La noche de los secretos (Trilogía de la Noche 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Ismael Reyes cierra los ojos y siente alivio cuando suena el timbre que anuncia el final de las clases. Está deseando salir de allí. Ha estado a punto de decirle al profesor que se encontraba mal y que se iba a casa, pero se ha contenido para evitar sospechas.

Ha obedecido las directrices de la inspectora Siles: nadie debe saber nada sobre el supuesto delito de Álvaro. No desvelará ese secreto. Aunque para él no es ningún secreto. Nunca lo fue, ni siquiera antes del interrogatorio.

Porque sabe perfectamente que lo que de verdad ha sucedido es que Álvaro ha desaparecido.

Mentir a la policía es más complicado de lo que parece. Está orgulloso de haber mantenido la compostura, de no haberse desmoronado ante la inspectora, que, por algún motivo, lo observaba como si sospechara de él. Y hace bien, no la culpa por ello.

Lo que de verdad lo enorgullece es el toque teatral que ha adoptado.

Piensa que debería apuntarse a clases de interpretación cuando todo eso acabe.

Ha jugado con los sentimientos y canalizado su verdadero temor hacia el lado que le interesaba: el de parecer un adolescente inofensivo, alguien que no sabe ni por dónde le da el aire. Pero él no es nada de eso.

Al igual que Álvaro, él también repitió curso y ya tiene dieciocho años. Por eso debe andarse con cuidado. Si la situación se complica, lo juzgarán como a un adulto. Y un adulto no se libra de la cárcel con una simple advertencia.

El plan era perfecto. Él no tenía que hacer nada, solo colaborar en un par de aspectos que, si todo salía como estaba previsto, serían minúsculos.

Pero todo comienza a torcerse.

Para empezar, la policía no debería haber aparecido. Fue ingenuo al pensar que esa parte del plan era segura. Cuando aquella mujer se identificó como agente, le temblaron las piernas. Por poco se le escapa una mueca de disgusto; aun así, logró controlarse.

Y luego está el asunto de Sonia. «¿Qué demonios pintaba Sonia en todo esto?», piensa. Ella no entraba en la ecuación. No era parte del plan. Y ahora también la están buscando. Eso no es bueno. Nada bueno.

Por un lado, se siente tentado de exigir un aumento en su retribución.

Después de todo, se ha incluido a una tercera persona en el secuestro.

Si iba a recibir cincuenta mil euros en efectivo, lo justo sería aumentar la cifra a setenta y cinco mil.

Es consciente de que tiene cierto poder de negociación.

Puede acudir a la policía en cualquier momento y contar lo que sabe. Y no es poco.

También cabe la posibilidad de que todo sea una extraña coincidencia.

No conoce mucho a Sonia, nunca ha hablado con ella, pero le encanta escuchar conversaciones ajenas durante la hora del recreo y empaparse de información que podría resultarle útil en algún momento.

Así se enteró de que Sonia no se lleva bien con su padre.

Oyó que se lo contaba a su amiga Ángela e incluso le mencionaba la posibilidad de irse de casa.

Ismael debe analizar cada detalle y elegir con cautela la mejor opción.

Solo así podrá huir, por fin, de una casa en la que comparte techo con un padre maltratador y una madre alcohólica.

No lo echarán de menos cuando desaparezca.

Tal vez, su tío sí lo haga. Él es el único con el que puede contar si necesita ayuda.

Baja corriendo la escalera del instituto y se detiene en la salida fingiendo revisar el móvil. En realidad, espera a que Camila Vega y Ángela Herrera aparezcan. Si a él lo ha interrogado la policía, a ellas también. Son las mejores amigas de Emma y Sonia, respectivamente.

Camila aparece primero, como siempre, agarrada de la mano de su novio.

Él es una mole de metro ochenta que siempre lleva puestas las gafas de sol y camina como si levitara por encima del resto.

Camila sonríe y acepta las carantoñas de su chico con normalidad.

Se diría que no le importa demasiado que su amiga haya desaparecido…

O tal vez aún no lo sabe. Ismael no tiene forma de averiguarlo.

Unos minutos después aparece Ángela. Ella sí parece afectada.

Su expresión desolada y los ojos hinchados delatan un llanto prolongado.

Camina sola, como suele hacer. Ni ella ni Sonia destacan en el instituto.

Al salir del recinto y tomar el camino a casa, un hombre que sujeta la correa de un pastor alemán le corta el paso.

Ángela se aparta con torpeza y sigue adelante.

Ismael observa la escena con atención. No puede abordarla. Nunca ha hablado con ella y sería sospechoso hacerlo por primera vez justo hoy. Pero se muere por saber qué va a hacer.

Tal vez Sonia le contó algo anoche, antes de que todo se precipitase. Bastaría con que le hubiera enviado un simple mensaje.

Sea como sea, necesita averiguarlo.

Tendrá que seguirla.

Álvaro siente que las paredes de la cabaña lo aplastan. Lleva horas golpeando la madera con todas sus fuerzas para derribarla, pero es inútil. Es robusta y parece tener algún tipo de revestimiento que la hace aún más compacta.

Nadie puede oírlos; de lo contrario, ya habrían ido a rescatarlos. No ha parado de gritar durante todo ese tiempo, hasta quedarse sin voz.

A pesar de que tiene las manos repletas de cortes que sangran en abundancia y varias astillas incrustadas, no siente dolor.

Se acerca a una ventana tapiada, sellada a cal y canto. Desliza los dedos por los bordes de la madera en busca de una rendija, un punto débil. Nada. Prueba a accionar un pequeño interruptor en la pared adyacente, pero no se enciende ninguna luz.

Derrotado, se deja caer junto a Emma, que sigue inmóvil y sin emitir el más mínimo sonido. El silencio es sepulcral, solo interrumpido por el rugido de su estómago vacío. Hace demasiado tiempo que no ingiere nada.

En la mesa, alguien ha dejado una caja con comida. No hay gran cosa: patatas de bolsa, galletas, zumos y agua.

Rodea con un brazo a su novia por los hombros. Emma se sobresalta, como si no hubiese advertido su presencia hasta ese momento.

—Deberíamos comer algo —dice Álvaro con voz áspera, apenas un susurro después de tanto gritar.

Emma no responde. Levanta la mirada y sus ojos vuelven a posarse en el cadáver de Sonia.

Sigue ahí. Inerte.

A Emma se le encoge el estómago y, con un espasmo de angustia, aparta la vista de golpe. Un segundo después rompe a llorar.

Álvaro la atrae hacia sí con suavidad.

—No mires —murmura, pues sabe que no hay otro sitio donde poner el cuerpo de Sonia, salvo un pequeño aseo. Pero ni siquiera eso serviría.

La muerte es irreversible.