Capítulo 11
Gabriel contempla los rostros de David e Irina mientras les muestra la foto del colgante que ha recibido de Patricia.
Confirman que es de Sonia. Irina se lo regaló por su cumpleaños unos meses atrás.
Observa sus reacciones en silencio e intenta descifrar si esconden algo.
Es un hábito que ha perfeccionado con los años.
Irina llora, incapaz de articular palabra, mientras que David no para de gritarle que no están haciendo su trabajo.
—Ya estoy cansado de tonterías —gruñe David cuando consigue controlar su ira—. Voy a salir a buscarla.
Se apresura a ponerse la chaqueta. Irina intenta apaciguarlo mientras se seca las lágrimas, pero es inútil. Es de esos hombres que no toleran que les den órdenes.
—No es buena idea —apunta Gabriel con voz calmada.
—¿Y qué idea es mejor? —David clava la mirada en el inspector—. ¿Quedarnos aquí toda la noche sin hacer nada?
Gabriel no responde. No puede impedirle que salga a buscar a su hija, aunque sabe que no la encontrará. Y si, por alguna casualidad del destino, lo hiciera, sería peligroso. Es una pérdida de tiempo; aun así, en parte lo entiende.
—Tiene razón —interviene Jorge, el padre de Álvaro—. Yo también voy a salir. No pongo en duda la profesionalidad de la policía, pero simplemente no puedo quedarme aquí. Lo siento.
Marta, su esposa, sigue en estado de conmoción. Cuando ha visto la pulsera de su hijo dentro de la caja se ha terminado de romper. No reacciona ante las palabras de su marido.
Jorge y David intercambian algunas frases antes de partir, discutiendo cómo dividirse la búsqueda. En un momento dado, Jorge se gira abruptamente hacia Gabriel.
—¿Alguna sugerencia sobre por dónde deberíamos mirar, inspector?
Gabriel suelta un bufido antes de contestar.
—Ya hay agentes que peinan la zona, revisan las cámaras de seguridad, interrogan a vecinos y conocidos, rastrean con perros policía, supervisan llamadas…
—Se detiene un instante al ver la expresión de Jorge y siente lástima por él—.
En cualquier caso, si yo tuviera que buscar, iría a un sitio apartado.
Es poco probable que tengan a los chicos en un lugar donde alguien pueda oírlos si gritan pidiendo ayuda.
Sospecho, aunque no puedo confirmarlo, que los llevaron a los tres juntos.
Si es así, habrán utilizado un vehículo grande, una furgoneta o algo similar.
Sea donde sea que estén, no habrá ventanas, y, si las hay, estarán cerradas.
Jorge asiente. En esta ocasión, David guarda silencio. Miguel Lago, el padre de Emma, lanza una mirada a su esposa, como si esperara que le dijera algo, tal vez que debería unirse a la búsqueda, pero Daniela no dice nada.
Irina observa a Marta, que lleva un buen rato sin reaccionar. Le tiemblan las rodillas y tiene las manos entrelazadas, como si rezara; las sube y las baja con movimientos torpes.
—Daniela, ¿nosotras podemos quedarnos aquí? —pregunta Irina.
Daniela levanta la vista y asiente.
Gabriel se acerca a Jorge y a David, que ya están en la puerta, listos para salir.
—Por favor, si ven algo sospechoso, llámenme. Les enviaré una patrulla enseguida —susurra.
Los dos hombres abandonan la casa y un silencio abrumador se instala en el ambiente. Gabriel se excusa para ir al aseo, aunque no lo necesita. Una vez dentro, abre el grifo de la pila y hace una llamada. Al otro lado, una voz masculina contesta.
—Hola, Somoza.
—¿Estáis cerca? —pregunta Gabriel.
—Sí, cerca del faro. A un minuto en coche. Nada raro, de momento.
—Los padres de Sonia y Álvaro salen. Cada uno en su coche. David Velasco va en un BMW blanco grande; Jorge Sempere, en un Audi azul, también grande. Quiero que aviséis a otra patrulla de incógnito y los sigáis sin que os vean. ¿De acuerdo?
Jorge Sempere conduce en silencio. Su agarre al volante es inseguro; el coche se le ha calado varias veces, consecuencia del temblor en las piernas.
Le gustaría poseer la determinación de David.
Él se ha subido a su vehículo y ha salido derrapando, como si tuviera la certeza de encontrar a su hija.
Jorge no es así. Nunca lo ha sido. La duda lo acecha en cada decisión, una sombra persistente que lo ha acompañado desde la juventud y que, a estas alturas, no desaparecerá.
David le ha dicho que se encargará de las zonas de la periferia. Ambos han coincidido en que las premisas del inspector Somoza tienen sentido. Es la primera vez que David y Gabriel están de acuerdo en algo.
Han dividido las áreas donde podrían hallar un lugar que coincida con la descripción del inspector. David cubrirá El Rebolledo y San Vicente; Jorge, la periferia de San Juan y Mutxamel, en busca de casas aisladas donde podrían retener a su hijo.
Está tan nervioso que ha tomado la salida equivocada varias veces y lleva un buen rato dando vueltas. No es propio de él. Siempre ha sido meticuloso, no suele cometer errores, pero su mente es un torbellino de pensamientos que lo desestabilizan.
Un cúmulo de ideas lo asalta sin tregua. Pero ahora no puede permitirse pensar en eso. No debe. Tiene que aislarse, centrarse y hacer lo que ha salido a hacer.