La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Irina se ha despedido de su amiga Nuria con una sensación de inquietud. Algo no va bien. La voz del inspector Somoza al otro lado del teléfono, pidiéndole que se presente en la comisaría, le augura una mala noticia.

Si Sonia hubiese aparecido sana y salva, lo habría dicho sin rodeos. Pero no lo ha hecho. Y eso la preocupa.

La otra posibilidad es que hayan descubierto alguno de los trapos sucios de su marido.

Eso no le afectaría tanto. De hecho, hasta se alegraría.

No tiene nada que ver con sus negocios ni con sus asuntos turbios.

No es la primera vez que David le pega, pero se ha jurado a sí misma —y a Nuria— que será la última.

No se ha planteado abandonarlo en plena desaparición de su hija.

Sería un golpe demasiado bajo, incluso para él.

Puede esperar a que todo se solucione. Siempre y cuando David mantenga las manos quietas.

Intenta concentrarse en la carretera, alejar de su mente esos pensamientos.

Ya afrontará lo que tenga que afrontar cuando sepa de qué se trata.

Ha considerado llamar a Daniela Vidal para preguntarle si sabe algo, pero ha decidido no hacerlo.

Se ha imaginado escenarios horribles de los que prefiere mantenerse alejada el mayor tiempo posible.

Además, es probable que ya estén al tanto de la agresión de David.

No soportaría la vergüenza de hablar de eso con una mujer a la que apenas conoce.

Cuando por fin llega a la comisaría, se sorprende al ver un grupo de reporteros, cámaras y fotógrafos apostados en la entrada. Ha dejado su coche en un aparcamiento cercano y ha ido a pie.

Está a solo unos metros de la puerta cuando una mujer con una cámara colgada del cuello la señala con el dedo.

En cuestión de segundos, una nube de periodistas la rodea. Los flashes se disparan.

—Irina, ¿sabías en qué negocios estaba metido tu marido? —pregunta una reportera acercándole un micrófono a escasos centímetros del rostro—. ¿Crees que tuvo algo que ver en el secuestro de su hija?

«¿Cómo sabe mi nombre?», se pregunta Irina.

Se queda paralizada.

Antes de que pueda reaccionar, dos agentes irrumpen entre la multitud. Uno grita a los periodistas que se retiren mientras el otro la toma del brazo y la escolta hasta el interior de la comisaría.

El bullicio aún retumba en su cabeza cuando un policía se acerca y le indica que el inspector Somoza la está esperando.

No entiende nada.

Tiene miedo y se teme lo peor.

Gabriel Somoza no puede sentarse. Da vueltas por su despacho mordiéndose las uñas.

Intenta elegir las palabras correctas, si es que existe alguna adecuada.

Todo se ha desmoronado. La aparición del cuerpo de Sonia y la implicación de tantas personas en el caso ha acabado de la peor manera posible.

El secuestro se ha filtrado a la prensa y ahora Gabriel teme un desenlace desolador.

Ve llegar a Irina. Tiene el rostro desencajado. Sus ojos, abiertos de par en par, parecen presagiar la infausta noticia. Gabriel avanza hasta la puerta e indica al agente que la acompaña que se quede con ellos. Cuando todos están dentro, cierra la puerta con un chasquido seco.

—Hola, Irina. Gracias por venir. Siéntese, por favor.

La observa durante varios segundos. En sus pupilas encuentra a una mujer aterrorizada, suplicante, como si con solo mirarlo pudiera impedir que pronuncie las palabras que teme oír. Gabriel arrastra la silla y se sienta a su lado.

—Irina, ha sucedido algo que debe saber. Lamento que la prensa la haya abordado de esa manera en la puerta. No debería haber pasado.

Irina traga saliva, pero la voz se le quiebra igualmente.

—¿Qué está ocurriendo?

Gabriel respira hondo.

—Anoche recibimos una llamada de una planta de residuos. Encontraron el cadáver de una adolescente. Hemos hecho las comprobaciones de ADN pertinentes con las muestras tomadas en su casa y hemos confirmado que se trata de Sonia.

El semblante de Irina se descompone. El rostro se le inunda de lágrimas en cuestión de segundos, la piel se le enrojece y un sollozo desgarrador le sacude el pecho.

Gira la vista hacia el otro agente, con la boca abierta, temblorosa.

Restos de saliva salen despedidos por los fuertes espasmos de su llanto.

Parece esperar que él desmienta lo que acaba de escuchar.

Gabriel duda. No sabe si debe decir algo más o si el silencio es la única respuesta posible. Desearía que Patricia se hubiera encargado de informar a Irina. Ella vuelve a mirarlo. Sus facciones crispadas, la vena de la sien palpitando con furia, la angustia desbordándose en su rostro.

—¡No, por favor! —grita desgarrada.

Gabriel no puede soportarlo más. Sus propios recuerdos lo invaden con fuerza. El dolor le atenaza el pecho, ese peso con el que ha aprendido a convivir pero que, en momentos como este, parece que nunca le abandonará.

Sin decir una palabra, indica con un gesto al agente Lloret que se quede con ella en el despacho. Lloret asiente con cara de circunstancias. Sin duda, él tampoco querría estar ahí.

Gabriel abandona la sala sintiendo que le falta el aire.

Necesita que le echen una mano.

Patricia Siles contempla a Irina, conmovida por el dolor que proyecta.

Gabriel ha acudido a pedirle ayuda. Estaba ocupada agilizando trámites para avanzar en la investigación, pero entiende el sufrimiento de su compañero y no piensa dejarlo solo en esto.

Es la única persona a la que no puede decirle que no, aunque admitirlo la haga sentirse débil, en cierto modo.

—Irina, comprendo su dolor y le garantizo que, si no fuera porque aún hay dos chicos desaparecidos, no la haría pasar por esto ahora. —La inspectora deja que el silencio apacigüe la tensión del despacho—. Voy a hacer todo lo posible por encontrarlos con vida y necesito su colaboración.

Irina la mira con los ojos enrojecidos; no queda rastro de la belleza que siempre tuvo.

—¿Su padre lo sabe? —pregunta recobrando la voz.

—Sí, se lo he comunicado en cuanto hemos confirmado su identidad —responde Patricia.

—¿Está aquí?

Patricia duda. Ignora si se refiere al cuerpo de Sonia o a David. No se imagina llevando a Irina a la morgue, así que decide dar por hecho que habla de su marido.

—Sí. Pero ese es otro asunto del que quería hablar con usted. David está retenido. Lo estamos investigando.

Después de pronunciar esas palabras, Patricia analiza con atención la reacción de Irina. Gabriel le ha contado lo que ocurrió ayer. Sabe que ese bofetón no fue el primero.

—Entiendo. ¿Desea hacerme preguntas sobre él? Adelante —contesta Irina con indiferencia.

—Sí, así es. Pero antes le pido que nos permita tomar una muestra de su ADN. Es parte del protocolo. Es preciso que aislemos los perfiles para la investigación.

—Vale.

Patricia abre el primer cajón del escritorio de Gabriel; sabe que él guarda kits ahí.

Coge uno y se dispone a tomar la muestra.

Se levanta, se acerca a Irina y, al introducirle el bastoncillo en la boca, una punzada de remordimiento la atraviesa.

Le cuesta enfrentarse a ese rostro devastado por la tristeza.

«Hay que tener estómago para este tipo de cosas», piensa.

—Hemos averiguado que David no salió a buscar a su hija cuando abandonó la casa de la familia Lago hace dos días. Esa noche fue directo a un club del que es propietario en Orihuela. Díscolo, se llama. ¿Lo conoce, Irina? —le pregunta Patricia cuando termina de tomarle la muestra.

—Sé cuál es, pero nunca he ido. David nunca ha querido llevarme a esos sitios. Dice que tengo demasiada clase para lugares como ese. ¿Qué fue a hacer allí? ¿No buscó a su hija?

—Esperaba que usted me lo explicara. Él se ha negado a hacer declaraciones. Registramos el local y encontramos una gran cantidad de droga almacenada. ¿Sabía que su marido tiene ese tipo de negocios?

Irina asiente con la mirada perdida.

—No es algo de lo que hablemos abiertamente, pero, al fin y al cabo, compartíamos techo. Alguna vez he escuchado conversaciones y me lo imaginaba. No quise preguntar. Habría sido peor. Supongo que ya se habrá dado cuenta de que el carácter de David no es precisamente dócil.

—¿Cree que podría estar involucrado en el secuestro de Sonia?

Irina niega con la cabeza.

—Sinceramente, no lo creo. Lo que no tengo tan claro es que no esté relacionado con su negocio.

Siempre se ha creído más listo de lo que realmente es.

No duda en ganarse enemigos si lo considera necesario.

He conocido a algunos de sus socios y no son gente de fiar.

No descarto que se trate de un ajuste de cuentas o algo parecido.

—¿Recuerda el nombre de alguno? —pregunta Patricia con la libreta preparada para apuntar.

—Solo uno. El que peor impresión me causó.

Era italiano. Enzo Morelli, si no me falla la memoria.

Una vez fuimos a cenar con él y su esposa, también italiana, pero no recuerdo su nombre.

Enzo se pasó toda la noche intentando seducirme.

Mi marido perdió los nervios y discutieron allí mismo.

Aunque, según me echó en cara, todo había sido culpa mía.

Patricia lo anota. Tiene que contener el impulso de decirle a Irina que su marido la engaña con una camarera. Debe ser profesional y no entrar en ese juego.

Gabriel decide intervenir.

—Cuando hablamos por primera vez, le pregunté si su esposo se llevaba bien con su hija. Creo que no pudo contestar con sinceridad porque David estaba delante. ¿Es así?

Los ojos de Irina vuelven a llenarse de lágrimas.

—David es un hombre complicado. Siempre quiere mandar, no soporta que le digan lo que tiene que hacer.

Por eso me callé. Antes de ir a verlo en la casa de la familia Lago, le recordé a mi marido que hace unas semanas me pincharon las cuatro ruedas del coche, por si podía estar relacionado.

Me contestó que me callara y que no comentase nada de eso.

—¿Tiene idea de quién pudo ser? —inquiere Gabriel.

—Alguien de la urbanización, eso seguro. Pero no sabría decirle.

Patricia sigue tomando notas.

—Entonces ¿David y Sonia no se llevaban bien? —pregunta el inspector Somoza.

—No, no se llevaban bien. Chocaban mucho. El día que Sonia desapareció, habían discutido. Él le dio un bofetón. Últimamente estaba más irascible de lo habitual.

Patricia deja que Gabriel continúe llevando el interrogatorio.

—También hubo un momento, en casa de la familia Lago, en el que pregunté si Sonia, Álvaro y Emma se conocían. Creo que usted iba a decir algo y no se atrevió.

Irina asiente y se limpia las lágrimas con la manga de la blusa.

—Yo sí me llevaba bien con Sonia. La quería como si fuese mi propia hija…

—Tiene que tomarse unos segundos para recomponerse, para que la voz no se le quiebre—.

Estaba al corriente de que tenía una relación con Álvaro a escondidas.

Ella me lo contó. No sé si es algo que ustedes ya saben, pero no me pareció oportuno comentarlo delante de sus familias en un momento tan tenso como ese. Lo siento.

Gabriel asiente, procesando la información.

—Irina, quiero volver a los Jardines del Edén. La investigación, como habrá podido comprobar en la puerta con toda esa prensa, ya no es ningún secreto. Y esta vez me propongo ser yo quien registre su casa. ¿Le parece bien?

Irina asiente. Lo último que desea ahora es quedarse sola.