La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Patricia Siles no ha vuelto a casa. Permanece sola en su despacho con la mirada fija en la pared mientras el silencio se torna esclarecedor.

En ese vacío, la verdad se impone con crudeza: su matrimonio ha llegado a su fin.

Se siente culpable. ¿Cómo no hacerlo? Hasta que aceptó el cargo de jefa del Grupo de Homicidios nada iba mal.

Nada. Su marido era —y sigue siendo— un hombre detallista, atento, siempre dispuesto a cuidarla cuando necesitaba ternura, a comprenderla y respetarla.

Pero todo tiene un límite, y Patricia lo ha sobrepasado.

Se esfuerza por encontrar una razón que explique su pasividad mientras observaba cómo su matrimonio se desmoronaba, cómo permitió que todo se viniera abajo sin mover un dedo por evitarlo.

Pero la respuesta es esquiva, enredada en matices que ni siquiera ella es capaz de desentrañar.

Solo hay una certeza que se abre paso con claridad: prefiere estar ahí, sola en su despacho, antes que en casa, donde sentiría la soledad de otro modo.

Esa noche será otra más en vela. Sabe que no podrá dormir, así que aprovechará el tiempo y trabajará, como tantas otras veces.

El sonido del móvil irrumpe violentamente en el silencio. Es uno de los agentes que han estado recorriendo la zona de la playa de la Almadraba, preguntando puerta por puerta si alguien vio u oyó algo la noche que secuestraron a Álvaro, Emma y Sonia.

—Dime que has encontrado algo —ruega Patricia con voz cansada.

—Sí. O al menos creo que sí. Estábamos a punto de tirar la toalla dando por hecho que nadie había visto nada esa noche.

Pero hablamos con el vecino del ático del edificio que nos sugeriste y afirma que esa noche se acostó tarde.

Por lo que cuenta, se asomó a la ventana porque no podía dormir y vio algo extraño. Será mejor que vengas.

—Estoy ahí en quince minutos —dice Patricia antes de colgar.

Gabriel sabe que no es la persona más indicada para lidiar con los lamentos que llenan el salón de la familia Lago. Solo puede aportar su profesionalidad y espera que eso sea suficiente.

Los silencios se prolongan acompañando una situación desagradable. Pensó que debía quedarse allí, junto a Marta, Irina, Daniela y Miguel, pero cada minuto que pasa le confirma que está perdiendo el tiempo. Esa sensación le irrita.

—Con su permiso, me gustaría subir a la habitación de Emma y echar un vistazo —anuncia de pronto.

Daniela no reacciona. Su marido, en cambio, se sobresalta, como si la voz de Gabriel hubiera rasgado su sosiego. Levanta la vista y asiente sin decir nada.

El inspector sube la escalera. La casa es amplia y está impecable.

Mientras avanza se pregunta si todas las viviendas de la zona serán tan lujosas.

La suya podría caber entera en la habitación de matrimonio de la familia Lago.

No le cuesta encontrar el cuarto de Emma.

También es grande, con una ventana de buen tamaño en la pared y decorado con los clichés típicos de la adolescencia.

Sobre el escritorio, un corcho rebosante de fotos.

Gabriel se detiene a mirarlas. Todas son de Emma con Álvaro.

Ni una sola con amigas, ni una instantánea casual con otros compañeros.

Como si su vida girara exclusivamente en torno a su novio.

Detesta invadir la intimidad de otros, pero la situación es crítica y no tiene opción.

Abre los cajones del escritorio. El primero contiene un revoltijo de objetos: pilas, una caja de clips, otra de chinchetas, cargadores de móvil… Nada interesante.

En el segundo encuentra una caja de madera adornada con abalorios baratos.

Lleva un candado minúsculo, pero la llave que debería colgar al lado no está.

No le cuesta abrirlo con un clip. Dentro hay entradas de cine, tíquets de restaurantes, una flor marchita y una nota escrita a mano en la que se lee: «Gracias por una tarde maravillosa».

Un pequeño museo de su relación con Álvaro. Enternecedor pero inútil.

Revisa la cómoda con cuidado. Toneladas de ropa que intenta dejar lo más ordenada posible.

Luego el armario. Está repleto de prendas.

Le lleva un rato registrarlo a fondo. A medida que avanza, detecta un patrón.

La mayoría de la ropa tiene un aire juvenil: sudaderas estampadas, ropa de deporte, colores vivos.

Pero las prendas más recientes son distintas.

Jerséis de punto, camisas, blusas. Muchas sin estrenar; hay más de una decena aún con la etiqueta.

Gabriel se pregunta si realmente son de Emma o si son de su madre y esta las ha guardado ahí por falta de espacio.

Abre la caja de un cinturón y encuentra un paquete de preservativos. Faltan varios. No es asunto suyo y no se molestará en mencionarlo.

Ve el pijama de Emma sobre la cama deshecha. A simple vista, se nota que no está limpio. Justo lo que necesita. Se coloca unos guantes y lo introduce con cuidado en una bolsa de plástico. Tal vez sea útil más adelante.

Ha dejado el ordenador para el final. Suele ser donde se esconde la información más valiosa.

Cuando lo enciende, una sonrisa se dibuja fugazmente en su rostro. No tiene contraseña.

Se toma su tiempo para revisar el correo electrónico y las redes sociales.

No encuentra nada relevante. Los últimos mensajes de Emma con alguien que no sea Álvaro son de hace meses.

Entre ellos solo se intercambian frases propias de cualquier pareja de adolescentes, a veces en un tono más subido de lo que cabría esperar.

El historial de búsqueda es monótono: vestidos de corte elegante, páginas sobre belleza y moda, vídeos virales…

Nada más.

Tendrá que seguir buscando.

Frente a Patricia hay un hombre octogenario que, encorvado, le indica que pase al interior de su casa.

Vive en el último piso de un edificio emblemático de Alicante, el más alto de la zona, cuya fachada se asoma a la inmensidad del mar. Las vistas son espectaculares.

El apartamento es pequeño, de una sola habitación, y lo comparte con su esposa, una mujer adorable que, con esmero, prepara una bandeja con dulces para los agentes, pese a que la inspectora ha insistido en que no es necesario. Sí que acepta un café. Sabe que la noche será larga.

—Cuénteme qué vio esa noche, por favor —pide al hombre, que hasta ese momento ha divagado sobre su hogar y su pasado.

Él la observa con los ojos bien abiertos y cambia de expresión. Parece disfrutar de la visita, encantado de sentirse importante. Patricia lo entiende y lo respeta, pero no tiene tiempo que perder.

—Claro. —El octogenario apoya su taza de café en un pequeño plato de porcelana—.

Mi mujer suele acostarse temprano, pero yo sufro de insomnio.

Duermo poco, muy poco. Me pasa desde hace años.

Cuando me canso de dar vueltas en la cama, me levanto y me asomo a la ventana.

Me gusta respirar el aroma del mar en silencio.

—¿Me indica exactamente dónde estaba usted, por favor? —pregunta Patricia.

—Justo allí —dice el anciano señalando con el dedo la ventana al fondo del salón.

Patricia se levanta y se acerca al lugar indicado. Abre la ventana y una ráfaga de aire fresco le sacude el rostro. Mira hacia abajo. Más de veinte pisos de altura la separan del suelo y el vértigo la golpea al instante.

—Está muy alto —murmura.

—Al final te acostumbras. Mi mujer decía lo mismo cuando nos mudamos aquí hace treinta años, pero ahora le encanta asomarse, igual que a mí.

Patricia desvía la mirada hacia la anciana, que asiente con una sonrisa.

Vuelve a fijarse en la calle. Desde allí se distingue el punto donde el teléfono de Emma dejó de emitir señal, el mismo lugar en el que hallaron el collar que resultó ser de Sonia. Solo que, desde esa altura, todo parece lejano, distorsionado.

El hombre se ha puesto en pie y se ha acercado a Patricia. Abre de par en par la ventana y se asoma sacando medio cuerpo para señalar la zona. Patricia contiene el impulso de sujetarlo por la camisa y pedirle que no se incline tanto.

—Fue justo allí, ¿lo ve? En esa cuesta que baja hacia la playa. Era tarde y me extrañó ver gente por la zona durante esta época del año.

—¿Cuántas personas vio?

—Tres. Creo que dos chicas y un chico. Luego llegó la furgoneta y pasó algo raro.

—¿Qué pasó?

—Un hombre se bajó. Entonces los chicos se callaron. Estaban hablando de algo, pero no logré oír lo que decían. Aunque no gritaban, oí sus voces.

Hace una pausa, como si quisiera generar dramatismo.

—El individuo de la furgoneta era extraño.

Iba como disfrazado, llevaba una capa o algo así, y una máscara, creo.

Los chicos se asustaron. Fue entonces cuando oí a una de ellas chillar.

Pero el hombre levantó la mano y, de pronto, sonó una explosión, una especie de chasquido.

Los chicos se callaron y subieron a la furgoneta. Fue muy raro.

—¿De qué color era la furgoneta? —pregunta Patricia.

—Blanca. De eso estoy seguro.

—¿Hacia dónde se dirigió?

—Desde aquí solo alcanzo a ver hasta la avenida Costablanca. Subió en dirección a la Albufera, pero no sé adónde fue después.

Patricia guarda silencio. Sus pensamientos giran en espiral.

—No lleva usted gafas. ¿Las usa normalmente? —pregunta con cautela.

—Mi marido tiene vista de halcón. Siempre, desde que le conozco —interviene la mujer desde el sofá.

Patricia, que albergaba la esperanza de que todo eso fuera un malentendido o una broma de mal gusto, empieza a aceptar la realidad: el secuestro es exactamente eso, un secuestro.

Y si alguien es capaz de llevarlo a cabo de una manera tan meticulosa, también puede cometer atrocidades que ella no desea descubrir.