La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Miguel Lago se ha quedado solo en la cocina cuando Gabriel ha dicho que tenía que volver a la comisaría y se ha ido.

Su tono ha sonado como si hubiesen descubierto algo importante, pero no ha dado detalles.

Miguel empieza a estar harto de su actitud mística, aunque también le preocupa que la investigación cada vez apunte más hacia él.

No sabe qué hacer con las manos, con el cuerpo, con la inquietud que se le ha instalado en el pecho.

Su nerviosismo ha tomado el control. Se apoya en la encimera con la mirada perdida en los azulejos.

Siente que las paredes de su propia casa lo aplastan.

Un dolor opresivo en el esternón lo preocupa.

«Podría ser un infarto», piensa. Tal vez así se solucionarían sus problemas.

Ha tenido que confesar que se veía con Marta, y eso no es bueno, nada bueno.

Cuando salga a la luz, y tiene claro que lo hará, tendrá que sufrir la vergüenza que él mismo se ha ganado actuando como un miserable.

Sabe que el inspector Somoza no es idiota.

Es de todo menos eso. A esas alturas habrá empezado a atar cabos, a cuestionarse hasta qué punto su relación con la madre de Álvaro es relevante.

Y si sigue indagando… Miguel se pasa la mano por el rostro, como si el gesto pudiera disipar la tensión de sus sienes.

El cansancio es cada vez más incapacitante.

Ya no piensa con claridad, si acaso lo ha hecho en alguna ocasión. Necesita dormir, pero no puede.

Deja escapar un suspiro pesado antes de decidirse a salir al salón. Camina despacio, con pasos erráticos que rompen el sepulcral silencio de su hogar. Entonces la ve.

Irina.

Se había olvidado por completo de ella.

Está sentada en el sofá en una postura aparentemente relajada; sin embargo, algo en la forma en que mantiene la espalda recta, en la manera en que sus dedos juguetean con el borde de su blusa, le indica que no está tan tranquila como pretende.

Cuando ella alza la vista y lo observa, algo en su expresión lo sobresalta.

No sabría decir si es juicio o sospecha, pero ambas cosas lo incomodan.

—Hola, Irina. Había olvidado que estabas aquí —confiesa.

—Yo… No quiero molestar, la verdad es que…

—¿Has oído algo? —interrumpe Miguel cambiando el tono de voz.

El rostro de Irina es otro ahora, deja ver su miedo. No contesta, abre la boca sin que salgan las palabras.

—Que si has oído algo —insiste Miguel, más brusco aún.

Irina sigue sin contestar. Una leve desviación de los ojos es suficiente para que Miguel sienta que el mundo se detiene.

—¿Oír… qué exactamente? —La voz de Daniela rompe el aire a la espalda de Miguel.

Acaba de bajar la escalera. Él cierra los ojos, abatido. No sabe dónde meterse. Respira hondo, intenta recomponerse y se gira con lentitud.

—¡Cariño! —exclama—. ¿Cómo estás? No te he oído bajar.

Daniela lo fulmina con la mirada.

Irina se levanta de repente y se alisa la falda en un gesto automático.

—Tenéis que disculparme, prometí a mi amiga que pasearía a su perro mientras ella está fuera.

Ni Miguel ni su mujer se dignan prestarle atención. Irina se apresura a abandonar la casa mientras el matrimonio se sostiene la mirada.

—¿Ha habido alguna novedad mientras dormía? —pregunta Daniela arrastrando las palabras sin pestañear.

Miguel niega con la cabeza y se frota la coronilla.

Tendrá que explicarle por qué se han llevado su coche.

Tendrá que explicarle que el inspector Somoza ha estado preguntándole, de nuevo, por lo que hizo la noche que desaparecieron los chicos.

Y tendrá que explicarle qué era lo que podría haber oído Irina.

Solo que no tiene la más remota idea de cómo hacerlo.

—¿Desde cuándo te importa lo que Irina oiga? —pregunta Daniela con frialdad.

Miguel abre la boca, pero no encuentra la respuesta correcta. Y ese vacío es suficiente para que su mujer entienda que algo no encaja. Daniela entrecierra los ojos, su expresión cambia. No dice nada más, pero Miguel sabe que la conversación no ha terminado. Solo ha quedado en pausa.

Por ahora.

Gabriel Somoza cierra la puerta tras entrar en el despacho de Patricia, que lo esperaba desde hacía un rato.

Ambos están demacrados. Sin decir nada, toma asiento y coge el informe de la Unidad Científica que su compañera le había dejado preparado encima de su mesa.

Gabriel empieza a leerlo mientras Patricia se cruza de brazos, inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.

—Prométeme que esta noche dormirás —le pide Gabriel.

—Lo haré, si haces tú lo mismo —contesta Patricia sin moverse.

Gabriel piensa en preguntarle qué tal van las cosas por casa, pero decide no hacerlo. A la inspectora no le gusta que se metan en su vida privada. Además, es evidente que no van bien.

Se toma unos minutos para leer el informe.

—¿Qué opinas? —pregunta Gabriel.

Patricia se incorpora con movimientos torpes. Apoya los codos en la mesa y se sujeta la cabeza con una mano. Intenta mirarlo a los ojos, pero le cuesta levantar la vista.

—No lo sé. —Y niega con la cabeza—. Hay muchos agujeros.

—No podemos negar que la furgoneta pertenece a David Velasco y que se ha encontrado ADN de los tres chicos en su interior —comenta Gabriel.

—Sí, eso está claro, Gabi. Y que conste que desde el principio es mi principal sospechoso. Pero ¿por qué? ¿Por dinero? No me cuadra, la verdad, y sé que a ti tampoco. Es de las pocas cosas que no necesita David Velasco.

Gabriel lanza el informe sobre la mesa.

—¿Qué dice Urriaga? —pregunta.

Patricia sonríe con ironía.

—¿Urriaga? Pues está contento. ¿Cómo no iba a estarlo? Se ha quitado un marrón de encima muy grande. No creo que tarde en filtrarlo a la prensa.

Gabriel asiente. Odia el juego mediático y no quiere formar parte de él, por eso nunca aceptaría un puesto de gestión.

—¿Qué hay de las cámaras de seguridad cercanas a la ruta del camión de la basura? —pregunta.

—La ruta abarca muchos kilómetros y todos son rurales. Sube desde la zona de la periferia de Mutxamel hasta casi el final de El Campello. Zonas oscuras, sin cámaras y con cientos de parcelas. Hay varias patrullas dando vueltas por allí, pero aún no han hallado nada.

—Bueno, centrémonos en encontrar a los chicos —sugiere Gabriel—. La vista es en una hora. Sabemos que con lo que tenemos es suficiente para decretar prisión provisional para Velasco. Pienso que deberíamos intentar hablar con él otra vez.

—No va a servir de nada. Pero vale. ¿Qué te han dicho del coche de Miguel Lago?

Se dibuja un gesto torcido en los labios a Gabriel.

—Están algo cabreados. Dicen que tienen otros casos y que los estamos sobrecargando, pero lo tendrán mañana a más tardar.

Patricia se deja caer sobre la mesa, está abatida.

Gabriel se levanta y da unos pasos hasta el corcho donde ella cuelga sus notas sobre la investigación. Se queda de pie unos segundos para examinar su contenido en silencio.

—Nico Ortiz y los Bobrov. —Señala una foto de Nico clavada en el corcho—.

Descartado. El registro de llamadas de Nico está limpio y su geolocalización también.

Su coartada, en la que aseguraba estar con su novia dándose el lote en el coche, es cierta.

Ella lo ha confirmado. Por otro lado, si los Bobrov estuvieran implicados, lo más probable es que los chicos hubieran aparecido muertos en cuanto se supo que la policía trabaja en el caso.

Patricia emite un gemido de aprobación. Sigue apoyada en su escritorio.

Gabriel mueve el dedo hacia una foto de Miguel Lago.

—Miguel, sin embargo, mintió acerca de dónde estaba la noche que desapareció su hija. Mal comienzo. Veamos qué encontramos en su coche. Me llamó la atención que fuese el único padre que no salió a buscar a los chicos cuando David Velasco lo sugirió.

Patricia se incorpora finalmente y gira su silla hacia Gabriel.

—Es quien más motivos tiene. Está sin blanca —añade.

Gabriel se vuelve hacia ella. No le convence, y se lo transmite con la mirada.

—Ya, pero no ha tenido valor suficiente para admitir ante su familia que están en la ruina.

¿Lo tendría para secuestrar a su propia hija?

—Se aclara la garganta—. Por otro lado, las notas del secuestro dejan claro que iban dirigidas a los Lago y a los Sempere, no a los Velasco.

Sonia debió de ser un daño colateral. Creo que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y eso le costó la vida.

Patricia se levanta y señala la foto de David Velasco.

—No olvidemos que David y Sonia discutieron ese día. David es agresivo, pegaba a Sonia y a Irina. Tal vez se pasó de la raya. El cadáver de Sonia tenía un golpe en la cabeza y el cuello roto, seguramente por la caída —comenta Patricia.

—También lo he pensado. Cuadrar, cuadra. David la mata por accidente y finge un secuestro para salir indemne. Sin embargo, Sonia estuvo en la playa de la Almadraba, encontraste su collar. Aunque alguien pudo dejarlo allí a propósito —dice Gabriel.

—Sí, es verdad. No tendría mucho sentido. Además, el testigo que los vio subirse a la furgoneta, que ha identificado como la de David Velasco, por cierto, asegura que los tres estaban vivos cuando subieron —añade Patricia.

—David Velasco lo tiene todo en contra. Nos ha mentido, y eso le perjudica —concluye Gabriel.

—Quien lo haya hecho cuenta con ayuda, eso está claro. David es quien más recursos tiene. Tal vez quiso dar un escarmiento a su hija y todo se torció.

Gabriel sigue escrutando el corcho. En él, las fotos y las notas parecen mirarlo desafiantes.

—En cualquier caso, continuemos investigando a las personas que podrían tener asuntos pendientes con Jorge Sempere. Un abogado como él siempre tiene enemigos —sentencia—. Ahora vamos a hablar con David.

A David Velasco lo corroe la rabia. Ese sentimiento domina sus pensamientos y solo es capaz de planear venganza. Se jura a sí mismo que saldrá de allí y que se encargará personalmente de ajustar cuentas. Sobre todo con ese inspector de gestos apagados.

Pero no es idiota. Sabe que va a ir a la cárcel; nadie puede librarlo de eso. Lo que no sabe es el tiempo que pasará entre rejas.

Su abogado se lo ha dejado muy claro: las pruebas son contundentes, e insiste en que elaboren un plan de defensa. Se desespera cuando David se queda callado y no responde sus preguntas. Se ha tomado muy en serio lo de no decir nada.

En unos minutos, un juez le leerá los cargos a los que se enfrenta.

No puede negar que la furgoneta es suya.

Tampoco puede negar que la droga que encontraron en su discoteca le pertenece.

Lo hará, por supuesto, pero no servirá de nada.

Ha optado por dejar que el tiempo transcurra y que suceda lo que tenga que suceder.

El inspector Somoza se sienta, junto a la inspectora Siles, enfrente de David y su abogado.

—Señor Velasco, con las pruebas que hemos presentado a fiscalía, el juez va a decretar para usted prisión provisional —le anuncia Gabriel.

—Mi cliente acaba de perder a su única hija, inspector. No tiene sentido que pase por esto —dice su abogado.

Gabriel no contesta al letrado.

—¿Tiene idea de dónde pueden estar Álvaro y Emma? —pregunta mirando a David a los ojos.

Él le clava las pupilas, desafiante. Las palabras no calan en él. Se está conteniendo para no abalanzarse sobre el inspector y darle una paliza allí mismo. Al menos eso le haría sentir mejor.

—¿Dónde estuvo la noche que desaparecieron su hija, Álvaro y Emma? —insiste Gabriel.

Nada.

—¿Ha circulado con su furgoneta por la zona del Cabo de las Huertas recientemente?

Continúa el silencio.

—¿Quiere hacer alguna declaración, señor Velasco? —pregunta Patricia Siles.

David mantiene el mismo gesto, la misma soberbia, pero no suelta prenda.

Gabriel dirige una mirada a su compañera. Parecen comunicarse mediante telepatía. Ambos se levantan.

—Nos vemos en un rato —se despide el inspector, y sale con Patricia.

David se queda a solas con su abogado, que insiste en preparar respuestas ante las preguntas que el juez le formulará. Sin embargo, no hay nada que pueda hacer. Su destino está decidido, y ha tirado la toalla.

Al cabo de unos minutos, un par de policías irrumpen en la sala de interrogatorios. Es hora de ir a ver al juez.

David avanza por los pasillos de la comisaría con la cabeza bien alta, en cierto punto amenazante, y se siente poderoso al provocar que los agentes con los que se cruza aparten la vista. Lo interpreta como miedo, y eso le gusta.

La sala donde se decidirá su destino es pequeña y húmeda.

Hay un hombre bien vestido a un lado, debe de ser el fiscal.

No lo mira a la cara cuando entra, parece muy ocupado revisando la pila de papeles que tiene delante.

Los inspectores Somoza y Siles también están; se han sentado a su derecha.

David vuelve a desafiar con los ojos al inspector Somoza.

Una mujer menuda y entrada en años accede a la sala. Se ajusta las gafas antes de sentarse justo delante de David. No hay duda, es la jueza.

Lo primero que hace es leerle los cargos que el fiscal ha presentado. David no la mira, sigue pendiente del inspector Somoza.

—Míreme, señor Velasco —ordena la jueza.

David vuelve el rostro con lentitud.

—¿Tiene intención de colaborar y responder las preguntas que se le formulen? —pregunta la jueza.

Silencio.

—Con la venia, señoría —interviene el abogado—. Mi cliente acaba de sufrir una gran pérdida y no está en condiciones de afrontar este trámite. Solicito que se le permita reunirse con su familia en este momento de duelo. Aceptaría un arresto domiciliario, si su señoría lo considera oportuno.

Todos en la sala quedan pendientes de la respuesta de la jueza. Tarda unos segundos en llegar.

—Ante las pruebas presentadas por la fiscalía y la gravedad de los delitos de los que se acusa al señor David Velasco, decreto prisión provisional hasta que tenga lugar el juicio.

El sonido del mazo al golpear la madera sobresalta a todos los presentes, menos a él.