Capítulo 13
No ha pegado ojo. Los párpados hinchados, el nudo constante en la garganta y las náuseas —ha estado a punto de vomitar tres veces— son las consecuencias del estado en el que se encuentra.
El insomnio y la ansiedad le han dejado la piel pálida y sudorosa.
No quiere que nadie la vea así, por eso se oculta tras los setos que delimitan su propiedad.
Al fin y al cabo, el secuestro de su hijo sigue siendo un secreto que, por ahora, todos prefieren mantener.
O tal vez no. Ya no está segura de nada.
El inspector Gabriel Somoza tampoco ha dormido.
Ha pasado la noche con las familias en casa de Daniela y Miguel Lago.
No es un hombre hablador, pero hay algo en él, un aura que irradia fortaleza y robustez, que lo hace parecer inquebrantable.
Su actitud transmite profesionalidad y, aunque Marta descargue parte de su frustración contra él, en el fondo se siente aliviada de que esté allí.
Otro agente, quizá, habría terminado su turno y se habría ido a dormir sin remordimientos, algo que ni ella ni los demás padres pueden hacer.
Gabriel, sin embargo, empuña ahora mismo una escoba y limpia las aceras de la urbanización fingiendo ser el conserje sustituto.
Su discreción y determinación dicen mucho de él.
Dentro de su casa hay otro agente disfrazado de fontanero.
Ha llegado temprano, vestido con el mono de trabajo y cargado de herramientas para parecer auténtico.
Pero en casa de los Sempere no hay ninguna avería, al menos ninguna que pueda arreglarse con llaves inglesas y alicates.
Sin demora, ha subido a la habitación de Álvaro para revisar cada rincón con minuciosidad.
Toma muestras, busca pistas. Cualquier cosa que los acerque al paradero de su hijo.
Marta no ha querido presenciarlo, por eso ha salido al jardín. No soportaría ver cómo un extraño hurga entre las pertenencias de Álvaro.
El ruido de un motor la sobresalta. Al alzar la vista, reconoce el coche de su marido. Apenas unos segundos después, aparece por la carretera principal de la urbanización. A Marta se le acelera el corazón.
Jorge frena de golpe y, cuando la ve allí, su expresión cambia. Ella nota la sorpresa en su rostro, el leve titubeo de su mirada. Se dicen todo con los ojos. Cuando él niega con la cabeza, un dolor punzante la atraviesa.
Irina no puede contener el llanto cuando su esposo cuelga el teléfono tras decirle que no ha encontrado nada. La desesperación la sacude y la impotencia la ahoga.
Disfrazado de entrenador personal, el agente que ha entrado de paisano para interceptar una posible llamada solicitando un rescate se percata de su angustia y decide apartarse para darle un mínimo de intimidad.
Sin embargo, antes de eso, Irina ha notado la mirada del policía deslizándose por su cuerpo con descaro.
No es nada nuevo. Ha lidiado con eso desde la adolescencia, desde que su belleza atraía todas las miradas y encendía la envidia de muchas mujeres que la veían como una amenaza.
Tiene claro que ese es el motivo por el que alguien le pinchó las ruedas del coche unas semanas atrás.
Abandonó su país cuando apenas era un bebé. Se siente más española que ucraniana, aunque a veces se pregunta cómo habría sido su vida si se hubiera quedado allí. Más fría, eso seguro.
David, su marido y el hombre al que alguna vez quiso pese a la diferencia de edad, ha cambiado. Se ha vuelto controlador, vigilante. No le deja hacer nada por su cuenta, salvo ir a clases de spinning, claro. Eso sí lo permite, porque así se asegura de que conserva su figura perfecta.
Le habría encantado poder hablar a solas con el inspector Somoza.
Decirle la verdad, esa que su esposo insiste en ocultar y que podría ser clave en la investigación.
La noche antes de su desaparición, Sonia no salió a dar un simple paseo.
Se fue llorando, llena de rabia e impotencia.
Irina la siguió, intentó detenerla, le rogó que se quedara, pero Sonia ni siquiera le contestó.
Tuvo que rendirse. Ninguna de las dos tiene la culpa de que David, a veces, tenga la mano demasiado larga.
El bofetón que puso fin a una de tantas discusiones aquel día fue la gota que colmó el vaso.
Irina reprime un escalofrío cada vez que lo recuerda. Fue innecesario, inmerecido. Ella también se habría marchado de recibir un tortazo así.
No ha dormido. ¿Quién podría dormir en una situación como esa?
Le duele todo el cuerpo y sus ojos claros están teñidos de rojo.
Tampoco ha comido. Cada vez que intenta llevarse algo a la boca, las náuseas la persuaden de no hacerlo.
Un mareo repentino la desequilibra y tiene que apoyarse en una silla para no caer.
Oye unos pasos que se acercan.
—¿Necesita algo, señora? —pregunta el agente que se ha identificado como Fernando Quereda.
Irina odia que la llamen señora. Siempre lo ha detestado. Pero, dadas las circunstancias, obvia el comentario. Se fija en su vestimenta: pantalón de chándal, camiseta ceñida. No puede evitar preguntarse si esa es la mejor manera de llevar una investigación como esta.
—Estoy bien, gracias. ¿Puede abrir un poco la ventana de la cocina? Me he mareado.
Sin preguntar, el agente la abre de par en par. Desde allí, Irina ve al inspector Somoza barriendo las aceras. En cuanto percibe movimiento dentro de la casa, levanta la mirada.
—¿Un poco de agua? —ofrece el policía, que ya le sirve un vaso de la jarra que hay en la encimera.
Irina asiente, todavía tambaleándose.
—Sé que es difícil que me haga caso, pero debería intentar dormir un poco.
—No tengo sueño —responde ella con frialdad.
El agente se encoge de hombros, resignado.
—He estado revisando la habitación de Sonia. Me llevaré un par de prendas para la unidad canina. Su ordenador está bloqueado con contraseña. ¿Usted o su marido saben cuál es?
Irina niega con la cabeza lentamente.
—Bien. En ese caso, tendré que llevármelo también. ¿Sabe si Sonia guardaba sus cosas en otro sitio, además de en su habitación?
—La verdad es que Sonia es una chica estupenda —contesta Irina con la mirada perdida antes de beber un sorbo de agua—. Es transparente y no se mete en líos. Puede buscar donde quiera, pero no creo que vaya a encontrar nada.
El coche de su marido aparece por la carretera de la urbanización y se detiene bruscamente en el porche delantero del chalet. Gabriel Somoza alza la vista desde la acera, pero sigue con su tarea como si la llegada de David Velasco no tuviera el menor interés para él.
Irina se incorpora con cautela sujetándose a la mesa y se dirige hacia la puerta para recibir a su esposo.
David entra como una exhalación, con la rabia tensándole el rostro. Tiene la mandíbula apretada y los ojos le brillan con ira contenida. Irina lo abraza y apoya la cabeza en su pecho en busca de consuelo, pero él la aparta con brusquedad.
—¿Quién es este? —pregunta dirigiendo una mirada despectiva al agente de paisano.
—Me llamo Fernando Quereda —responde el policía, y le tiende la mano en un gesto de cortesía—. Soy agente de policía.
David le da un apretón breve y cargado de indiferencia.
—¿Por qué está aquí? ¿Ha habido alguna novedad? —Se gira hacia su mujer, de la que espera una explicación—. ¿Por qué no me has contado nada?
Irina niega con la cabeza y, con suavidad, le pone una mano en el hombro para calmarlo.
—No, me temo que, de momento, no hay ninguna novedad. He venido para registrar la habitación de su hija y tomar muestras —explica el agente en tono neutro.
David arquea las cejas y ladea la cabeza con escepticismo.
—¿Ah, sí? Así que ha entrado en mi casa sin mi consentimiento.
—El inspector Somoza habló con su mujer y ella nos dio permiso —responde Quereda sin inmutarse—. Siento que le haya molestado, pero yo solo hago mi trabajo.
David se aparta de golpe quitándose de encima la mano de Irina. Luego se cruza de brazos y asiente lentamente con un gesto hostil.
—¿Ha terminado? —inquiere con impaciencia.
—Sí.
—Entonces, largo de mi casa.
Irina cierra los ojos abochornada. Conoce a David, sabe que razonar con él en ese estado es imposible. Lo mejor es callar y esperar a que pase el vendaval, si es que eso sucede.
Gabriel Somoza habla por teléfono mientras sostiene la escoba frente al chalet de los Velasco. No es lo más profesional, pero en su nuevo trabajo como conserje tiene que tomarse ciertas licencias. Hay llamadas que no puede ignorar, y esta es una de ellas.
Escucha con atención el mensaje que le transmiten desde la comisaría y, de reojo, ve a su compañero Fernando salir de la casa con la cabeza gacha.
No cruzan ni una mirada. Gabriel ha insistido en mantener su tapadera a toda costa.
Más tarde hablará con él, pero primero debe atender asuntos más urgentes, quizá incluso trascendentales.
Cuelga el teléfono y se encamina hacia el chalet. Apenas ha dado unos pasos cuando un grito irrumpe en el aire.
Es David.
La ventana de la cocina está abierta, y desde allí Gabriel oye con claridad un objeto de cristal estrellarse contra la pared haciéndose añicos. Un segundo golpe lo sigue de inmediato. Es un sonido seco, inequívoco. No necesita verlo para saber que ha sido una bofetada. Bastante fuerte, a su juicio.
Acelera el paso. Cuando llega a la puerta, esta se abre de golpe. Irina aparece ante él con media cara enrojecida y bañada en lágrimas. Su expresión es una mezcla de dolor y vergüenza. Al verlo, se estremece y baja la cabeza.
Intenta apartarse, salir de allí cuanto antes, pero Gabriel la sujeta por el brazo. No con violencia, pero sí con firmeza.
—¿Quiere denunciar a su marido? La ayudaremos —le dice mirándola a los ojos.
Irina tiembla. Durante un segundo parece debatirse, pero al final niega con un gesto rápido. Le tiemblan los párpados y, por la dirección de su mirada, Gabriel sabe que David está justo detrás de él. No le importa. Aunque lo hubiera sabido antes, le habría dicho a Irina exactamente lo mismo.
—Solo quiero irme de aquí —solloza Irina, que agacha de nuevo la cabeza.
—Debería actuar de oficio, pero, dada la situación, respetaré su decisión y haré la vista gorda. Si cambia de idea, hágamelo saber. ¿Dónde va a estar? —pregunta Gabriel.
—Tengo una amiga que vive cerca, se llama Nuria. Estaré con ella. Si me necesita o hay alguna novedad llámeme, por favor.
Gabriel la suelta. Sin demora, Irina se dirige a su coche, sube y lo pone en marcha. En cuestión de segundos, el ruido del motor se aleja dejando tras de sí un silencio incómodo.
Gabriel se gira entonces y se encuentra con David Velasco, apoyado en el quicio de la puerta con los brazos cruzados. Su expresión es de soberbia.
—¿Encontró algo ayer, señor Velasco? —le pregunta con calma.
David niega con la cabeza. Su rostro delata el cansancio acumulado.
—No, por desgracia. ¿Y usted? ¿Qué ha estado haciendo?
Gabriel da un paso adelante. Entre ellos hay dos escalones de diferencia, lo que lo obliga a alzar la vista para mirar a David a los ojos.
—Mi trabajo. Eso es lo que he estado haciendo.
David deja escapar un resoplido irónico.
—¿Y tiene alguna novedad?
Gabriel asiente presionando los labios antes de responder. Acaban de comunicarle por teléfono algo que no le va a gustar nada a David.
—Sí. Necesito que acuda a comisaría. Le acompañaría yo mismo, pero al hacerlo desvelaría mi identidad, y aún es pronto. La inspectora Siles le recibirá.
David descruza los brazos con brusquedad y baja los escalones hasta quedar a escasos centímetros de Gabriel.
—¿Es por lo que acaba de pasar con mi mujer? Ha dicho que no quiere denunciar. ¿No le ha quedado claro? —pregunta con voz cortante.
—Me temo que no tiene nada que ver con eso —responde Gabriel sin inmutarse—. Es sobre la desaparición de su hija.