Capítulo 14
A última hora de la mañana, Patricia Siles observa a través del cristal de su despacho cómo dos agentes escoltan a David Velasco.
No viene solo. Camina junto a un hombre apuesto vestido con un traje gris marengo y un maletín negro en la mano.
Mientras avanza se ajusta la corbata con un gesto mecánico.
La inspectora no necesita más para deducir que se trata de su abogado.
No los pierde de vista hasta que atraviesan la puerta de la sala de interrogatorios, situada al final del pasillo. En cuanto los agentes regresan, los intercepta.
—¿Ha dicho algo? —pregunta sin rodeos.
—Nada —responde el más joven de los dos policías—. Se ha identificado y ha preguntado por ti. Parece cabreado, eso sí.
Patricia asiente en silencio y les hace un gesto con la barbilla para que sigan su camino. Está muy cansada. Ha pasado otra noche en vela y ya ni siquiera se molesta en revisar el teléfono en busca de los mensajes de su marido, llenos de reprimendas que prefiere ignorar.
De vuelta en su despacho, apura el último trago de su cuarto café de la mañana. Sabe que debería controlarse, que el insomnio y las taquicardias dejaron de ser un problema puntual para convertirse en una constante, pero es la única forma de mantenerse alerta.
En la sala contigua, dos agentes la esperan al otro lado del espejo bidireccional para asistirla en el interrogatorio. Uno de ellos alza una mano para llamar la atención de la inspectora.
—¿Quieres que entre contigo? —pregunta elevando la voz justo cuando ella se dispone a entrar.
Patricia se detiene en seco y cierra los ojos con fuerza. No lo necesita, pero sabe que es lo correcto. Asiente y espera a que el agente se sitúe a su lado antes de hablar.
—Martín —dice tomando aire—, no intervengas. Solo siéntate a mi lado y deja que me encargue de todo.
El agente pone cara de no estar convencido, pero no discute. Sabe que, le guste o no, debe acatar la orden.
Ambos entran en la sala. Frente a ellos, David Velasco y su abogado los esperan con impaciencia. En cuanto se sientan, Patricia toma la palabra.
—Buenos días. Soy la inspectora Siles y él es el agente Martín Muñoz.
Gracias por venir. Debo informarles de que esta conversación será grabada.
Su presencia aquí es completamente voluntaria y pueden marcharse cuando lo deseen.
—Desvía la mirada hacia el abogado—. Me disponía también a recordarle, señor Velasco, que tiene derecho a estar acompañado por un abogado, pero veo que no será necesario.
El joven letrado esboza una media sonrisa y juguetea con el nudo de su corbata.
—No nos conocemos, inspectora. Soy Juan Hernández, abogado del señor Velasco. Mi cliente desea colaborar en la investigación; se trata de su propia hija, pero no entendemos el motivo por el que se le ha citado. Si pudiera aclararnos esa parte, se lo agradeceríamos.
—Estamos trabajando en varias líneas de investigación y necesito repasar algunos aspectos con su cliente. Así que procederé con una serie de preguntas, ¿de acuerdo?
David se inclina hacia delante, impaciente.
—Terminemos con esto. Estamos perdiendo el tiempo y mi hija sigue sin aparecer —gruñe rebosando chulería.
Patricia le sostiene la mirada. Detesta a los hombres como él, esos que creen tener el mundo a sus pies y tratan a los demás con arrogancia. Pero sabe manejarse con tipos así. No piensa dejarse intimidar. De hecho, va a hacerle sudar durante el interrogatorio.
David Velasco no piensa ser el primero en apartar la mirada.
Si aquel policía ya le parecía un inepto, la inspectora Siles lo supera con creces en incompetencia.
Le encantaría borrarle esa expresión de superioridad de un tortazo.
Lo haría sin pensarlo, como hace apenas unas horas ha hecho con su mujer.
Aunque, siendo sincero, Irina no se lo merecía.
Calculó mal. Debería disculparse. Sin embargo, sabe que ella volverá. Siempre lo hace.
—¿A qué se dedica, señor Velasco? —pregunta la inspectora sin pestañear.
—No entiendo qué tiene eso que ver con mi hija.
David mira de reojo a su abogado y este le responde con un leve gesto de aprobación. La inspectora sigue impasible. David duda unos segundos. No es algo que pueda ocultar, pero abre una puerta que desearía mantener cerrada.
—Gestiono locales de ocio —responde finalmente.
Patricia echa un vistazo a las notas en su cuaderno.
—Tengo entendido que es el propietario del grupo Ítaca, que cuenta con más de treinta establecimientos en la provincia. ¿Es así?
—Si ya lo sabía, ¿por qué necesita preguntármelo? —replica David, crispado.
—Solo trato de verificar la información. Entonces ¿es correcto?
David levanta las cejas con forzada consternación antes de cruzarse de brazos.
—Sí, lo es.
—Bien. Uno de esos locales está en Orihuela. Se llama Díscolo, ¿correcto?
David asiente con rigidez. No le gusta por dónde va la conversación.
—Mi compañero, el inspector Somoza, asegura que usted abandonó la urbanización Jardines del Edén anoche, a las nueve y cuarenta minutos, después de decir que iba a buscar a su hija. ¿Es eso cierto?
Él asiente de nuevo sin descruzar los brazos. El borde del abismo se vislumbra más cerca con cada pregunta de la inspectora.
—¿Adónde fue? —inquiere Patricia ladeando la cabeza.
David mira a su abogado, que esta vez no hace ningún gesto. Se gira y clava la vista en el espejo de la pared. Su reflejo le devuelve la imagen de un hombre en tensión, con la mandíbula apretada.
—Como ya dije, fui a buscar a mi hija.
—¿Y por qué pensó que podría estar en Orihuela, en un local de su propiedad?
Las palabras de Patricia lo cortan como una cuchilla. Siente que un calor sofocante se extiende por su cuerpo y el sudor empieza a perlarle la frente. Es tarde para fingir calma. La inspectora sigue con esa expresión imperturbable. Sabe que está contra las cuerdas.
El abogado se inclina hacia delante e interviene.
—Mi cliente ha decidido no responder más preguntas, inspectora.
—¿Ah, sí? No le he oído decir eso —replica Patricia, y vuelve el rostro hacia Martín Muñoz—. ¿Tú lo has escuchado?
El agente niega con la cabeza.
El letrado alza la mano en un intento inútil de apaciguar la tensión.
—Mi cliente está atravesando una situación complicada, de modo que, si le parece bien, preferiríamos dar por finalizada la conversación. El señor Velasco debería estar en casa con su familia.
Patricia se levanta antes de responder.
—No. Me temo que no —sentencia—. Verá, ayer una patrulla de incógnito siguió a su cliente cuando, según él, iba a buscar a su hija. Lo curioso es que no fue a buscarla. Se dirigió a Díscolo, su local nocturno en Orihuela, y pasó allí toda la noche. No regresó a su casa hasta esta mañana.
—No es motivo suficiente para formular una acusación —disiente el abogado.
—Eso no le corresponde a usted decidirlo, señor Hernández.
Además, tras revisar sus propiedades, hemos descubierto que es dueño de varios vehículos.
Entre ellos, hay una furgoneta blanca que nos ha llamado mucho la atención.
También posee una cabaña en Busot que queremos inspeccionar.
Hemos hablado con el juez y nos ha dado el visto bueno.
Estas son las órdenes judiciales de registro, por si desea revisarlas —dice Patricia, y desliza los documentos sobre la mesa.
El abogado los observa con una expresión sombría, pero no los toca.
—Ha dicho que su comparecencia aquí era voluntaria —señala.
—Lo era. Pero ha dejado de serlo cuando se ha negado a aclarar por qué fue ayer al pub Díscolo.
Juan Hernández se muerde el labio y mira a su cliente. David no le devuelve la mirada.
—También necesitaré su teléfono móvil —añade Patricia.
Se coloca un guante de vinilo, saca una bolsa de pruebas y extiende la mano, esperando.
David siente un puñetazo en el estómago. Se retuerce en la silla. Ahora sí busca con desesperación la mirada de su abogado. Este asiente con resignación y se encoge de hombros.
Cuando David deposita su teléfono en la mano enguantada de la inspectora, comprende que está perdido.
Gabriel suda como si hubiera corrido una maratón.
Se esfuerza por terminar las tareas de mantenimiento lo más rápido posible, pero dos vecinas, ajenas a la gravedad de la situación, han interrumpido su trabajo para preguntarle quién es y qué ha pasado con el conserje habitual.
Hablan más de la cuenta, y Gabriel, un hombre de pocas palabras, no tiene el don de la labia para quitárselas de encima con elegancia.
Debería mejorar en eso, aunque ahora mismo es lo último que le preocupa.
Cuando recibe la información de Patricia, se estremece. David ha llevado a cabo acciones que lo colocan en el punto de mira. Por si fuera poco, acaba de descubrir que tiene una cabaña en Busot, un lugar aislado.
La tentación de subir a su coche y salir disparado hacia esa cabaña lo asalta. No puede evitar pensar que los chicos están allí. Quiere acabar con ese caso de una vez por todas. Es lo único que le importa.
Sin embargo, tiene que contenerse y mantener la compostura. Sabía que esto podía pasar cuando se ofreció para infiltrarse. Llegaría el momento en el que le gustaría adoptar otros roles, y no sería posible. El instinto no le ha fallado. Una vez más.
Se ocupa de demasiadas cosas al mismo tiempo y la presión lo abruma. Además, siente la necesidad de volver a la casa de los Lago para reunirse con las familias, que son quienes más lo necesitan. Un golpe de remordimiento le atraviesa el pecho.
Termina de repartir la correspondencia y se dispone a reunirse con Daniela y Miguel Lago cuando suena el teléfono.
Es Laura, la agente a la que encomendó localizar a Irina después de que esta abandonara la casa cuando su marido la agredió.
—Cuéntame. ¿Tienes algo?
—Nada. La esposa de David Velasco ha dicho la verdad.
Estuvimos indagando y conseguimos averiguar la dirección de su amiga Nuria.
Fuimos hacia allí y encontramos su coche aparcado cerca.
De hecho, ambas estaban abajo, creo que Irina acababa de llegar cuando las vimos.
Hemos sido rápidos, así que no tuvo tiempo de ir a otro sitio antes.
Después, subieron al apartamento y, al cabo de una hora y media, bajaron con el perro de la tal Nuria a dar un paseo.
Se sentaron un rato en un banco del parque cercano e Irina rompió a llorar.
Su amiga intentó consolarla, pero se la veía destrozada.
—De acuerdo. Lo imaginaba; aun así, tenía que estar seguro. Gracias, Laura. Si hay alguna novedad, vuelve a llamarme.
Emma Lago lucha por controlar las ganas de abalanzarse sobre su novio y cerrarle la boca a golpes.
No deja de repetirle que no permitirá que le pase nada, que la protegerá, como si tuviera la fuerza necesaria para tirar la puerta abajo y sacarlos de allí.
Como si la voluntad fuera suficiente para romper la madera podrida de esa asquerosa cabaña.
—Álvaro, no hagas ninguna estupidez, por favor —ruega Emma.
—¿Y qué quieres que haga? ¡Mira a Sonia, joder! ¡Está muerta!
Las palabras de Álvaro la desgarran. Emma no puede alzar la vista por miedo a volver a ver el cuerpo de Sonia, inmóvil sobre el suelo, como una muñeca rota.
—Nos vas a poner en peligro.
—¡Solo es uno! Puedo con él —contesta Álvaro, y su confianza parece teñida de desesperación.
—Lleva un arma.
—Eso no es un arma. No podrá matarme con eso.
Emma suspira y niega con la cabeza. Le tiembla todo el cuerpo. Solo desea que se calle, que deje de hablar y que no empeore la situación.
—Nuestros padres tienen dinero. Pagarán lo que tengan que pagar y esto se solucionará, pero necesito confiar en ti. No me falles, por favor —implora Emma.
Álvaro se incorpora de golpe. El sonido de un motor acercándose quiebra el silencio. A Emma se le eriza la piel y un escalofrío gélido la paraliza.
—¡Álvaro, siéntate! —exclama, pero él no le hace caso.
El tiempo se ralentiza. Se oyen pasos en el exterior. Un candado se abre con un chasquido seco. Después, la madera cruje.
El mismo hombre que los llevó allí aparece en la puerta.
Lleva una máscara de payaso de ojos vacíos y sonrisa grotesca, la misma que llevaba puesta cuando los obligó a subir a la furgoneta.
Una túnica negra lo cubre por completo y oculta todo lo que podría delatarlo.
En su mano, el táser con el que los amenazó la noche del secuestro.
Se queda inmóvil observando el cadáver de Sonia.
—Ayúdame a sacarla —ordena a Álvaro. Su voz suena distorsionada, amplificada por algún tipo de dispositivo en el interior de la máscara que esconde su verdadero tono.
Álvaro no se mueve. Emma cierra los ojos. Sabe que su novio está midiendo sus posibilidades. Esa idea la aterra.
Un chasquido eléctrico inunda la cabaña. Emma ahoga un grito y se encoge contra la pared.
Abre los ojos y ve que Álvaro tiene a Sonia sujeta por los hombros. La cabeza de la chica cae hacia atrás cuando él la levanta, y queda a la vista su rostro pálido, inerte. Emma tiene que apartar la mirada de nuevo.
El hombre disfrazado de payaso sujeta a Sonia por los pies sin soltar el táser. Con torpeza, la sacan de la cabaña. Emma oye el ruido sordo del cuerpo al caer en la tierra. Un sonido seco que la atraviesa.
Luego, algo metálico golpea el suelo. Parecen unas llaves.
—Cierra el candado —ordena el secuestrador.
Emma oye un portazo y, acto seguido, el clic del candado resuena en el aire dejándole un eco punzante en el pecho.
Está sola. Otra vez.
Se abraza las rodillas con fuerza y las aprieta contra el pecho.
Golpea el suelo con los talones mientras trata de controlar la sensación de ahogo que la asfixia.
La cabaña le resulta cada vez más pequeña, como si las paredes se le vinieran encima, como si todo su peso se concentrara en su abdomen aplastándola.
El tiempo se diluye. No es capaz de aventurar cuánto transcurre desde que se han ido. Le parece una eternidad.
Otro chasquido. Otra vez el candado. Otra vez el crujir de la madera.
Álvaro entra primero, despacio. Detrás, la figura del payaso. Con un gesto, le indica que se aleje de la puerta.
El siguiente movimiento de Álvaro es rápido. Se gira bruscamente y se abalanza sobre el secuestrador. Ambos caen al suelo. El golpe sacude la cabaña entera.
El táser sigue en la mano del hombre. Lo acciona justo cuando Álvaro intenta golpearle. Un fogonazo azul ilumina la escena.
Los músculos de Álvaro se contraen en un espasmo violento. Su cuerpo se sacude antes de desplomarse contra la madera. Emma tiene los ojos cerrados. No quiere verlo, pero el sonido del impacto la estremece.
Jadea.
El payaso se recoloca la máscara. Se le había movido ligeramente, pero no lo suficiente para revelar su rostro.
Emma retrocede hasta el rincón más oscuro de la cabaña. Se encoge, temiendo ser la siguiente.
Pero no sucede.
El hombre se gira, sale apresurado, cierra el candado y el silencio se adueña de la cabaña.