La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Las dos horas que Patricia ha dormido en el sofá de la pareja octogenaria que vive en la playa de la Almadraba han sido suficientes para infundirle fuerzas. Ha tenido una mañana productiva en la que ha logrado agilizar varios puntos clave de la investigación.

Salvo por la breve interrupción de Gabriel para que la ayudase con el interrogatorio de Irina, ha aprovechado bien el tiempo.

El análisis del teléfono de Sonia confirma el testimonio de Irina.

Tuvo una discusión con su padre y este le pegó.

Lo comenta con su amiga Ángela en una serie de mensajes donde deja claro que se ha ido de casa y que no piensa volver.

Patricia relee la transcripción de la conversación. No quiere que se le pase nada.

SONIA: No es la primera vez. Estoy harta.

ÁNGELA: ¿Y qué vas a hacer? Ven a mi casa y te quedas aquí.

SONIA: De momento, prefiero estar sola. Gracias. ¿Te puedes creer que cuando me he ido ni se ha molestado en decirme nada? Ha tenido que salir Irina a rogarme que me quedara y él se ha quedado en su despacho, como si no le importase.

ÁNGELA: Ven a casa, tía. Y me cuentas todo mejor.

SONIA: Voy a apagar el teléfono. Si me llama, que se encuentre con el buzón y se preocupe. Se lo merece.

Y eso hizo. Apagó el teléfono un minuto después de enviar ese último mensaje y no volvió a encenderlo.

El último punto en el que su móvil emitió señal fue en la avenida Costablanca, una larga travesía que conecta el Cabo de las Huertas con la playa de la Almadraba.

No hay mensajes anteriores que sugieran que estuviera metida en un lío.

De hecho, no hay registros recientes de conversaciones con Álvaro ni con su padre.

Siempre se dirigía a Irina para comentarle sus planes o decirle si pensaba cenar en casa.

La relación entre ambas era cercana, lo que hace que Patricia entienda aún más el dolor de Irina por su pérdida.

El último mensaje recibido de Álvaro data del mes de julio. Sonia lo saluda y él tarda en contestar. Álvaro le sugiere quedar en las rocas y ella acepta. Luego, un silencio que se prolonga hasta el presente.

Por otro lado, el comisario Urriaga está presionando a Patricia para que dé una rueda de prensa.

Insiste en que, si no lo hacen pronto, los periodistas no les darán tregua.

Pero Patricia se niega en redondo. No va a exponerse de ese modo, por mucho que su superior insista.

Antes renunciaría a su puesto como jefa del Grupo de Homicidios.

Lo único que le importa es la investigación.

Ha podido saber que las cámaras de seguridad cercanas al lugar donde se entregó el paquete el día antes de llegar a la casa de la familia Lago no revelan nada de nada.

Su ubicación es nefasta. Debido a la legislación vigente, ninguna cámara de un comercio particular puede apuntar a la calle, lo que complica la búsqueda de pistas.

La cámara de la empresa de mensajería solo enfoca el interior del local y eso no le sirve, ya que quien dejó el paquete lo depositó en un buzón exterior sin vigilancia.

Las etiquetas estaban impresas y adheridas a él, y el coste del envío se abonó previamente mediante una cuenta falsa.

Los del departamento de Pericias Informáticas han rastreado la dirección IP desde la que se generaron e imprimieron esas etiquetas.

El rastro los lleva a un locutorio de la playa de San Juan, uno de los pocos que aún mantienen su actividad ofreciendo ordenadores con conexión a internet e impresoras.

El dato más relevante es que se imprimieron siete días antes de producirse el secuestro.

Será la propia Patricia quien acuda a ese lugar en busca de respuestas. Lo tiene claro.

Una breve investigación concluye que el hombre que supuestamente envió el paquete lleva más de cinco años ingresado en un geriátrico. Su deteriorado estado mental lo descarta por completo como sospechoso. Además, vive en Santander, de modo que la posibilidad de su implicación es aún más remota.

El pago se realizó a través de una cuenta de PayPal, lo que dificulta el rastreo y convierte el caso en un callejón sin salida.

Patricia ha solicitado la ayuda del departamento de Investigación Tecnológica, pero no tiene muchas esperanzas de obtener algo útil.

Quien organizó esto sabía exactamente lo que hacía.

A pesar de todo, Patricia no piensa quedarse de brazos cruzados y trabaja en varias líneas de investigación.

Ha pedido a un grupo de agentes que amplíen el radio de búsqueda con las cámaras de seguridad, aunque sin muchas expectativas.

Mientras tanto, la Policía Científica analiza la furgoneta de David Velasco, y ella tiene pendiente hablar con Martina, la chica con la que, según Ismael Reyes, Álvaro tuvo un encuentro una noche en las rocas del Cabo de las Huertas.

También ha recibido los informes solicitados sobre los familiares directos.

Nada llamativo, salvo un hermano de David Velasco al que pusieron una orden de alejamiento por acoso hace diez años.

Son tantos frentes que la inspectora Siles no tiene más remedio que delegar.

Enviará a alguien a hablar con el hermano de David.

Es meticulosa y no quiere que se le pase nada.

Sin embargo, hay algo más. Algo que no dejaría en manos de otra persona que no fuese Gabriel.

Ha recibido los informes con la geolocalización de los teléfonos de Jorge Sempere, Marta Ríos y Miguel Lago que Gabriel le pidió solicitar.

Jorge y Marta, los padres de Álvaro, no mintieron.

La noche del secuestro estuvieron en casa.

Al menos sus teléfonos móviles muestran actividad en esa localización.

Sin embargo, el perfil de Miguel Lago, el padre de Emma, revela que su situación económica es alarmante.

Un vistazo a las cifras hace que Patricia se lleve la mano a la boca.

Su informe de localización muestra que la noche en la que su hija desapareció estuvo moviéndose a una velocidad que sugiere que viajaba en un vehículo.

Se desplazó hasta el campo de golf de Bonalba y permaneció en un hotel de la zona durante horas.

Es un área algo aislada repleta de chalets.

Su comportamiento es, cuando menos, sospechoso.

Necesitan hablar con él cuanto antes.

—Lamento mucho que tenga que pasar por esto de nuevo.

El agente que realizó la anterior inspección se centró en conseguir muestras de ADN y prendas de ropa que pudiesen ayudar en el rastreo.

Yo necesito dar un paso más y dar con alguna pista que me lleve a encontrar a los chicos —dice Gabriel a Irina al entrar en su opulenta casa.

Irina se ha sentado en el sofá con las manos entrelazadas en el regazo.

—Lo entiendo, pero ¿es necesario que vaya a la habitación de Sonia con usted? No estoy preparada para entrar ahí ahora.

—No, claro que no. Puede quedarse aquí con el agente Muñoz. No tardaré, se lo prometo.

Martín Muñoz se queda de pie detrás del sofá, donde no molestará a Irina.

Gabriel cruza de inmediato el amplio vestíbulo y sube la escalera de mármol con zancadas firmes.

El tiempo apremia. Una agente de la Policía Científica lo acompaña en la inspección.

Mientras ella se encarga de precintar los ordenadores de la familia Velasco y de buscar dispositivos susceptibles de ser analizados, él se centra en las pertenencias de Sonia.

Tal vez encuentre un diario, una nota, algo que lo acerque al paradero de Álvaro y Emma.

O tal vez no halle nada. Pero tiene que comprobarlo. Es parte de su trabajo.

El gato de Sonia aparece en el umbral de la puerta y se queda sentado observando fijamente al inspector como si lo vigilara. Gabriel desvía la mirada, y de repente se acuerda de que Azabache lleva días solo en casa.

Sobre el escritorio hay un libro con una marca de lectura a la mitad: Entre líneas , de Luis Santamaría. Revisa los cajones. Nada interesante. Luego el armario. Encuentra menos ropa de la que esperaba. Son prendas sobrias. Sonia parece inclinarse por colores neutros y un estilo elegante.

Le llama la atención el inusual orden de la habitación.

No sabe si es obra de la joven o de la asistente que se ocupa de la casa.

Sobre una estantería anclada a la pared descansan varios juegos de mesa.

Los abre uno a uno. Ninguna sorpresa. Hasta que se topa con uno que no contiene tablero, reglas ni fichas, sino las piezas de un puzle.

En una esquina, varias cajas de zapatos están perfectamente apiladas. Rebusca en ellas. Ve que en el interior de una no hay calzado, sino objetos de valor sentimental. Es el momento de cambiarse de guantes.

Con sumo cuidado, remueve los objetos: una pulsera de nacimiento con el nombre casi borrado por el paso del tiempo, unos pequeños pendientes de diamantes, una diadema de flores, una tarjeta de cumpleaños con un dibujo donde se lee «Mejores amigas» firmada por Ángela hace dos años, un llavero con una miniatura de la Torre Eiffel y un colgante que le llama la atención.

Frunce el ceño. Está seguro de haberlo visto antes. Cierra los ojos un instante y se concentra. Lo recuerda de pronto: es el collar de Álvaro. El diente de marfil es idéntico.

Pone la caja en la cama y, con una mano, accede a su teléfono móvil.

Busca entre sus fotos. Álvaro lleva ese collar en más de una.

Lo revisa varias veces. No hay duda. Es el mismo.

Con la otra mano lo introduce en una bolsa de pruebas.

Continúa su búsqueda durante media hora más, hasta que se da por vencido.

La agente de la Policía Científica ya se ha marchado.

En la anterior inspección, otro agente se llevó el ordenador de Sonia para que se analizara en la comisaría, con lo que se ha centrado en los portátiles de Irina y David Velasco.

Espera que, después de no haber encontrado nada interesante en el ordenador de Sonia, sí puedan hallar alguna pista que los acerque a resolver el caso en el ordenador de David.

Se pregunta cómo deber de ir la espera entre Martín Muñoz e Irina. No ha oído ni una sola palabra desde que subió.

Cuando baja, la encuentra en la misma posición: sentada en el sofá con la mirada perdida en algún punto del vacío.

—He terminado. Gracias por la espera —anuncia Gabriel.

—¿Necesita algo más? —pregunta Irina con voz cansada.

—¿Sabe si Álvaro y Sonia se veían aquí? —indaga Gabriel.

Irina se encoge de hombros.

—Que yo sepa, no. Pero muchas veces no había nadie en casa. Si aprovecharon esos momentos, lo ignoro. Lo siento.

Gabriel asiente con un gesto de comprensión.

—¿Cree que Sonia estaba obsesionada con Álvaro?

Irina ladea la cabeza y lo mira con sorpresa.

—A Sonia le gustaba, claro. Es muy atractivo y siempre tiene a las chicas detrás. Puede que ella se sintiera especial y disfrutara de esa sensación. Pero sin duda era una atracción correspondida… O al menos eso creo. Sonia me contaba detalles y, por lo que sé, él la buscaba más a ella que al revés.

—Entiendo —contesta Gabriel.

Se toma un instante para considerar la respuesta de Irina, pero no insiste más.

—Bien, nos llevamos algunos objetos para analizarlos. En cuanto haya alguna novedad, la llamaré.

Da media vuelta, pero, antes de que pueda alejarse, Irina se incorpora de golpe.

—Inspector… —dice con la mirada clavada en él—. No quiero quedarme sola. Mi amiga Nuria se ha marchado unos días. ¿Cree que podría quedarme con Daniela y Miguel?

Hay algo en su tono, en su manera de sujetarse los brazos, que a Gabriel lo enternece.

Se siente identificado con su pérdida y le inspira compasión.

—No lo sé. No es mi casa —responde Gabriel—. Pero acompáñeme, hablaremos con ellos.