Capítulo 9
Patricia Siles cruza las puertas de la comisaría con un gesto de inquietud en el rostro.
El interrogatorio a los amigos de los secuestrados ha sido, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo.
Todos han repetido la misma historia: que no sospechaban nada raro, que no habían notado cambios en su comportamiento y que no creían que quisieran escaparse.
Un cúmulo de negativas envueltas en miradas nerviosas y respuestas vagas que han terminado por desesperarla.
Avanza por el pasillo con paso ligero esquivando las miradas y los saludos de los agentes que la ven pasar.
No tiene tiempo para desplegar su cortesía.
Su oficina está en penumbra cuando entra, pero en cuanto pulsa el interruptor, la luz del fluorescente inunda el espacio con un resplandor frío y hostil.
Sobre el escritorio, una carpeta con los informes que esperaba la aguarda.
Eso le recuerda que no está sola, que puede contar con ayuda y que todos los agentes que forman parte del cuerpo de policía están volcados en el caso.
Solo que, a veces, le cuesta trabajar en equipo.
Se sienta en la silla y abre el expediente. El informe del departamento de Pericias Informáticas aparece en primer lugar. Sus ojos recorren las líneas con rapidez hasta dar con lo relevante: los registros de los teléfonos móviles.
Lo de esta noche sigue en pie?
La respuesta de Álvaro llegó segundos después:
Sí
Va seguido del emoticono de una cara con los ojos en forma de corazón.
Patricia aprieta los labios. Algo habían planeado Álvaro y Emma esa noche. La cuestión es si su desaparición formaba parte del plan o si alguien más decidió su destino.
Continúa leyendo. El teléfono de Emma Lago se apagó a las 22.16 horas en la playa de la Almadraba. Patricia cierra los ojos un instante dejando que la información se asiente.
¿Qué hacía allí a esa hora? ¿Por qué su teléfono se apagó justo en ese punto?
Conoce bien esa playa. Es pequeña, situada en la costa del Cabo de las Huertas, con un puerto para embarcaciones menores. Solitaria. Poco concurrida, sobre todo en esa época del año. Un lugar perfecto para una pareja de adolescentes que busca intimidad.
Suspira y se recuesta en la silla. Ha pasado todo el día interrogando a los amigos de los desaparecidos en busca de descubrir grietas en sus relatos, cualquier indicio que sugiera que ocultan algo.
Pero si dicen la verdad —y eso es algo que la inspectora Siles nunca da por sentado—, el único rastro real que tiene es ese: un encuentro planeado por los propios chicos en la playa de la Almadraba y la última señal registrada en el móvil de Emma.
Desliza la mirada hacia la esquina inferior derecha de la pantalla del ordenador para fijarse en la hora. Es tarde. Ya debería estar en casa.
Desbloquea su móvil y encuentra un mensaje de su esposo:
Salgo con los niños a cenar fuera, por si te interesa
Patricia cierra los ojos y deja caer la cabeza sobre el respaldo. Otra gota en el vaso rebosante de la paciencia de su marido.
Aún sostiene el teléfono cuando este le vibra entre los dedos. Duda un segundo antes de contestar.
—Dime, Pau —apremia Patricia al ver el nombre del agente Sabater en la pantalla.
—Jefa, he hecho lo que me pediste. Nada. Los perros no han detectado ningún rastro extraño frente a la puerta del instituto. Y ya sabes, Tango es el único perro en la policía de Alicante capaz de detectar gases. Si hubiera algo, lo habría encontrado, de eso estoy seguro.
Patricia se pasa la mano por la frente en un gesto automático.
Al menos el perro no ha detectado indicios de muerte en esa zona.
Lo conoce. Lo ha visto trabajar y es impresionante.
Un ejemplar único, capaz de rastrear lo imposible.
Su especialidad, y por eso en la comisaría lo llaman el Perro de la Muerte, es olfatear los gases que emiten los cuerpos en descomposición.
No es la primera vez que los ayuda en un caso.
—Bien. ¿Y qué hay de los amigos de los desaparecidos? ¿Alguna novedad? —pregunta al agente Sabater.
—Sí…, algo raro. Por eso he tardado en llamarte.
Los he estado observando, como me pediste.
Ismael Reyes ha seguido a Ángela Herrera hasta su casa.
Me llamó la atención que no fuera en dirección a su domicilio, así que lo seguí.
Durante diez minutos, no hizo más que caminar tras ella.
No sé si es importante, pero me pareció sospechoso.
Me quedé por la zona para ver si hacían algo fuera de lo común.
Patricia se endereza. Su mente empieza a procesar la información con rapidez.
—¿Llegaron a hablar en algún momento?
—No, jefa. Cuando ella sacó las llaves para abrir la puerta de su urbanización, él se marchó.
—Interesante.
Patricia apunta el nombre de Ismael Reyes en su cuaderno y lo subraya dos veces.
Más tarde decidirá si pide un permiso para rastrear sus llamadas, lo investiga más a fondo o lo deja estar.
Sospecha que ese chico está muy asustado, pero no lo ve capaz de ocultar información.
Seguramente siguió a Ángela porque está preocupado por su amigo y su mente adolescente pensó que era una buena idea.
Esa fue la impresión que le dio cuando habló con él.
No lo culpa. No tiene edad para gestionar ese tipo de situaciones.
En realidad, eso tampoco depende de la edad.
Sin embargo, ahora hay algo más importante que hacer.
Se produce un silencio mientras repasa mentalmente el caso.
El registro del móvil de Sonia Velasco tardará en llegar; no se solicitó al mismo tiempo que el de Álvaro y Emma porque entonces no sabían que también había desaparecido.
Lo mismo ocurre con la geolocalización de Jorje Sempere y Marta Ríos, los padres de Álvaro, y de Miguel Lago, el padre de Sonia.
Gabriel le pidió que solicitase la orden hace apenas unas horas. Así que tendrán que esperar.
—Has hecho bien en decírmelo, Pau —añade Patricia alzando el informe con los registros de los teléfonos mientras duda si llamar a su marido. Traga saliva. Ha tomado una decisión—. Quiero que lleves a Tango a la playa de la Almadraba. Estaré allí en media hora.
El ambiente en el salón de la familia Lago es sofocante.
La caja sigue sobre la mesa, abierta, con la nota extendida al lado guardada en una bolsa transparente para pruebas.
Parece anunciar que ninguno de los presentes controla la situación.
Nadie se ha atrevido a mirarla desde que Gabriel la dejó ahí.
—Voy a pagar el rescate —repite David Velasco con la mandíbula tensa y los puños apretados a los costados—. No puedo confiar en que la policía haga su trabajo. Vosotros deberíais hacer lo mismo —dice, y alterna la mirada entre Jorge Sempere y Miguel Lago.
Daniela se cruza de brazos sintiendo cómo la rabia le recorre el cuerpo.
Se sorprende al oírlo, pues en esa nueva nota no se menciona que su hija también esté incluida en el secuestro ni han enviado un objeto suyo que lo sugiera.
Por algún motivo, ese pensamiento le hace dudar de David Velasco. Algo no cuadra.
No obstante, el semblante desesperado de David le recuerda su propio miedo, la impotencia que la consume desde que recibió la primera nota. Aún percibe la realidad con dolor, sin acabar de creerse que todo eso sea cierto.
Desde el salón, oye la voz de Gabriel Somoza procedente de la cocina. Lleva un rato hablando por teléfono con alguien de la comisaría.
Una maraña de sentimientos se agolpa en su mente.
Su marido sigue en silencio, hundido en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la vista fija en la alfombra.
No es la reacción de alguien que teme por su hija.
Es la de alguien que mide cada palabra, que sopesa sus opciones antes de abrir la boca.
Lo observa sin disimulo e intenta descifrarlo. Siente que esconde algo. Lo percibe. Es ese instinto inexplicable que casi siempre da en el clavo.
Lo ha pillado varias veces lanzando miradas furtivas a Marta Ríos, la madre de Álvaro. Ella está sentada frente a ellos con las manos entrelazadas en el regazo y el rostro pálido. Parece a punto de vomitar, aunque tal vez solo sea su expresión permanentemente amarga.
Nadie responde a David Velasco, pero Daniela también cree que deberían pagar. Tal vez esa sea la solución.
Ojalá lo fuera.
—Esto no puede seguir así —dice al fin Daniela. Su voz es firme, pero la barbilla le tiembla ligeramente—. No podemos esperar a que la policía encuentre algo mientras nuestros hijos…
Se interrumpe, incapaz de terminar la frase.
Gabriel regresa de la cocina y barre el salón con la mirada antes de soltar un leve suspiro.
—Hacemos cuanto está en nuestras manos. En comisaría han interrogado al repartidor —informa con voz grave—. Dice que solo llevó el paquete porque estaba en su ruta, que no conoce a quien lo envió.
—¿Y…? —David lo fulmina con la mirada—. ¿Han conseguido algo útil o vamos a perder más tiempo esperando?
Gabriel ignora su tono.
—El paquete se envió ayer por la tarde. Lo dejaron en un punto de recogida a las siete utilizando la identidad de un hombre de ochenta y tres años que vive en Santander. Estamos revisando las cámaras de seguridad para ver quién lo dejó allí.
Un silencio denso se instala en la habitación.
Daniela traga saliva.
«Ayer por la tarde…».
Todo sucede demasiado rápido.
¿Cuánto tiempo llevaban planeando el secuestro?
¿Y los objetos…? ¿Cómo los consiguieron? ¿Hicieron daño a los chicos?
No entiende nada.
—¿Ayer por la tarde? ¿A qué hora? —pregunta Jorge, el padre de Álvaro.
Gabriel se encoge de hombros.
—De momento, no hay manera de saberlo. Se trata de un buzón permanente donde se pueden entregar paquetes listos para su envío.
La hora en la que se registra el código de barras incluido en la etiqueta de la caja es de esta madrugada.
Pero quien llevase el paquete al buzón pudo haberlo hecho a cualquier hora de la tarde.
Por eso estamos revisando las grabaciones —informa.
Daniela lo observa. La expresión del inspector Somoza es inescrutable, pero algo en su mirada la inquieta. Si bien parece tener una idea de lo que ha pasado, no la comparte. Y Daniela no cree que vaya a hacerlo. Es tan hermético que la desespera.
Miguel se remueve en el asiento. No ha dicho una palabra en todo ese tiempo, pero tensa la mandíbula visiblemente. Daniela ve cómo presiona los dedos contra sus rodillas y sabe que está conteniéndose.
—Y mientras la policía inspecciona esas cámaras, nuestros hijos siguen ahí fuera. Sufriendo. —David escupe la última palabra como si le ardiera—. Estoy harto de esperas, de protocolos y de promesas vacías.
Niega con la cabeza y lanza una mirada desafiante a Gabriel.
—Voy a pagar el rescate. No me importa lo que digáis. Nadie puede impedírmelo —añade.
El silencio que sigue es todavía más tenso que el anterior.
Daniela siente que cada vez le cuesta más respirar.
No cree que sea la única.
Marta se niega a mirar a Gabriel. Miguel parece atrapado en sus propios pensamientos. Irina, de pie junto a la puerta, aprieta los labios haciendo que formen una fina línea.
Gabriel no se inmuta. Su expresión sigue siendo la misma, pero sus ojos, oscuros y fríos, revelan una intención oculta.
—¿Qué se sabe de ese hombre que envió el paquete? —inquiere Jorge.
La pregunta resulta interesante para todos los presentes.
—Lo investigan en este momento —responde Gabriel—. Aun así, sé que no vamos a encontrar nada buscando por ahí. Está claro que usaron una identidad falsa. Eligieron esa empresa porque garantiza envíos de veinticuatro horas y porque se pueden dejar paquetes en puntos de recogida. Estoy convencido.
Y, por primera vez en toda la noche, Daniela siente que el miedo y la preocupación terminan por vencer a la esperanza.