Capítulo 10
Patricia Siles observa de pie el atardecer en la playa de la Almadraba.
Conoce bien ese lugar. No es la mejor de Alicante, pero tiene su encanto.
Es pequeña, de aguas poco profundas y tranquilas.
Ideal para los críos. Recuerda que su madre la llevaba allí en verano, cuando era una niña, y pasaban la mañana hasta que su padre salía de trabajar.
Fue en ese rincón donde hizo sus primeros amigos, donde se enamoró por primera vez de un niño francés que pasaba los veranos en la urbanización Bahía de los Pinos con sus tíos. Se llamaba Romeo.
Hoy todo es diferente. El motivo por el que está ahí no es para lanzar pelotas de goma en la orilla con los ojos enrojecidos por el salitre.
No. Ahora lo único que le importa es encontrar vivos a los tres adolescentes desaparecidos.
Cada vez que mira el reloj y descubre que el tiempo sigue avanzando, siente una punzada en el estómago. La presión la desgasta.
La última señal enviada por el teléfono de Emma no es del todo exacta. Ojalá lo fuera. Es bastante precisa, pero el área de localización abarca unos trescientos metros cuadrados.
Frente a ella se extiende el acceso a la playa: una calle angosta que desciende por una cuesta hasta encontrarse con la arena. La carretera termina justo en el área donde, según el registro, estuvo el teléfono de Emma antes de apagarse. Patricia intenta imaginar la escena.
Era de noche. Apenas había luz. Si tres adolescentes hubiesen merodeado por allí, habrían pasado desapercibidos.
El edificio más cercano está demasiado lejos para que alguien los viera u oyera.
A menos que alguien gritase, claro. En ese caso, sí podrían haber llamado la atención.
Patricia cree que deberían interrogar a los vecinos de ese edificio.
Tal vez alguien percibió algo esa madrugada.
Saca el móvil y hace una llamada. Es tarde y sabe que no será recibida con entusiasmo, pero no le importa. Está al mando del Grupo de Homicidios y debe tomar este tipo de decisiones.
—Hola —contesta una voz masculina apagada.
—Hola, Ibáñez. ¿Cómo va todo? ¿Alguna novedad? —pregunta la inspectora Siles.
—Ninguna desde que te has ido. Pero, claro, te fuiste hace solo media hora.
—De acuerdo. Estoy en la playa de la Almadraba, en la última ubicación registrada por el móvil de Emma Lago. Quiero que vengáis a la urbanización que está justo al lado. Vestíos de paisano y preguntad puerta por puerta si alguien vio u oyó algo esa noche.
Se produce un silencio incómodo.
—De acuerdo, vamos para allá —contesta Ibáñez, a quien no parece quedarle más remedio que aceptar las órdenes de su superior.
—Te envío la ubicación —dice Patricia antes de colgar.
En ese momento ve aparecer a Pau con Tango, y se le escapa media sonrisa.
Tango es muy querido en la comisaría. Ya es viejo para el servicio.
Otros perros, con su edad, dejan de trabajar con la policía, pero él es especial.
El año pasado le hicieron un reportaje para la televisión.
Tiene un olfato y un instinto que exceden lo cotidiano.
Su ayuda ha sido inestimable en decenas de casos.
Patricia no deja de asombrarse al ver que Tango ya ha empezado a trabajar.
Es como si supiera perfectamente por qué está allí.
Sin que su guía le haya dado ninguna orden, se ha puesto a olfatear el suelo tratando de seguir un rastro.
Ha pasado poco tiempo desde que Emma estuvo en ese lugar, pero si ella o cualquier otra persona murió allí, Patricia no tiene dudas de que Tango lo detectará.
Pau suelta la correa y el perro acelera la marcha de un lado a otro, con el hocico a escasos centímetros del suelo.
—Gracias por venir —dice Patricia.
Él hace un gesto con la mano como restándole importancia.
—No pinta bien, jefa.
Patricia se limita a encogerse de hombros. Prefiere no contestar.
—He enviado agentes a la urbanización más cercana. —La señala—. Quizá hubo un forcejeo. Si hicieron ruido, alguien tuvo que oírlos. Esta zona es tranquila. A esas horas de la noche, cualquier sonido extraño llamaría la atención.
Pau asiente sin perder de vista a Tango, que sigue olfateando.
—No quiero meterme donde no me llaman, jefa, pero tienes que darte un respiro. Te tomas cada caso como algo personal y vas a acabar como Somoza.
Patricia lo mira fijamente. No acepta intromisiones de ningún tipo, pero se contiene antes de contestarle. Se conocen desde hace muchos años, y él siempre la ha tratado bien. Puede consentirlo, por esta vez.
—Centrémonos en encontrar a los chicos, ¿vale? —sentencia.
Después de diez minutos, Tango se sienta y mira a su guía. Es su forma de indicar que allí no hay nada. Pau mira a Patricia y niega con la cabeza, después se acerca al perro para ponerle la correa.
Patricia no puede ocultar el alivio. Si Tango hubiese ladrado, significaría que alguien murió allí.
Agradecida, se despide de ambos y se queda apoyada en el capó de su coche patrulla con la vista fija en el sol que empieza a esconderse.
Intenta ordenar sus pensamientos cuando un destello entre unos matojos a un lado de la carretera le llama la atención.
Se acerca con paso firme y se agacha.
Es un colgante de oro con un corazón plateado. No tiene gran valor, pero tampoco es un objeto del que alguien se desprendería sin más.
En ese lugar sucedió algo. Y tiene que descubrir qué.
Gabriel Somoza ha salido a recoger la basura.
Por suerte, no son muchas casas: doce en total.
Debe ir puerta por puerta haciendo el trabajo del conserje.
El resto de las tareas pueden esperar: limpiar los accesos, pintar la valla del final de la urbanización —desgastada por la cercanía del mar—, retirar las hojas que los árboles arrojan sobre el césped.
Lo importante es evitar que alguien se queje porque la basura no se ha recogido y comience a hacer preguntas incómodas.
Lo hace rápido. Esa noche será larga y, seguramente, la de mañana también.
Quiere terminar cuanto antes y continuar con los interrogatorios.
Aún no ha acabado con eso. También debe revisar las habitaciones de los desaparecidos.
Es demasiado trabajo para una sola persona.
Debería haber previsto esa parte, pero ahora es tarde para arrepentimientos.
La calle principal de la urbanización, una serpenteante travesía que conecta los chalets, está desierta. La oscuridad se ha apoderado de todo y el silencio es abrumador. Solo se oye el ruido de las ruedas del carro en el que transporta las bolsas de basura.
Cuando termina de recoger, se apresura al exterior en busca del contenedor.
Una figura se recorta en el interior de la caseta de seguridad, ubicada junto a la entrada de la urbanización. Está de espaldas, pero Gabriel sabe muy bien quién es.
Deja el carro a un lado y se aproxima con cautela. A través del cristal, distingue al guardia de seguridad hipnotizado por la pantalla de su móvil. Está viendo un partido de fútbol y no se ha percatado de su presencia.
Gabriel golpea el cristal con los nudillos.
Nico Ortiz se gira sobresaltado. Al descubrir quién tiene detrás, palidece.
Tarda en reaccionar cuando Gabriel le hace un gesto para que salga. Finalmente, se levanta dubitativo y da unos pasos, aunque mantiene las distancias.
—¿Te pagan por ver el fútbol mientras trabajas? —pregunta Gabriel con frialdad.
A Nico no le salen las palabras.
—¿Qué…? ¿Qué estás haciendo tú aquí?
—Estoy trabajando en un caso y, por extraño que parezca, necesito que me ayudes.
Nico arquea las cejas como si no entendiese nada. Agacha la vista y se rasca la coronilla.
—Oye, yo… Siento mucho…
—Olvida esa parte —lo interrumpe Gabriel—. No me interesa lo más mínimo. Han secuestrado a tres chicos de esta urbanización y han pedido un rescate. Quiero que me cuentes todo lo que sabes.
Nico parpadea, aturdido. Gabriel ha sido demasiado directo.
Apenas le ha dado tiempo a procesarlo. Sabía que lo primero que haría Nico al verlo sería pedir disculpas por el pasado que los une, pero no quiere escuchar ni una palabra al respecto.
Nada de lo que diga podrá cambiar lo ocurrido.
Nada. Ahora, lo único que importa son los chicos.
—¿Me tomas el pelo? ¿A quién han secuestrado? —pregunta Nico con voz temblorosa.
—A Álvaro Sempere y Emma Lago.
Gabriel prefiere, por ahora, mantener el nombre de Sonia Velasco al margen.
—¿Es una broma?
—Creo que ya sabes que no soy precisamente un bromista.
Gabriel da un paso al frente. Nico lo observa con nerviosismo evidente.
—No quiero andarme con rodeos. No tengo tiempo ni ganas de hablar contigo.
Ayer por la madrugada dejaron una nota en la entrada de la casa de la familia Lago y otra en la de los Sempere —dice Gabriel mientras se inclina levemente hacia él—.
He estado preguntando y sé que Daniela Vidal salió a toda prisa y te preguntó si habías visto entrar a alguien.
Le dijiste que no. Pero eso es extremadamente raro si se tiene en consideración que no hay otro acceso.
—Lo recuerdo. Y es la verdad. No me dijo de qué se trataba, solo preguntó si había visto entrar a alguien. ¿Cómo iba a imaginarme algo así? —Nico suspira—. No vi a nadie entrar o salir a esa hora. De verdad.
Gabriel asiente con la mano en la barbilla.
—Entonces hay dos posibilidades: o la persona que dejó las notas vive en esta urbanización y por eso no viste a nadie entrar o salir, o me estás mintiendo.
El rostro de Nico cambia. Se alarga el silencio sin respuesta.
—Bueno, hay una tercera posibilidad —añade Nico con voz entrecortada.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? —pregunta Gabriel levantando una ceja.
—Que alguien entrara, dejase las notas y saliera sin que yo lo viera.
—¿Y cómo es eso posible? ¿No deberías haber estado aquí, en la caseta?
Nico aparta la mirada. Se cruza de brazos y balbucea algo incomprensible antes de soltar otro suspiro.
—No quiero mentirte —admite al fin—. Ayer me ausenté unos treinta minutos.
Se frota la nuca, incómodo.
—Estoy saliendo con una chica que trabaja todo el día —continúa—. Como trabajo de noche, apenas nos vemos. Así que, de vez en cuando, viene en coche, aparca al final de la cuesta y…, bueno, pasamos un rato juntos dentro.
Gabriel aprieta los puños y se esfuerza por contener la rabia. Odia a Nico. Si por él fuera, lo agarraría del cuello allí mismo y saldarían cuentas, pero se contiene. De un modo u otro, siempre consigue hacerlo.
—Así que, mientras alguien vino a dejar unas notas de secuestro, el guardia de seguridad hacía manitas en el asiento de atrás de un coche. Extraordinario. Enhorabuena.
—Lo siento, cometí un error —balbucea Nico, aparentemente avergonzado.
—Voy a necesitar los datos de contacto de tu amiga. Suena un poco raro lo que dices teniendo en cuenta que era de madrugada. He de corroborar tu versión.
Nico asiente, saca el teléfono del bolsillo de su chaqueta, busca el contacto y muestra la pantalla a Gabriel.
—Estábamos enviándonos mensajes. Ella no podía dormir porque se había tomado varios cafés. La conversación se fue poniendo picante y… se plantó aquí.
Gabriel no contesta. En lugar de eso, hace una llamada a la comisaría y explica a un compañero la situación.
Le pide que llame a la chica para comprobar su coartada.
Tardará un rato en responder y saber si ella confirma la versión de Nico, así que decide continuar con la conversación.
En cualquier otro escenario, actuaría de manera diferente.
Tomaría nota del contacto y lo comprobaría después, pero con Nico es distinto.
No se fía de él y no lo dejará solo ni un minuto hasta que compruebe su coartada.
—Cuéntame algo de los chicos. ¿Los conoces?
—No personalmente, aunque sé quiénes son porque esto es muy pequeño.
Sé que el hijo de los Sempere y la hija de los Lago son novios, ya que los he visto salir, a veces, cogidos de la mano.
Pero también te puedo decir que ese chico juega a varias bandas, de eso estoy seguro.
Creo que también tiene algo con la hija de David Velasco.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque lo he visto entrar en su casa en más de una ocasión, e incluso salir a medianoche y perderse en su jardín trasero. Tienen muchos árboles en esa parte. Si alguien quisiera esconderse allí, sería un buen sitio.
—¿Los has visto juntos alguna vez? Me refiero a Álvaro y a Sonia.
—Juntos como novios, no. Pero sí que buscan privacidad.
Una vez bajaron a la playa ellos dos solos.
Me hizo gracia porque primero fue Álvaro y, a los dos o tres minutos, Sonia.
Era evidente que habían quedado allí. La chica regresó con una sonrisa de oreja a oreja.
Créeme, sé que se encuentran a escondidas.
Cuando subía, iba hablando por teléfono con una amiga suya, le contaba que habían estado en la playa y que él le había dicho que la quería.
Gabriel se toma un momento para asimilar la información y considerar sus próximos movimientos. No se fía de Nico ni lo más mínimo, pero no hay motivo para que le mienta sobre eso.
—¿Mantienes el contacto con los Bobrov? —pregunta directo.
—No. Eso terminó.
Gabriel esboza una mueca irónica. No acaba de creerlo, pero no dice nada.
—De todas maneras, esto no es típico de ellos. Son delincuentes, pero jamás los he visto secuestrar a alguien y pedir un rescate. Yo no iría por ahí —añade Nico.
Gabriel está a punto de contestarle que se ahorre sus sugerencias cuando recibe una llamada. Es de la comisaría. La novia de Nico ha verificado su historia: tanto la franja horaria como los hechos coinciden. Agradece a su compañero la información y cuelga.
—Debo tirar la basura. Quiero que estés atento al teléfono, es posible que necesite preguntarte algo más.
Nico parece aliviado. Ha oído toda la conversación, ya que Gabriel no se ha separado para hablar.
—De acuerdo. Por cierto, Gabriel. Sé que no soy quién para decirte esto, pero creo que es lo mínimo que puedo hacer. Los Bobrov no son el tipo de delincuentes que harían algo así, como te he dicho. Pero desde luego sí son vengativos, y tú estás en su punto de mira. Lleva cuidado, por favor.
Gabriel toma el carro y emprende de nuevo la marcha.
—Tienes razón. No eres quién para decirme eso.