La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

A Álvaro le duele todo el cuerpo. Nunca había sentido un dolor así, tan profundo, tan atroz.

Cada intento de moverse se traduce en mil agujas que se le clavan en la carne atravesándolo sin piedad.

Incluso respirar es una tortura. El pecho se le hincha con dificultad, y el aire que entra le quema los pulmones.

Ahora comprende que su novia tenía razón: arriesgarse a recibir una descarga con el táser no ha sido una buena idea. Lo ha aprendido por las malas.

Emma lo observa desde la puerta del aseo.

Es la tercera vez que ha ido a vomitar en lo que va de día.

Está pálida, las ojeras se le marcan como sombras violáceas bajo los ojos y su expresión destila resentimiento.

No necesita un espejo para saber que él debe de estar igual o peor.

De todos modos, en la cabaña no hay nada que refleje su aspecto, ni siquiera un simple cristal. Ni una pizca de esperanza tampoco.

Han dormido sobre un colchón en el suelo, si es que a eso se lo puede llamar dormir.

Álvaro se ha despertado al menos veinte veces y Emma otras tantas.

Cada crujido de la madera, cada destello que se filtraba por las rendijas de la cabaña los ha sacado repentinamente de su frágil letargo.

Con la ayuda de Emma, Álvaro ha logrado levantarse para ir al baño, aunque el esfuerzo ha sido titánico.

Al volver, en lugar de tratar de llegar al colchón, se ha desplomado sobre la madera áspera.

Ahí sigue, sin fuerzas para moverse, con la mirada perdida en el vacío.

—¿Aún te duele? —pregunta Emma con seriedad.

Él asiente con un leve movimiento de la cabeza y cierra los ojos; el mareo le revuelve las entrañas.

—¿Tienes idea de qué hora puede ser? —pregunta Emma de nuevo.

Álvaro niega despacio.

—No. Diría que alrededor de las siete de la tarde, pero es solo una suposición. —Su voz es apenas un susurro, un hilo quebrado de palabras—. Creo que voy a intentar dormir un poco. ¿Puedes ayudarme a llegar al colchón?

Emma lo mira con la frente arrugada, la rabia brilla en sus ojos.

—Te dije que era mala idea, y aun así lo hiciste, Álvaro. Podría haberte matado. Te pusiste en peligro. ¡Y a mí también!

—¿Qué querías que hiciera? ¿Quedarme de brazos cruzados?

—Pues sí. Eso habría estado bien —le espeta Emma con la voz cargada de frustración—. Ahora tendría a alguien que podría ayudarme y no un despojo de hombre que se arrastra por el suelo.

Álvaro traga saliva y se obliga a no responder.

La paciencia siempre ha sido su mejor cualidad.

Entiende que Emma está al límite, que su mente busca una salida, cualquier cosa a la que aferrarse para no derrumbarse del todo.

Pero él no tiene fuerzas para discutir. Solo la observa.

No es más que una niña que acaba de descubrir que el mundo no es un lugar maravilloso repleto de arcoíris.

No tiene recursos para enfrentarse a algo así.

Tal vez nadie los tenga. Lo único que puede hacer es mantenerse sereno y ahorrar fuerzas.

Entonces un sonido rompe la frágil calma de la cabaña.

El rugido de un motor se aproxima por el bosque.

Emma ahoga un grito y se encoge instintivamente, acurrucándose junto a Álvaro. Su cuerpo tiembla contra el de él, pero Álvaro apenas reacciona. Cada roce es una descarga de dolor en su piel.

El miedo vuelve a apoderarse de los dos.

—No intentes nada, por favor —suplica Emma con voz trémula.

Álvaro no contesta. Ni aunque quisiera podría hacerlo. Ni aunque tuviera la intención de moverse lo lograría.

Los segundos se convierten en una tortura mientras el motor se apaga y el chirrido de una puerta al abrirse corta el silencio. Luego, pasos. Lentos. Medidos. Crujen sobre la grava húmeda.

El sonido metálico de un candado al ser manipulado.

Emma se aferra con más fuerza al brazo de su novio.

Álvaro tiene el aliento entrecortado.

La puerta está a punto de abrirse.

Martín Muñoz se ha ofrecido voluntario para inspeccionar la cabaña que pertenece a David Velasco.

Necesita impresionar a la inspectora Siles.

Más que eso: necesita que ella lo vea. Que lo tome en serio.

Anhela formar parte del Grupo de Homicidios.

Es lo que siempre ha querido y la razón por la que estudió Criminología en la universidad.

Pero cada vez que Siles lo mira, siente que es completamente invisible. Como si no existiera.

Sus compañeros le han dicho que no se desespere, que la jefa es así con todo el mundo. Excepto con Gabriel Somoza. A él sí lo trata de un modo diferente. Y Martín lo sabe. Lo ha visto con sus propios ojos.

Lo acompaña Beatriz Gambín, una agente novata que lleva menos de un año en el cuerpo. Delega cualquier decisión en él, y eso al ego de Martín le resulta agradable. Siempre ha pensado que tiene dotes de liderazgo.

La cabaña no está en el centro de Busot, un pueblo pequeño con calles serpenteantes y casas de piedra.

Está apartada. Demasiado apartada. Para llegar hay que atravesar un camino de tierra angosto en cuyos márgenes crece la hierba y lo único que deja al descubierto son los surcos marcados por las ruedas de los vehículos.

A medida que avanzan, el paisaje se vuelve más inhóspito.

No hay casas cercanas ni señales de vida.

Solo el viento agitando las copas de los árboles y el zumbido lejano de los insectos.

Una valla metálica rodea la propiedad, oxidada en algunas partes y con alambres retorcidos que sobresalen como garras.

—Quiero que estés alerta —dice Martín a su compañera en voz baja—. Fíjate. Estamos solos. Este es el lugar ideal para encerrar a alguien.

Beatriz asiente y aprieta los labios. Se mueve con rigidez, como si el aire espeso del bosque le pesara en los pulmones.

Martín saca las llaves que David Velasco ha entregado a regañadientes. La orden de registro no le dejó otra opción y, por suerte para los agentes, llevaba una copia en la guantera de su coche.

Prueba con tres llaves antes de encontrar la correcta. La verja cede con un chirrido largo.

Cruzan el jardín descuidado, donde la maleza crece sin control y el suelo está cubierto de hojas secas y pequeños insectos que huyen a cada paso de los agentes. El olor a humedad y a madera podrida impregna el aire.

Cuando llegan a la puerta de la cabaña, se encuentran con un candado grueso y viejo, pero firme. Martín lo manipula y esa vez acierta a la primera.

Empuja la puerta y el interior se revela en la penumbra.

Vacío.

El polvo flota en los haces de luz que se filtran desde el exterior por las grietas de la estructura. No hay muebles, como tampoco rastros de presencia humana reciente.

No hay nadie.

Y, por la capa de suciedad acumulada en el suelo, parece que no lo ha habido en mucho tiempo.

Martín se queda en el umbral con los brazos en jarras.

Está frustrado.

Cuando la puerta se abre, Emma siente que el pulso se le acelera.

¡Es él!

El hombre de la túnica negra y la máscara de payaso.

Se toma un tiempo para entrar, sin prisa, con la misma presencia imponente de siempre. En la mano derecha, enfundada en un guante negro, sostiene el táser; un recuerdo de lo que puede suceder. En la otra, una bolsa de plástico que deja caer al suelo con un golpe seco.

Emma distingue en su interior una botella de agua y una bolsa de aperitivos. También hay un periódico. El hombre mete la mano en la bolsa, lo extrae con parsimonia y avanza un par de pasos antes de lanzárselo.

El periódico golpea a Emma en las rodillas, cae al suelo y se desliza sobre la madera. No lo tocan. Ninguno de los dos se mueve.

El hombre de la máscara respira con pesadez.

—Coged el periódico y sujetadlo —ordena con la voz distorsionada por el modulador de la máscara.

Emma apoya la frente en el hombro de Álvaro, incapaz de levantar la mirada. Tiembla de forma violenta, incontrolable. Está helada. Siente la garganta cerrada, le cuesta respirar.

Álvaro es quien, con gran esfuerzo, logra incorporarse lo suficiente para coger el periódico. Cada movimiento le arranca un quejido ahogado. Emma sigue sin reaccionar, paralizada.

Él lo levanta y ella se gira apenas unos centímetros para ver la portada.

La fecha es de ese mismo día, o al menos eso cree. Ha perdido la noción del tiempo.

No hay ninguna noticia sobre su desaparición.

Su mente se aferra a esa idea con desesperación. Eso es bueno. Significa que la policía no sabe nada. Significa que sus padres pagarán el rescate y podrá volver a casa. Nunca más volverá a pisar esa cabaña. Nunca más.

Entonces, su mirada se desliza hacia la mano del hombre de la máscara.

Él hurga en el interior de su túnica y saca algo. Un objeto rectangular, oscuro, de bordes gruesos.

Emma lo reconoce al instante. Es una cámara instantánea, una Polaroid.

Su padre tenía una igual cuando era niña. Le encantaba hacerse fotos con ella, observar cómo la imagen emergía poco a poco en el papel, como por arte de magia.

Ahora la magia ha desaparecido. Ahora entiende lo que quiere el hombre de la máscara.

Quiere una foto de ellos con el periódico. Quiere una prueba de vida.

Su mente se desploma en un torbellino de miedo.

Porque Sonia no estará en esa foto.

El horror se apodera de ella.