la cabeza.
La inspectora guarda su teléfono y se acaricia la frente.
—¿Estos ordenadores conservan el historial de búsqueda? —pregunta ahora al encargado.
—Sí, claro.
—Bien. En ese caso se acabó el juego. Que nadie toque nada. Voy a llamar a la comisaría para que vengan a inspeccionar los ordenadores.
Patricia no se inmuta ante las caras de desaprobación de los presentes. Se plantea qué llevaría a Sonia a acudir a un sitio como ese. Pronto lo sabrá.
Irina ha salido al jardín, espera despejarse con el aire frío. Ha conseguido dormir un par de horas. Cayó por puro agotamiento en el sofá. Se despertó sobresaltada, empapada en sudor y con la respiración acelerada. No consiguió volver a dormir.
No le gusta estar sola. El techo de su lujosa mansión se le cae encima. Hay demasiado espacio y siente el vacío que ha dejado Sonia en todas y cada una de las habitaciones.
Ayer tuvo que marcharse de casa de los Lago corriendo.
No iba a quedarse allí a escuchar cómo discutían; no está para eso.
Mintió cuando dijo que iba a pasear al perro de su amiga, que se lo había prometido.
¿Qué clase de amiga permitiría que pasease a su perro en la situación en la que se encuentra, con su hijastra muerta y su marido en la cárcel?
Se siente ridícula por haber puesto esa excusa, fue lo primero que se le ocurrió.
Pensó en reunirse con la familia Sempere, pero sospecha que Marta la odia y, además, no debe olvidar que su propio marido, David, está en la cárcel mientras investigan si está implicado en el secuestro de Álvaro. No sería un encuentro agradable.
Cuando entró en su casa y vio la foto en la que abraza a Sonia por detrás y ambas sonríen, ajenas a las desgracias que les deparará el futuro, no lo resistió.
Se subió a su coche, esquivó a la prensa, que no perdió la oportunidad de fotografiarla y gritarle preguntas, y regresó al parque donde había estado con su amiga Nuria y su perro unos días antes.
Cuando el cadáver de Sonia aún no había aparecido y su marido era inocente.
Se sentó en el mismo banco, cerca de unos niños que jugaban con sus padres, e intentó evadirse. Al menos, allí no había nadie que la juzgara.