Capítulo 16
Miguel Lago siente el corazón desbocado; le late con fuerza, como un martillo que impactara contra su pecho. Cada latido impulsa un torrente de sangre que le golpea las sienes, a punto de hacérselas estallar. El dolor de cabeza es punzante, una presión constante que no cede.
Ha anochecido y el inspector Somoza sigue en su casa.
Miguel no sabe qué pensar. Quiere creer que el policía está ahí para ofrecerles su ayuda, pero una parte de él sospecha que lo está vigilando.
Somoza le oculta algo. No le cuenta todo lo que sabe.
Miguel intenta comprender su postura, ponerse en su lugar, pero es imposible.
Daniela, su mujer, ha tenido que tomarse tres pastillas para dormir.
No podía más. El agotamiento la ha vencido tras tantas horas en vela.
Subió al dormitorio hace rato. Marta y Jorge Sempere, los padres de Álvaro, también se han marchado.
Quizá necesiten estar solos para procesar todo lo que está ocurriendo. Y no es poco.
No ha tenido noticias de Irina ni de David Velasco.
Solo ha oído a su vecina cuchichear con otra mujer que sacaba al perro.
Según parece, esta mañana ha habido una fuerte discusión en el hogar de los Velasco.
Irina se ha subido al coche y se ha ido.
No es la primera vez que Miguel oye rumores sobre ellos.
Le cuesta entender que David se comporte así con una mujer como Irina.
Es hermosa, sí, pero más allá de eso, parece frágil, alguien que no merece que la traten de esa manera.
El inspector Somoza comenta que pronto se retirará a la portería.
Dice que quiere estar cerca por si hay novedades.
Miguel lo duda. Cree que lo está observando, a la espera de que cometa un error.
Es solo cuestión de tiempo, si no lo ha hecho ya, que descubra su difícil situación económica.
Y entonces ¿qué? Tiene un motivo para querer dinero. Eso es innegable.
Sentado en un rincón y con la expresión endurecida por la luz del móvil, Gabriel entrecierra los ojos mientras escribe y lee mensajes. Parece concentrado, pero Miguel siente su presencia como una sombra al acecho.
Espera que se marche de una vez y subir a su cuarto para meterse en la cama con su mujer. Tal vez logre dormir un par de horas. El cuerpo se lo pide, aunque la mente no le dará tregua.
Gabriel lucha contra el sueño, hundido en el sofá de la familia Lago con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos fijos en un punto indefinido del techo.
Intenta mantenerse despierto hasta que Patricia termine de ponerlo al día con sus mensajes.
Cuando lo haga, se irá de casa de los Lago. Necesita dormir un poco.
El zumbido de su móvil lo saca de su letargo.
Lo extrae despacio del bolsillo, procurando no hacer ruido.
No quiere despertar a Daniela, que intenta echar una cabezada.
Una llamada a esas horas solo puede significar problemas.
Se incorpora con cuidado, cruza el salón sin encender ninguna luz y desliza la puerta del jardín trasero lo justo para salir sin llamar la atención.
El aire de la noche lo despeja un poco. El jardín es amplio y está meticulosamente cuidado.
Pequeños bonsáis de troncos retorcidos y ramitas pulcramente recortadas descansan sobre mesas bajas, cada uno con su maceta de cerámica esmaltada.
A un lado, una mesa con herramientas para trabajarlos: tijeras de podar, alambres, un pulverizador con agua.
Todo ordenado, sin una mota de tierra fuera de su sitio.
—Dime —responde en voz baja mientras observa los árboles en miniatura.
Quien responde es Antonio Sigüenza, uno de los dos agentes de policía que siguieron a Jorge Sempere la pasada noche.
—Inspector Somoza, soy Antonio, necesito hablar con usted.
La voz suena tensa, algo nerviosa.
A Gabriel no le gusta cómo empieza la conversación. No es habitual que un agente lo llame a esa hora.
—¿Qué pasa?
Silencio breve al otro lado de la línea.
—No le dijimos toda la verdad anoche.
Gabriel mantiene la calma, pero tensa la espalda.
—¿A qué te refieres?
—A Jorge Sempere. Lo seguimos, como ordenó, pero… hubo un momento en que lo perdimos de vista.
Gabriel trata de contener su enfado. Suelta aire despacio, reprimiendo el impulso de maldecir en voz alta.
—¿Cuándo?
—Cuando iba por las carreteras de Mutxamel, ya de madrugada. Eran caminos poco iluminados, no pasaba un alma, y… bueno, simplemente desapareció de nuestra vista. Teníamos que mantener cierta distancia para no llamar su atención. Fue muy difícil.
Gabriel cierra los ojos un instante. Aprieta la mandíbula antes de responder.
—¿Por qué no informasteis de esto antes?
—Consideramos que no debíamos alarmar sin pruebas. Lo buscamos, inspector. Dimos varias vueltas, pero no había manera. Luego lo vimos aparecer otra vez y no quisimos complicar el informe. Llevo todo el día dándole vueltas, arrepentido. Lo siento de verdad.
—Así pues, Jorge Sempere tuvo tiempo para hacer lo que le diera la gana sin que nadie lo viera.
Antonio no contesta. El silencio lo dice todo.
—¿Cuánto tiempo lo perdisteis? —pregunta Gabriel.
—Alrededor de una hora.
—Bien. Ya hablaremos sobre esto.
—Inspector, por favor, no se lo cuente a Patricia Siles, se lo ruego. Fue un error, pero lo seguimos toda la noche. No tenemos pruebas de que hiciera nada extraño.
—Buenas noches, Antonio.
Gabriel cuelga y se queda un momento en el jardín con los ojos clavados en la mesa de herramientas. Alambres, tijeras, bridas… No falta de nada.
Patricia termina de poner al día a Gabriel mediante mensajes. Habría sido mucho más rápido llamarlo, pero él le ha pedido que no lo hiciera para no despertar a Daniela, quien, al parecer, acaba de dormirse tras dos noches en vela.
Hoy también se ha hecho tarde. Ha sido un día largo, plagado de incertidumbres.
Varias parejas de agentes siguen con la búsqueda, ampliando poco a poco el radio de rastreo.
Hasta ahora, salvo el testimonio del vecino que vio la furgoneta blanca el día del secuestro, nadie más ha aportado información útil.
En cuanto tenga un momento, volverá a hablar con ese vecino y le mostrará fotos de la furgoneta incautada a David.
Tal vez sirva de algo. Mientras tanto, ha ordenado a dos agentes que revisen las cámaras de seguridad de la zona por si captan ese vehículo el día de la desaparición de los tres chicos.
El registro del club nocturno de David Velasco ha resultado esclarecedor. En un almacén anexo, la policía se ha incautado de más de doscientos kilos de cocaína empaquetados en fardos. Patricia lo intuía desde el interrogatorio; la expresión de David había sido la de un hombre que esconde demasiado.
En el club Díscolo trabajaron ayer tres personas, dos camareras y el encargado.
Los han interrogado, por supuesto. Pero, como era de esperar, nadie sabía nada de la droga, claro.
Aunque sí reconocen que David Velasco estuvo allí.
Según le han contado a Patricia, cuando apareció la droga en una primera inspección, el encargado se vino abajo y, de repente, se mostró más colaborador.
Asegura que su jefe, el señor Velasco, tiene una aventura con Andrea, una de las camareras de ese club.
Es habitual que, cuando ella está trabajando, David se presente allí y ambos pasen la noche en la trastienda.
A todos les resulta incómodo, pero él es el jefe, así que poco pueden hacer.
Andrea, sin embargo, no reconoce la relación con David Velasco.
Según cuenta, son amigos. Dice que él se siente cómodo hablando con ella y que algunas veces va a verla para hablarle de sus problemas.
Para Patricia, suena más creíble la versión del encargado, aunque los escarceos de David le traen sin cuidado; lo que quiere es resolver el caso.
La furgoneta blanca ya está en las dependencias policiales.
Los de la Unidad Científica le han prometido que a primera hora de la mañana empezarán a trabajar con ella.
Ahora no le preocupa tanto el tiempo que pueden retener a David en comisaría: con esa cantidad de droga en una de sus propiedades, ya tienen motivos más que suficientes para mantenerlo detenido.
Pero ese no es el objetivo. No. Se trata de localizar a los chicos con vida. Y para eso sí que hay prisa.
En la cabaña no han encontrado nada. Patricia ha visto las fotografías que tomó el agente Martín Muñoz y no parece que nadie haya estado por allí en una buena temporada. Habrá que seguir buscando.
Está a punto de quedarse dormida sobre su escritorio cuando, con esfuerzo, se obliga a incorporarse. Recoge sus cosas y decide irse a casa. Mañana será otro día. Al menos debería hablar con su marido. Se lo debe.
Se dispone a salir de su despacho cuando una agente rubia de unos treinta años aparece como un rayo y se aferra al marco de la puerta con ambas manos.
—Inspectora, ¿tiene un minuto?
Patricia la observa, luchando por mantener los párpados abiertos.
—Si puede esperar a mañana, te lo agradecería. Necesito dormir —balbucea.
—Yo… creo que no. Es importante. Han llamado de una planta de residuos. Han encontrado el cuerpo de una chica adolescente. Al volcar el contenedor, un operario la vio caer.
El sueño se esfuma de golpe. Un dolor punzante le atraviesa el estómago. Suelta el bolso y lo deja caer al suelo con rabia.
Esta noche tampoco irá a casa, pero eso no es lo que la enfurece. Es el fracaso.