La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Miguel Lago vuelve a estar sentado frente a Gabriel Somoza en la cocina de su casa. Está aterrado y es incapaz de controlar los nervios. Sabe que eso solo empeora la situación, que está atrapado en un callejón sin salida, pero no puede evitarlo.

Le sudan las manos. Siempre le ocurre cuando se enfrenta a una situación estresante. Últimamente, le pasa demasiado a menudo. Un dolor sordo y persistente se le ha instalado en la mandíbula y empeora cada vez que abre la boca.

El inspector Somoza apareció hace un rato en su puerta con Irina.

La pobre mujer estaba devastada. Miguel lo entendió en cuanto escuchó el motivo.

Por suerte, Daniela, su esposa, estaba arriba durmiendo.

Se pasa los días atiborrándose de somníferos encerrada en su habitación.

Quizá sea la forma más inteligente de sobrellevar la angustia, de hacer que el tiempo pase más rápido hasta que todo esto termine.

Si hubiera oído que han encontrado a Sonia Velasco muerta es muy posible que le hubiera dado un ataque de pánico.

Miguel intenta no pensar; es la única manera de no desmoronarse. Pero lo cierto es que no puede más. Necesita que ese dolor se acabe. No sabe hasta cuándo será capaz de soportarlo.

Irina se ha sentado en el sofá. El inspector le ha pedido a Miguel que le permita quedarse.

Le ha explicado que su marido se encuentra en la comisaría y que la mujer no desea estar sola.

Él ha accedido. ¿Qué clase de insensible sería si no lo hiciera?

Aunque, en el fondo, no quiere tenerla allí.

De hecho, cuanto más lejos esté de la familia Velasco, mejor.

Sin embargo, su problema más inmediato es que Gabriel Somoza se propone interrogarlo de nuevo.

Esta vez, su semblante es aún más serio que la primera.

Nada bueno puede salir de esa conversación.

—Hay varios puntos que me gustaría aclarar con usted —le anuncia Gabriel en tono firme.

Miguel se remueve en la silla. No encuentra una postura cómoda. Está dando una imagen nefasta. Si por alguna remota posibilidad ese policía no sospechaba de él, ahora esa posibilidad ha desaparecido. En este momento es la viva imagen del miedo.

—Claro. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

Gabriel lo observa con gesto inescrutable, apoya los codos en la mesa y se inclina hacia delante. Chasquea la lengua antes de hablar.

—Hemos investigado su situación financiera. Es preocupante, como supongo que ya sabe.

«Se acabó», piensa Miguel. Era cuestión de tiempo que alguien lo descubriera.

Durante un breve instante, se siente aliviado.

Tal vez así su esposa y su hija dejen de despilfarrar un dinero que no tienen.

Pero la vergüenza lo golpea con fuerza. No ha sido capaz de mantener el nivel de vida al que acostumbró a su familia. Lo odiarán por ello. Está convencido.

—Sí, soy muy consciente de eso —responde con voz tensa.

—¿Su familia está al corriente de esta situación?

—No, no lo sabe nadie. No he tenido valor para explicarlo. Es humillante.

Gabriel le lanza una mirada inquisitiva. Desconfía de él. Miguel lo tiene claro.

—En estos momentos, adeuda una cantidad cercana al medio millón de euros. ¿Cómo piensa hacer frente a esos pagos? —pregunta el inspector Somoza.

—Aunque me duela, tendré que vender la casa.

—¿Está en venta? —inquiere Gabriel ladeando la cabeza.

Miguel niega.

—No, he estado demorándolo porque soy un cobarde y no sé cómo decírselo a mi mujer y a mi hija.

—Entiendo. Supongo que no se le escapa que es mucha casualidad que su hija y dos adolescentes más desapareciesen y los secuestradores solicitasen un rescate que usted no puede pagar.

De hecho, es una cantidad importante que le ayudaría a cubrir sus deudas.

Le daría la oportunidad de empezar de cero —comenta Gabriel.

—Si insinúa que yo he tenido algo que ver está muy equivocado.

Gabriel hace una mueca con los labios.

—Si no quiere que sospeche de usted, va a tener que explicarme qué hizo la noche que desapareció su hija, y le sugiero que esta vez no me mienta.

Se forma un silencio largo e incómodo.

Miguel no es capaz de mirar a Gabriel a los ojos.

La casa, que hace poco se inundaba de gritos y llantos desesperados, ahora parece no emitir sonido alguno.

A Miguel le tiemblan las manos. Está dubitativo, tiene que tomar una decisión sabiendo que no hay salida.

Cualquier puerta que abra le traerá problemas.

—Tengo una aventura con Marta Ríos —confiesa—. La noche que desapareció Emma, había quedado con ella.

Gabriel le sostiene la mirada sin mostrar signos que delaten lo que piensa. Su semblante es neutro.

—¿Dónde estuvieron? —pregunta.

—No llegamos a vernos esa noche. Habíamos quedado donde siempre, en un hotel de Bonalba, pero Marta no apareció.

—¿Le contó por qué?

—No. Tenemos la norma de no llamarnos ni escribirnos nunca.

Es algo que a ella le aterra. Me dijo que no debíamos dejar ninguna prueba —explica Miguel con la vista gacha—.

Esa noche la esperé durante horas, pero no apareció.

Terminé por aceptar que no iría y volví a casa.

Fue entonces cuando me enteré de la nota y de todo este desastre.

Se produce una pausa en la que el inspector Somoza se centra en asimilar la información.

—¿Marta Ríos sabe que tiene dificultades económicas? —pregunta finalmente.

—No. Como ya le he dicho, no lo sabe nadie.

—Permítame un momento, tengo que hacer una llamada —se excusa Gabriel.

Se levanta y sale al jardín. Se aleja lo suficiente para que sea imposible que nadie en la casa alcance a oír la conversación.

Miguel se queda solo en la cocina. Ahora la puerta está abierta y ve de soslayo a Irina, recostada en el sofá con la cabeza apoyada en una mano y las facciones desgastadas por el llanto.

Reza para que no haya escuchado nada. Si a Irina le da por tener una conversación con Daniela y le cuenta que su marido la engaña, será devastador.

Y más en una situación como esa. Solo de pensarlo le entran escalofríos.

La espera se hace eterna. Gabriel Somoza vuelve al cabo de unos minutos interminables.

—De acuerdo. No podrá usar su coche por el momento, Miguel. Voy a llamar a la grúa para que lo lleven a comisaría. Necesito que lo inspeccionen.

Patricia acaba de hablar por teléfono con el comisario Urriaga. Está enfadado. Muy enfadado. Le ha reprochado que no lo esperara en la planta de residuos y que después lo haya evitado.

Sabe que tiene razón. Lo ha hecho a propósito porque suponía lo que Urriaga iba a decirle.

Él no quiere mantener retenido a David Velasco si no hay motivos de peso para justificarlo.

Su hija acaba de aparecer muerta y, en opinión del comisario, lo que tienen hasta ahora no es suficiente.

Le ha advertido que más le vale que encuentren algo en la furgoneta que están terminando de analizar o va a tener que dar explicaciones.

Esa misma duda ha rondado la cabeza a Patricia.

No es fácil lidiar con esa carga. Si David Velasco es inocente, haberlo retenido en el peor momento de su vida será imperdonable.

Pero, si es culpable, todo cambia. Y su instinto le dice que lo es.

Mintió cuando afirmó que había salido a buscar a su hija y no ha sabido explicar qué hacía en un local de Orihuela, donde además han encontrado un importante alijo de droga.

Son decisiones difíciles, y el peso de cada una la desgasta haciéndola analizar demasiado las consecuencias.

Por eso ha evitado a Urriaga. No necesita que nadie le recuerde lo que está en juego.

Gracias a varios agentes que la mantienen al corriente de lo que ocurre en la comisaría, ha sabido que David Velasco reaccionó a la muerte de su hija con ira.

No ha dejado de gritar ni de golpear las paredes de la celda en la que está retenido.

Su abogado amenaza con denunciar a todo el cuerpo.

Tampoco ha desperdiciado la oportunidad de mostrarse ante la prensa.

Ha emitido un comunicado, lleno de rabia, donde se queja de que la policía no permite a su cliente estar con su familia.

Ha omitido, por supuesto, que Velasco solía agredir a su esposa y a su hija.

También ha evitado mencionar que está retenido, además, por un delito de tráfico de drogas.

De momento. Pronto podrían sumarse otros cargos. Patricia desea que así sea.

En cualquier caso, si transcurren unas cuantas horas más y no son capaces de añadir nuevas pruebas, será decisión del juez que quede en libertad o se establezca prisión provisional.

Mientras todos esos pensamientos la invaden, espera en una cafetería solitaria de la playa de San Juan. Ha quedado allí con Martina Mendoza, la joven con la que, según Ismael Reyes, Álvaro tuvo un lío de una noche un sábado cualquiera en las rocas del Cabo de las Huertas.

La chica llega tarde, algo que irrita a Patricia. Aunque al menos ha tenido la decencia de avisar.

Apura la segunda taza de café cuando ve aparecer a una joven alta y delgada. Es mona, pero Patricia opina que Emma es más guapa. Viste con elegancia. Quizá demasiada para su edad. Tiene un estilo que no pasa desapercibido.

El lugar está prácticamente vacío, así que Martina reconoce de inmediato a la inspectora. Se acerca con una sonrisa tímida y se sienta frente a ella, expectante.

—Lamento el retraso —se excusa.

Patricia no contesta. No le gusta mentir, y decirle que no pasa nada sería falso. Lo cierto es que está molesta y siente que el tiempo se le agota.

—Gracias por venir, Martina. Necesito hacerte unas preguntas sobre Álvaro Sempere —anuncia cortante.

La chica suspira y se atusa el pelo.

—Todavía no me creo lo que está pasando. Quiero decir…, el otro día faltaron a clase, pero nadie imaginaba algo así. Nos hemos quedado en plan… —Hace una mueca, arquea las cejas y se encoge de hombros. Patricia detesta la jerga adolescente.

—¿Conocías bien a Álvaro? —pregunta sin rodeos.

Martina desvía la mirada hacia la barra de la cafetería.

—Supongo que si me ha llamado es porque sabe que nos liamos una vez.

—¿Fue solo una vez? —inquiere Patricia.

La joven aprieta los labios y asiente lentamente con una expresión entre la tristeza y la vergüenza.

—Sí. La verdad es que yo estaba… estoy colada por él. Es el chico más atractivo que he visto jamás y camina como si flotara. No sé cómo explicarlo.

—No es necesario —zanja Patricia—. Explícame de qué hablasteis ese día. ¿Te contó si tenía algún problema o si estaba metido en algún lío?

—No hablamos mucho. —Martina sonríe—. Fue un poco raro. Quiero decir…, él nunca se había fijado en mí, ¿vale? Él está en otra liga.

—¿Y qué pasó ese día? ¿Por qué crees que se fijó en ti?

—No lo sé. Normalmente visto ropa ancha, tipo chándal y cosas así. Pero ese día mi hermana mayor me dejó un vestido superelegante que se había comprado para una boda. Solo lo usó una vez porque luego engordó un poco y ya no le quedaba bien…

—Céntrate en Álvaro, por favor —la interrumpe Patricia.

Martina cambia el gesto. De repente, parece incómoda con la inspectora.

—Bueno, iba muy guapa. Nunca me había visto así, tan radiante. Todo el mundo me lo decía. Y parece que Álvaro también lo pensó, porque se acercó a mí. De repente me apartó y me pidió que lo acompañara a una zona donde no hubiera nadie.

Patricia levanta una mano.

—¿Te forzó en algún momento?

Martina arruga la frente, sorprendida.

—¿Álvaro? No. No, en absoluto. Yo estaba flipando. Me pilló por sorpresa y no me lo creía, pero no me obligó. Fui encantada, y lo volvería a hacer.

—¿Y qué pasó cuando os quedasteis solos? ¿De qué hablasteis?

Una sonrisa pícara asoma al rostro de Martina. Se ha sonrojado.

—Me besó. Yo le devolví el beso y fue… increíble, la verdad.

Es cierto que trataba de meterme mano todo el rato y tuve que pararle.

No porque no me apeteciera, que lo estaba deseando, pero no quería parecer fácil.

Aunque no funcionó. —Vuelve a encogerse de hombros—.

Hablamos poco, le repito. Me dijo que nunca se había fijado en mí, pero que cuando me vio llegar con ese vestido… Le encantaba cómo me quedaba.

Hace una pausa antes de añadir, con un poso de frustración:

—Al cabo de un rato, cuando vio que no iba a dejarle ir más allá, perdió interés y dijo que se iba a casa. Desde entonces he intentado vestirme más elegante, pero no ha dado resultado.

Patricia levanta la mano y llama a la camarera para pedir la cuenta. Su irritación ha ido en aumento. Siente que hablar con Martina ha sido una completa pérdida de tiempo.

La joven parece decepcionada por la brevedad de la conversación. La inspectora Siles se dispone a despedirse después de pagar cuando su teléfono vibra sobre la mesa.

—Diga —responde de inmediato.

—Jefa, tenemos los resultados de la furgoneta de David Velasco. Es nuestro —anuncia una voz masculina al otro lado.

Patricia se tensa. Sujeta el móvil con más fuerza.

—Explícate —exige sintiendo que se le acelera el pulso.

—En la furgoneta había sangre de Sonia Velasco. Y hemos recuperado muestras de ADN de Álvaro y Emma.