La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Patricia va de inmediato a la planta de residuos, donde el revuelo por lo sucedido es evidente.

Es la primera en llegar al lugar. Los equipos de la Unidad Científica no deberían tardar.

El comisario Urriaga también está de camino, aunque Patricia no tiene intención de esperarlo.

En cuanto consiga lo que busca, se marchará. No piensa perder ni un segundo más.

El olor es nauseabundo. Se le mete muy hondo, impregnándole la ropa y la piel. Le cuesta respirar.

Ha pedido hablar con Elías Moroño, el joven operario que vio el cuerpo caer desde el camión.

Mientras lo espera en un rincón apartado de la escena lo observa acercarse acompañado del encargado de la planta.

Es alto y muy delgado, camina cabizbajo, como si temiera la conversación que está por llegar.

Se detiene a pocos metros de la inspectora Siles.

—Déjenos, por favor —pide Patricia al encargado, que obedece sin rechistar.

Se queda a solas con Elías. El muchacho no levanta la mirada. Está asustado. Es comprensible.

—Soy la inspectora Siles. Necesito que me diga exactamente qué vio.

Al operario le cuesta arrancar a hablar. Las palabras se resisten a salir de su boca.

—Estaba empezando mi turno. Trabajo en ese sector —dice señalando una zona llena de montones de bolsas de basura.

Patricia no rompe el silencio, aunque desea que el chico se apresure.

—Los primeros camiones empezaron a llegar. Dejan los residuos en el foso. Allí, varias máquinas los trituran para reducir espacio. Luego se incineran —continúa Elías.

—De acuerdo. ¿En qué momento viste el cuerpo de la chica? —pregunta Patricia.

—Pues lo vi de casualidad; no solemos fijarnos en lo que cae, damos por hecho que son residuos.

Había bajado al foso porque se había atascado una trituradora y tenía que intentar arreglarla.

Es una máquina que falla mucho últimamente.

Entonces vino un camión y volcó el contenedor.

La mayoría de las bolsas de basura son negras.

Por eso me llamó la atención algo diferente.

Al principio no lo procesé. Pensé que podría ser un maniquí o algo así, pero cuando el camión se fue, me acerqué y lo vi con claridad. Era una chica con un abrigo rojo.

—¿Cuántas personas trabajan en un mismo camión?

—Cuatro. Un conductor y tres auxiliares —contesta Elías.

—¿Los conoces a todos?

El chico guarda silencio unos segundos. La pregunta parece haberlo tomado por sorpresa.

—Sí. Claro.

—¿Has notado algo fuera de lo habitual? Me refiero a si han cumplido con el horario, si ha habido cambios de personal en los camiones… Ese tipo de cosas.

—No. Lo único raro es que ha aparecido una chica muerta. Es posible que alguien arrojara el cuerpo a un contenedor y nadie se diera cuenta hasta que llegó aquí.

Patricia coloca los brazos en jarras, sostiene la mirada al operario y suelta un bufido.

—Bien. Gracias. Eso es todo por ahora.

Elías se aleja. Patricia se queda sola, con la mirada fija en la sábana blanca con la que alguien ha cubierto el cadáver, rodeado de toneladas de basura.

Las luces azules centelleantes anuncian la llegada de sus compañeros de la Unidad Científica.

Lo primero que harán será identificar el cadáver. Pero a Patricia no le hace falta: ya ha visto su rostro y el abrigo rojo que concuerda con la descripción que dio su madrastra.

No hay duda. Es Sonia Velasco.

Su parte es la más difícil: encontrar a quien la mató y descubrir por qué.

Lo primero será averiguar la ruta que siguió ese maldito camión. Y ponerse a trabajar.

Gabriel conduce en silencio, como siempre. Su único acompañante es la incesante voz de su conciencia repitiéndole las mismas preguntas sin respuesta.

Ya no es necesario fingir que es el conserje de la urbanización Jardines del Edén. Ese plan no ha funcionado.

Todavía no se ha confirmado mediante ADN que el cuerpo sea el de Sonia. Por eso, aún no han informado a su familia. Pero Patricia la ha visto y ha cotejado su rostro con un buen número de fotos. No tiene dudas. Es ella.

Si su padre, David Velasco, tuvo algo que ver en su muerte, es un misterio que aún debe esclarecerse. La situación no será sencilla. No lo dejarán en libertad; podría destruir pruebas o, peor aún, darse a la fuga.

La clave es la furgoneta, piensa Gabriel.

Mientras Patricia se dirige a la casa del testigo que aseguró haber visto una el día del secuestro, con la intención de enseñarle unas fotos y confirmar si se trataba del mismo modelo, él se dirige a la planta de residuos donde han encontrado el cuerpo de Sonia.

Se pregunta por qué solo ha aparecido ella y no los cuerpos de Álvaro y Emma.

Se alegra por ello, pero la incertidumbre lo atormenta.

Desde el primer momento, sospechó que el culpable era alguien de la propia urbanización.

Es lo más plausible teniendo en cuenta que la cámara no grabó a nadie entrar o salir del recinto a la hora en la que Daniela asegura haber recibido la nota.

El día en que entregaron la nota de secuestro, Nico, el guardia de seguridad a quien Gabriel detesta por su pasado, no estaba presente para hacer su trabajo.

Pero fue solo por un corto periodo, algo que los secuestradores no podían haber dado por sentado.

A menos que el propio Nico estuviera involucrado.

Aunque no lo cree capaz de algo tan elaborado, es una posibilidad que Gabriel prefiere no descartar.

Además, los informes que han llegado sobre Nico casi lo eliminan como sospechoso.

Varios agentes han seguido sus movimientos y no ha hecho nada que lo delate.

En cualquier caso, Gabriel sabe que tendrá que estar atento.

Si antes de aparecer el cuerpo de Sonia ya sospechaba que el secuestro lo habían ejecutado varias personas, ahora no tiene ninguna duda.

Alguien tuvo que deshacerse del cadáver.

Ha ordenado seguir a todos los familiares que han abandonado la urbanización por algún motivo.

Si hubiera sido alguno de ellos, lo sabría.

David Velasco sigue en comisaría. Irina está en casa de su amiga Nuria, algo de lo que Gabriel se ha asegurado pidiendo a una agente que vigile todos sus movimientos.

Es improbable que ellos lo hicieran. También lo es al respecto de la familia Lago y Marta Ríos, porque no han salido de la urbanización.

No puede decir lo mismo de Jorge Sempere, al que también siguieron, si bien tuvo una oportunidad de hacer algo que no vieron cuando los agentes encargados de seguirlo le perdieron la pista.

El cómplice es alguien de fuera. Y podría ser cualquiera.

O tal vez Gabriel esté equivocado. Le resulta difícil decantarse.

Estaba convencido de que el secuestro tenía un móvil económico hasta que todo se torció y apareció el cadáver de Sonia Velasco. Ahora no descarta un ajuste de cuentas disfrazado con una nota de secuestro burda.

David, el padre de la chica, es un hombre con enemigos. Eso es seguro. Cualquiera que maneje esas cantidades de droga termina complicando su camino. Quizá alguien buscaba venganza.

Jorge Sempere es abogado, y eso también es un imán para las enemistades.

Más aún si el clan de los Bobrov está involucrado.

Sea como sea, quien organizó todo eso probablemente contó con ayuda desde dentro de la urbanización.

Patricia hizo bien en pedir que investigaran a todos los residentes, aunque hasta ahora ninguno ha levantado sospechas ni realizado movimientos extraños.

Algo no cuadra. Y Gabriel debe averiguar qué es.

Miguel Lago actúa como si ocultase algo.

No lo culpa por ello, ya que en una situación como la actual cualquier persona podría verse desbordada y comportarse de manera errática.

Le cuesta pensar que alguien sea capaz de algo así y poner en riesgo a su propia hija.

Es demencial. Pero Gabriel ha visto tantas barbaridades que, a estas alturas, pocas cosas le sorprenden.

Y luego está el hecho de que Álvaro, Emma y Sonia coincidieran a la misma hora y en el mismo lugar. Emma ni siquiera sabía que Álvaro y Sonia tenían algo. ¿Casualidad? Tal vez. Sin embargo, es demasiado llamativo.

Todas esas ideas colapsan la mente de Gabriel mientras se acerca a la planta de residuos. Y con ellas se aviva su tristeza. No ha sido capaz de salvar a Sonia.

—Mírela otra vez, por favor. Es importante que esté seguro —insiste Patricia Siles, que agita la fotografía del vehículo incautado a David Velasco.

—Le digo que estoy seguro —murmura el hombre. Es tarde y su esposa no se ha levantado de la cama.

—Pruebe con esta. —Patricia le muestra otra imagen—. Puede verla desde arriba, más o menos desde el ángulo en que la observó aquel día.

El hombre coge la fotografía con ambas manos y la levanta para examinarla como si fuera una radiografía vieja.

—Estoy seguro, señorita. Y créame, tengo una vista excelente. Era esa furgoneta o una idéntica.

Patricia se frota los ojos con el dorso de la mano. El agotamiento la consume. En dos horas, la Policía Científica comenzará a analizar la furgoneta de David Velasco. Si hay pruebas incriminatorias, estarán ahí.

El hombre lo nota. La observa con una mezcla de lástima y preocupación.

—Tiene mal aspecto, señorita. ¿Por qué no pasa y se tumba un rato en el sofá?

La inspectora alza la vista con esfuerzo, como si aquel gesto drenara sus últimas reservas de energía.

El hombre se aparta e insiste con amabilidad.

—Pase, por favor. No debería conducir así.

Patricia no responde. Solo cruza el umbral, da unos pasos hasta el sofá y se deja caer tras descalzarse las botas.

Dos horas serán suficientes.